José Ovejero

Noticias del más allá

 


 

24 de abril

Hoy no he podido contener más la curiosidad. Aprovechando que me encontraba en Madrid, he pedido el coche prestado a mi madre y me he ido a buscar a Miki, que vive en una urbanización no muy lejana a la de mis padres. No me ha costado mucho encontrar la casa.Enseguida he reconocido el portón metálico coronado por una cámara. La casa es algo más pequeña de lo que me había imaginado, y enseguida me ha llamado la atención que hace mucho que no se podan las arizónicas, lo que da una impresión de descuido que no pega nada con el carácter de Miki.

He llamado al timbre, esforzándome por no mirar la cámara, detrás de la cual intuía los ojos desconfiados de Miki. La verdad es que no estaba seguro de atreverme a llamar -sé mejor que nadie cuánto le desagradan las visitas-, pero ni siquiera lo he pensado dos veces. Al pulsar el timbre, me ha sorprendido no escuchar nada en el interior de la casa y me he preguntado si estaría estropeado. O, peor aún, que le hubiesen cortado la electricidad por no pagar, lo que habría confirmado mis peores sospechas.

Entonces se ha abierto la puerta con un sonido metálico. La he empujado -los goznes chirriaban como en una película de miedo- y he subido la escalera de piedra que lleva a la puerta principal del chalet. No ha hecho falta que volviera a llamar. Al mismo tiempo que alcanzaba el último peldaño, Miki ha aparecido en el marco de la puerta.

Me ha sonreído, no con alegría, sino con esa sonrisa que pone Miki con la que parece estar disculpándose por algo. No he podido evitar mirarle a los pies. Uno de ellos está escayolado. Miki ha hecho un gesto indicando el interior de la casa y, apoyándose en un bastón -negro, con puño de plata en "tau", como los de los peregrinos pero mucho más elegante-, me ha precedido al salón. Se ha dejado caer sobre el sofá y yo me he sentado en un sillón contiguo.

Al menos habían cambiado lla televisión. Ya no era la que él reventó de un disparo. Eso me ha animado a hablar.

–¿Cómo estás?

Miki ha hecho un gesto perplejo, como si acabara de preguntarle algo entre absurdo y divertido.

–Bien, bien.

–¿Para qué estar mal pudiendo estar bien, como dice Gerardo? –Se ha encogido de hombros frunciendo el ceño. No parece que le apetezca hablar de Gerardo. Seguro que le ha retirado del programa de televisión.– ¿Te duele mucho?

Ha levantado ligeramente el pie escayolado.

–Sí, bastante.

–¿Sabes que no lo entiendo?

–El qué.

–O sea, que sigo sin entender por qué te pegaste un tiro en el pie.

Miki se ríe. Tiene una risa ruidosa y sin embargo nada alegre. La risa de quien no quisiera seguir riendo.

–Me pareció una buena idea.

–¿Y ahora?

–Ahora duele una barbaridad. Cuando disparé, después de pasado el primer momento, no podía creerme que doliese tanto. Es como si te lo estuviesen quemando y al mismo tiempo dándote martillazos. Además, huele fatal.

–¿Sabes algo de Mónica?

–Ni palabra. No ha vuelto a llamar, la muy cerda. Y eso que sabe perfectamente lo que me ha pasado.

–A lo mejor piensa que lo hiciste para llamar su atención.

–¿Reventarme el pie de un tiro para llamar su atención? Venga, hombre.

–¿Y de Lucía?

Si no le conociese tan bién, habría pensado que había contrición y agradecimiento en su voz, pero estoy seguro de que estaba fingiendo.

–Buena chica, Lucía. Me ha llamado un par de veces, pero claro, después de lo que le hice, no se anima aún a venir.

–¿En serio que va a venir?

–Supongo. Yo la he invitado. –Y entonces sí sonríe como quien acaba de hacer una travesura–. Un hombre en mi situación necesita consuelo.

Prefiero no ahondar en el tema. Lucía es una mujer adulta, y si quiere que la sigan utilizando, allá ella.

–Oye, ¿ahora qué vas a hacer?

Miki se queda mirando la televisión como si estuviese encendida. Levanta las cejas y se queda un rato en silencio, con los ojos demasiado abiertos. Ya sé que va a tardar un rato en responder, si es que lo hace. Esas ausencias de Miki son las que sacaban de quicio a Verena y a Gerardo. Pero transcurre tanto tiempo que me hace sentir realmentet incómodo.

–¿Miki?

–Sí, ¿sí?, ah, eeeh, no sé. No sé muy bien. Mira, yo estoy un poco cansado. Tengo que tumbarme un rato. Esto de ir a la pata coja a todas partes acaba agotándote. ¿Te importaría venir en otro momento?

No, claro. No me importa. Ya estoy satisfecho con que me haya abierto la puerta, aunque la próxima vez a lo peor no lo hace. Me despide con esa sonrisa amistosa que no significa nada. Estoy un poco preocupado; me escribía Palmar -una profesora que ha escrito un artículo sobre Miki- que ella creía que se había pegado el tiro para abrir la puerta al sentimiento; Miki había vivido intentando escapar al dolor, una vida cómoda y sin complicaciones, sedado, y por fin había comprendido que sin dolor no se está vivo. Yo no estoy tan seguro de que sea esa la explicación; sí, es posible, pero también lo es que Miki se haya reventado el pie porque suicidarse o cambiar de vida habrían exigido una capacidad de decisión de la que él carece. Ha cometido un acto extremo que sin embargo le deja igual que estaba. Su vida no va a cambiar, porque él en el fondo no lo desea. Se ha reventado el pie por el mismo motivo por el que tomaba drogas: para no sentir otros dolores más profundos a los que no quiere enfrentarse. Bueno, quizá mi versión de las cosas sea demasiado pesimista y Palmar tenga razón. Espero que sí.

Me he perdido en el laberinto de calles casi idénticas de la urbanización antes de alcanzar la autopista. Por suerte no había embotellamiento. Durante casi todo el camino he estado pensando en Lucía. ¿De verdad irá a visitarlo? Esa chica es masoquista. O está tan necesitada que se iría con cualquiera. Hace como si desease ayudar a los demás, echar una mano al pobre Miki, pero está pidiendo a gritos que la salven. Esto me huele a tragedia.

 

26 de abril

Necesito contárselo a alguien. Quiero desahogarme, pero si hablo se me atragantan las palabras. Así que prefiero escribíroslo a vosotros, que me hacéis más compañía que otros que parecen más cercanos (gracias, Lara, por tus comentarios de ayer; a mí también me gustaría ser algo más optimista).

Hoy ha sucedido una catástrofe: Koldo tiene SIDA.

–¿Pero tú eres gilipollas? ?Cómo lo has cogido? -le ha preguntado Mónica; ya conocéis el mal genio de Mónica. Además, es una chica que procura que no se le note cuando sufre. En el fondo, encajaba bastante bien con Miki.

Martina está destrozada. No sólo por Koldo, también por el miedo a que se lo haya contagiado. Nos hemos reunido en mi buhardilla de Mediodía Chica. Como sólo tengo dos sillas, nos hemos sentado en el suelo; les he puesto unas cervezas, y Koldo ha sacado un porro que vamos pasando de mano en mano. Martina le acaricia una mano que ha tomado entre las suyas, pero le mira como si quisiera golpearle. Su voz es más suave que la de Mónica, cuando le pregunta:

–Koldo, ¿dónde has podido pillarlo?

–Yo que sé. Lo mismo me lo has pasado tú.

Imaginaos la reacción de Martina. Se ha levantado de un salto –casi tira uno de los botellines- y se ha puesto a despotricar, a llorar, a insultar a Koldo. Le faltaba espacio para pasear su ira por la minúscula buhardilla. Y de pronto se ha vuelto hacia mí:

–Tú, tío, haz algo.

–¿Y qué quieres que haga yo, Martina?

–Será cabrón. Si no lo haces tú, ¿quién?

–No puedo hacer nada.

Ahora noto la mirada enfurecida de los tres sobre mí. Mónica va también a intervenir pero se contiene. Martina no, ella no se contiene lo más mínimo.

–Qué hijo de puta eres, te lo juro. O sea, que tú escribes que uno de nosotros tiene SIDA, porque sí, porque ese día te han dado ganas de contar algo que impresione a tus lectores y nos jodimos todos.

–¿Y qué quieres? Si escribo en un sitio que alguien se ha muerto, no puedo escribir tres páginas más tarde que está vivo. Las cosas no funcionan así, tampoco en la vida real. Lo que sucede no puedes deshacerlo.

–Ya, a nosotros nos pasa lo que tú quieres, no te jode, el listo éste. Pero tú estás a salvo. ¿No? ¿O puedo escribir yo que te ha dado por culo un gorila?

Martina se pasa de basta. Además, hay cosas que no puedo discutir con ella. No escucha, va a su rollo y ya está. Dan igual las razones.

–Martina, no puedo cambiarlo, ¿vale? Lo siento muchísimo.

Koldo ha estado callado todo ese tiempo, dejando que Martina discuta por él. Apura el porro hasta quemarse los dedos.

–Pero una cosa sí puedes cambiar -me dice, y apoya la cabeza contra la pared como si quisiera quedarse dormido.

–Lo que esté en mi mano.

–En el libro, en esa escena donde estamos en el pantano...

–¿Sí?

–Miki me pregunta lo que pone en estos tatuajes que llevo en el brazo...

–Ya sé lo que me vas a decir.

–Y yo respondo que son "kangas". Pues tío, se llaman "kanjis", no "kangas".

–Éste va de culto por la vida, pero no tiene ni puta idea -aprovecha Martina para atacarme de nuevo.

–Lo sé que se llaman "kanjis", pero no me salía la palabra en el momento de escribirla, puse "kangas" provisionalmente, y luego se me olvidó cambiarlo.

–Ya, pero la gente se piensa que el paleto soy yo. Porque lo has puesto en mi boca.

–Bueno, lo cambiaré para la segunda edición.

Martina no deja pasar la oportunidad.

–Como si fuese a haber una segunda edición, pringao. Dime de cuántas de tus novelas han hecho una segunda edición. Por cierto, el otro día vi un montón de libros tuyos en una librería de ocasión. A tres euros creo que los venden.

Cuando Martina se pone agresiva no hay quien hable con ella. Por suerte, Mónica se levanta, me pone un brazo en el hombro -al menos ella no parece guardarme rencor- y anuncia que se marcha. Le propongo que nos volvamos a ver cuando regrese a Madrid.

–Vale -responde, sin mucho entusiasmo.

–¿Y la vas a llamar a ella sola? -salta Martina. -Porque lo que tú quieres es tirártela. No creas que no lo hemos hablado.

–No digas tonterías, chica.

–Todas esas escenas de sexo, con Miki, que si se la chupa que si no se la chupa, que tiene las tetas así o asá. ¿A que te has empalmado alguna vez escribiéndolas?

–Déjale -interviene Mónica, pero me siento obligado a responder.

–Yo tengo que meterme en mis personajes, sentir como ellos, para darles veracidad...

–Ya, veracidad. Anda que no te lo habrás pasado bien. Y ahora quieres quedar con ella. Oye, tú tienes la misma edad que Miki, ¿ no? Otro a la caza de carne joven.

–Mira, Martina, no tengo por qué darte explicaciones.

–Ni yo a ti, no te jode.

Se echa por encima una chaquetilla fina de lana de colores estridentes y se va hacia la puerta.

–¿Qué, vosotros os venís? Mónica, si quieres quedarte con éste allá tú, ya sabes a lo que va.

–Tía, vete a la mierda. A mí no me metas en tus malos rollos. Si quiero quedarme me quedo, y si quiero tirármelo me lo tiro. ¿Vale?

–Tú misma.

Pero Mónica también se levanta. No, no se va a quedar conmigo un rato. Al final, con tanta pelea, casi no hemos hablado de la tragedia de Koldo. Mientras se marchan pienso que seguramente lo hemos hecho a propósito: mejor discutir y cabrearnos que enfrentarnos a lo irremediable.

Ahora que me doy cuenta: ¿Qué significa eso de "no creas que no lo hemos hablado"? ¿Hablan éstos de mí sin que yo me entere? ¿Y qué dirán? La verdad es que me gustaría saber qué dice Mónica de mí cuando no la escucho.

 

28 de abril

 

Antes de regresar a Bruselas he decidido marcharme dos días a Pinilla, donde tendrá lugar la mayor parte de mi próxima novela. Ya sé que no es un escenario muy atrayente, pero desde que empecé a darle vueltas a la historia una y otra vez veía a los personajes en ese lugar; así que he pedido permiso a una amiga para usar su casa como punto central de la historia. Me ha dicho que sí -yo creo que a mis amigos les halaga que los utilice para mis narraciones, pero por otro lado temen convertirse en parte de alguna de mis tramas más perversas-.

He paseado por el pueblo, tomando notas para tener clara la topografía de la narración. Y de pronto, ya cuando regresaba a Madrid, al ir a entrar en la estación de tren, me he dado de bruces con Claudio. A Claudio todavía no lo conocéis, pero os puedo adelantar que está bastante loco; a veces pienso que puede incluso ser un tipo peligroso. No debe de tener ni dieciocho años y se viste como si acabase de escapar de una película de los años setenta. Lleva el pelo largo, lacio y no muy limpio.

Se me ha quedado mirando como intentando recordar de dónde me conoce. De repente me ha cogido de la pechera y me ha arrastrado casi a la fuerza hasta alejarnos unos metros de la entrada de la estación.

–Tú, tienes que hacerme un favor.

La verdad es que me asusta un poco esa mirada que tiene; más que ver, parece proyectar algo hacia el exterior, algo que todavía no consigo definir bien, pero que sin duda es obsesivo, excluyente, de una violencia que anula lo que le rodea. Eso: Claudio no ve lo que hay fuera, sino sólo lo que hay dentro de él y lo lleva con la mirada hacia el exterior. O algo así.

–Bueno, sí. -Me he soltado de su garra e, instintivamente, he retrocedido un paso.

–Tienes que hacer que me acueste con Olivia.

No es un favor lo que me pide. Me lo exige. Y a mí no me exige nadie lo que tengo que escribir.

–No lo tengo previsto -he respondido fingiendo indiferencia.

–Precisamente. Te lo digo para que lo preveas. Si no me acuesto con ella, voy a cometer un desatino. Acuéradate de lo que ya has escrito: que Olivia tiene aire de vícitma.

–Oye, ¿no me estarás amenazando?

Claudio suelta una carcajada y se echa el flequillo hacia atrás con un movimiento nervioso de la cabeza.

–A ti no.

–Pues a Olivia la dejas tranquila.

–Ya me has oído: métela en una cama conmmigo. Te lo juro que me muero por tocarla. Y si no, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Este imbécil se ha debido de creer eso de que los personajes se le rebelan al escritor. Hará lo que a mí me dé la gana. Y si quiero hacerlo impotente y lleno de mocos nadie me lo podrá impedir.

–De eso nada -me dice, como si hubiese escuchado mis pensamientos-. Ya va demasiado avanzada la historia como para saltarte su lógica. Yo ya existo: y cuando uno tiene un carácter o una apariencia física, eso no puede cambiarse así como así.

–Podría rehacerlo todo.

–¿Y sacrificar todas esas maravillosas páginas que has escrito? ¿Ésas que relees continuamente encantado contigo mismo? No me hagas reír. Además, ambos sabemos que te diriges a un final trágico.

–Pues ya sabes más que yo. Yo no tengo ni idea...

–Mentiroso. Eso cuéntaselo a los periodistas. No tengo más tiempo que perder contigo. Tú haz que me pueda tirar a Olivia -a ser posible con mucho morbo, no me hagas una escena cursi-, y entonces nos llevaremos bien. Si no, te juro que me las vas a pagar.

Y se larga sin más, ligeramente encorvado como un personaje de una novela gótica... yo creo que exagera a propósito, ¡si incluso cojea un poco y él no ha cojeado nunca! Me marcho a coger el tren con cierto alivio. Me temo que no es la última vez que me he topado con Claudio. ¿En qué venganza estará pensando este mal bicho?

 

 

30 de abril

Apenas me ha dado tiempo, al llegar a Bruselas, a darme una ducha, ponerme un traje y salir corriendo a una recepción. En realidad, casi nunca me pongo traje; aunque tuve que llevar corbata durante mi época de intérprete, no he llegado a acostumbrarme, sigo sintiéndome como si fuese disfrazado para engañar a alguien. Pero esta noche sabía que estaría incómodo sin corbata. Quizá por mis orígenes de barrio obrero, siempre me he sentido en desventaja en la "alta sociedad", como si en cualquier momento pudiese hacer algo que revelara que me manejo mal con el protocolo y la etiqueta.

La recepción tenía lugar en un palacete cerca del centro de Bruselas. He entrado en el salón buscando alguna cara conocida -pocas cosas más desagradables que quedarse solo en una fiesta aferrado al propio vaso-, pero desde luego ni se me había ocurrido que pudiera encontrarme allí con Sophie. Estaba parada frente a la puerta principal del salón, como si esperara a alguien -no creo que a mí-. Y me ha reconocido enseguida. Ha venido directamente a mi encuentro, me ha echado los brazos al cuello, sin depositar el peso, únicamente rodeando mis hombros, y me ha dado un beso en la mejilla.

–Quel plaisir de te voir, mon cher José–ha susurrado, y me ha dado otro beso.

Sophie es una chica conmovedora. Algunos de los lectores de Las vidas ajenas me ha hecho comentarios despectivos sobre ella, uno incluso llegó a llamarla "putita", y confieso que no he defendido su honor como debiera. Hubo un periodista de Gijón, sin embargo, que me reprochó no haber contado más sobre Sophie: "yo quiero saber más sobre esa chica", me dijo, "¿cómo me haces eso? ¿por qué no has escrito nada más sobre ella?"

A mí me pasa lo mismo; yo no la veo como una aprovechada que quiere vivir a costa de Lebeaux, que ha pillado un banquero y ya está. Yo, fíjense, la creo: me parece posible que quiera a ese anciano que le saca cuarenta años de edad. A lo mejor es que yo también habría podido enamorarme de su simplicidad, de esa ingenuidad alegre y, aparentemente, sin recovecos.

Estaba muy guapa en la fiesta. Lleva el pelo más corto; y, como siempre, se había puesto un vestido ajustado pero no vulgar.

–Conmigo puedes hablar español.Yo también me alegro mucho de verte -le he dicho riendo.

Entonces ella se ha girado y me ha parecido que buscaba a alguien entre los invitados, quizá a Lebeaux. Desde luego, me ha entendido inmediatamente cuando le he preguntado:

–¿Cómo está?

–Mal, muy mal. Muy deprimido. La semana que viene nos mudamos a la casa de Suiza.

–La del búnker.

–Eso, la del búnker. Ya no quiere saber nada de sus negocios, ni de su familia y, si me apuras, de mí tampoco.

–Lo siento.

Me ha tomado por el brazo y hemos caminado hacia un ventanal que da al Parque Real.

–No es por el dinero. Claro, te molesta que te roben esa cantidad. Pero lo peor es la humillación; y la impotencia. El que te estén quitando el dinero delante de tus narices y tú no puedas hacer nada.

–Probablemente le da vergüenza. Piensa en lo que dirán los demás, que le tomen el pelo de esa manera, a él, un hombre tan poderoso.

–¿Vergüenza? Salvo Degand y yo no lo sabe nadie.

–Por eso. Se avergüenza ante ti. Que tú, que le haces sentir poderoso y un poco más joven, lo veas derrotado, como un viejo idiota.

Sophie me ha sacudido el brazo como si me reprendiese.

–¿Pero cómo se va ...? Será tonto, como si yo me fuese a reír de él, o a recriminarle nada. Si me da una pena...

–Pero él no quiere darte pena, Sophie. Quiere que lo admires.

No me había dado cuenta de que Sophie estaba llorando; las lágrimas se deslizaban por las mejillas, lentamente, hasta llegar a los labios, y Sophie lamió una con un gesto infantil. Me estaban dando ganas de explicarle lo que había pasado, quién había estafado a Lebeaux, cómo podían vengarse. Pero sé que no debo inmiscuirme en esas cosas. Aun así, cuando le he hecho una caricia en el cabello y le he dicho, "lo siento mucho. Espero que se le pase pronto." Me he sentido como un auténtico impostor.

–¿Por qué no vienes a visitarnos un día?

–¿A Suiza?

–Ay, es verdad, que nos vamos ya.

Entonces me ha hecho señas un poeta flamenco que conozco, que es por quien me han invitado a la recepción -por cierto, en honor de un conocido escritor de acá, si es que hay algún escritor de acá que sea muy conocido fuera de Bélgica-.

–Bueno, –ha dicho Sophie al darse cuenta de que me llamaban–, pero tenemos que vernos otra vez.

Le he dado mi número de teléfono y ha prometido llamarme cuando regrese a Bruselas. Me ha dado otro beso, rápido y espontáneo, como si tuviese necesidad de expresarme otra vez su cariño, lo que ha hecho que me vuelva a remorder la conciencia por no ayudarla. Bastaría con que le dijese un nombre para ponerla sobre la pista correcta.

La verdad es que me apetecería mucho volver a verla. Ya digo, desde las primeras páginas del libro sentí debilidad por ella. Había incluso quien me recomendaba que ella al final engañase a Lebeaux o se escapase con el dinero. Pero Sophie no haría una cosa así. Es un encanto de chica. Incluso debo confesar..., no, mejor no confieso nada.

 

1 de mayo

Voy a pasar una semana haciendo bolos en Roma y en la Feria del Libro de Turín. Ante la pregunta recurrente -a veces expresada con tono de conmiseración- de si no me aburre la promoción de mis libros, suelo sentirme en falta por demasiado frívolo o vanidoso, porque la respuesta sincera es que me suele divertir. Por supuesto, a ninguno le apetece estar firmando en una caseta o en una librería... y que nadie se acerque a interesarse por tu libro. Ni siquiera me resulta particularment e divertido -aunque hinche mi ego- firmar cuando la demanda es elevada, quizá porque, estúpidamente, me siento obligado a ser más simpático de lo que soy: al fin y al cabo, esa gente que se acerca quiere leer mis libros, se han tomado la molestia de venir..., y al poco tiempo me siento vacío, falso como un vendedor a domicilio.

Y en general prefiero conversar con estudiantes -lo que sí voy a poder hacer en Roma y en Turín- a esas presentaciones en las que se habla al público de un libro que no ha leído.

Pero el hecho de tener que hablar sobre los libros que he escrito y de enfrentarme a las preguntas de los periodistas me permite reflexionar sobre mi trabajo, y también descubrir qué es lo que a lectores desconocidos les interesa de éste. Muchas ideas surgen en esos viajes en los que no tengo tiempo para escribir pero le estoy dando vueltas continuamente a temas relacionados con la literatura. Incluso la pregunta banal, y frecuente, sobre los autores que más me han influido me hace reflexionar sobre el sentido y el origen de mi escritura, sobre lo que aprecio o me disgusta en la de los demás.

En otro orden de cosas, la visita a Turín me interesa también porque, casualmente, una de las hijas de Neftalí está viviendo allí. Como tantas cubanas, parece que se ha enamorado de un italiano y se ha marchado de la isla. Ahora bien, no es la historia típica de una cubana joven y resultona que se escapa con un viejo con tal de dejar atrás ese país sin futuro... ocon un futuro para salir corriendo.

Daos cuenta de que si es una hija cubana de Neftalí -no os diré cuál de ellas para no revelar cosas de su intimidad, porque ya revelé demasiadas en Añoranza del héroe-, tiene que haber nacido antes del triunfo de la Revolución. O sea, que es una mujer mayor que, después de estar casada, ha encontrado un amor de madurez. Aunque quizá todo sea distinto de lo que me imagino. Ya os contaré a la vuelta si consigo verla.

 

11 de mayo

Cuando acabó la Feria del libro de Turín, fui a visitar a la hija de Neftalí. Pero he decidido no contar nada de ella. Los escritores tendemos a fagocitar cualquier experiencia, metabolizarla y reinvertirla en lo que escribimos. Convertimos la vida en material literario sin darnos cuenta de que la gente que está con nosotros no quiere necesariamente encontrarse después con que sus sentimientos y tragedias personales acaben expuestas a la curiosidad pública. Pero los escritores nos arrogamos el derecho de hacerlo; estamos a la caza de cualquier historia que nos pueda servir para nuestros fines.

En realidad, ya había decidido que no hablaría de ella incluso antes de verla. Lo pensé en Roma, mientras comía con una amiga que me contó una historia de su infancia, una historia tan bonita que, según la oía, me estaban dando ganas de escribirla. ¿Me permites que escriba lo que acabas de contar?, le pregunté. Lo pensó unos momentos. "No", dijo. Por supuesto, insistí: "no diría tu nombre ni habrá manera de que te reconozcan en la historia; sencillamente pondría en boca de otro personaje lo que acabas de contar". "No", repitió: "lo he contado ahora porque me apetecía, pero no para que luego lo escribas." Y es verdad que poner por escrito lo que les ha sucedido a otros es como arrebatárselo: de pronto deja de ser una experiencia personal para convertirse en un texto objetivo, limitado, inmutable. Al escribirlo, eliminamos la posibilidad de que un recuerdo vaya alterándose con el tiempo, transformándose en virtud de los juegos caprichosos de a memoria.

Así que no hablaré de los asuntos privados de la hija de Nefatlí. Tan sólo escribiré una frase que estoy seguro que no ha pronunciado por primera vez para mí. Ni siquiera estoy seguro de que sea suya: "Tú sabes que hay juegos en los que hay una realidad virtual; la realidad es virtual, y tú eres real. Cuando me marché de Cuba y llegué a Italia, tenía la impresión contraria: que todo lo que veía era la realidad, y que la virtual era yo."

 

27 de mayo

Llegué a Estados Unidos el día 17. Después de aguardar media hora de cola me tocó el turno de pasar el control de pasaportes. El policía era un hombre cercano ya a la jubilación, con más aspecto de sheriff rural que de agente de una gran ciudad como Boston. Era un hombre correcto, ni demasiado amable ni demasiado seco. Comprobó mis datos, comparó mi parecido con la fotografía del pasaporte poniendo éste a la altura de mi rostro. Me rogó que pusiera mi índice izquierdo sobre el lector de huellas dactilares, pero al parecer la imagen no era sufcientemente clara.

–Pásese el índice por la frente, por favor –y ante mi gesto de perplejidad, aclaró: –En los aviones se seca mucho la piel y no se lee la huella.

Después repetimos la operación con el índice derecho.

–¿Cuándo fue la última vez que vino a Estados Unidos?

La pregunta me deja aún más preplejo que la petición de pasarme el dedo por la frente. ¿Para qué sirve toda esa tecnología si ni siquiera les permite averiguar cuándo entran y salen los visitantes? ¿O tiene la pregunta una intención que se me escapa?

–Nunca he visitado los Estados Unidos. Es mi primera vez.

-Ah, así que la primera vez. -Lo dice en un tono perfectamente neutro, como podría leer en voz alta alguno de los datos de mi pasaporte.

–Eso es.

–Entonces, bienvenido a Estados Unidos. -Sella el pasaporte, grapa el boletín verde de inmigración. Sonríe. Pero no me devuelve el pasaporte. Lo deposita sobre el mostrador y mantiene la mano enima. –No habrá visto últimamente a Pietro.

–¿Perdón?

–A Pietro. Que si lo ha visto últimamente. Porque lo estamos buscando.

–¿A Pietro? ¿El de Huir de Palermo? ¿El amigo de Luigi?

El policía levanta brevemente la vista al cielo antes de escudriñar mi rostro.

–¿Conoce Vd. a otro Pietro?

–No, pero me sorprende la pregunta.

–¿Y lo ha visto o no?

–Hace siglos que no sé nada de él.

–¿Tampoco cuando estuvo Vd. en Sicilia hace dos semanas?

Hasta ese momento había experimentdo la incomodidad que siento habitualmente en cualquier aduana del mundo cuando me interroga un policía, la incomodidad de quien no tiene gran cosa que ocultar pero teme causar la impresión contraria. Pero de pronto sentí que se me doblaban ligeramente las rodillas y la lengua engordó un par de centímetros. ¿Cómo sabía que estuve en Sicilia a mediados de abril? ¿Tienen informaciones sobre los desplazamientos de todo el mundo? ¿Reciben datos de todas las compañías aéreas? Sería preocupante; pero más preocupante aún sería que sólo tuviesen datos de sospechosos, es decir, que yo sea uno y por ello vigilan mis movimientos. Creo enrojecer al responder, con una voz más ronca de lo normal:

–¿Por qué iba a verlo? No tengo nada que ver con él. Me da igual dónde esté o a qué se dedique.

–Ah, le da igual. Sabe que es un delincuente peligroso, traficante de heroína, con varios asesinatos a sus espaldas, pero a Vd. le da igual lo que haga. Se desentiende completamente.

–No es eso...

–Sepa que hay un mandato de búsqueda y captura de Interpol. Y que está trayendo sus negocios sucios a mi país. –("Mi país"; por primera vez hay en su voz la irritación de quien se siente personalmente insultado)–. Por cierto, ¿va a escribir durante su estancia en Estados Unidos?

–No sé, supongo que sí.

–¿Y puede decirme qué va a escribir?

Ahí me parece que las cosas van demasiado lejos, y aunque temo meterme en apuros, mi dignidad me exige una rebelión algo tardía.

–Disculpe, pero eso no es asunto suyo.

–En este país no queremos más criminales.

–A ver si me va a echar la culpa de los índices de delincuencia en Estados Unidos.

–No, claro, usted no es culpable. Crea asesinos pero luego se lava las manos, los deja por ahí sin control alguno. Como esos padres que no se sienten responsables de las fechorías de sus hijos.

–Pietro no es mi hijo -objeción algo banal, pero no se me ocurre nada mejor.

–Nos llenan las calles de delincuentes. Los libros gotean sangre. La televisión... ¿ha visto usted la televisión? Un asesinato cada tres segundos, gaznates rebanados, tripas agujereadas, violaciones, pero ustedes no son culpables de nada.

–Oiga. Yo me dedico a escribir. No vendo armas.

–Ya salió lo de las armas. Ustedes crean delincuentes por encima del bien y del mal, asesinos que escapan a la justicia„ y no entraré en cómo retratan a los policías, porque para la mayoría de los escritorcillos de hoy son los policías los malos y los corruptos. La gente no cree ya en las fuerzas del orden por culpa de esas noveluchas de tres al cuarto llenas de criminales simpáticos y de policías pervertidos. –(El hombre empieza a acalorarse y yo a desviar la mirada). –Pero, claro, luego la culpa de la violencia es de quien compra un arma para defenderse. Amparándose en la libertad de expresión escribirá usted cualquier basura sin preocuparse de las consecuencias. –De pronto parece calmarse. La ira no deja en él más huella que unas ronchas rojizas en las mejillas.– Tome –dice con voz ya perfectamente tranquila–. Su pasaporte. Que tenga una feliz estancia.

Me quedo parado sin encontrar nada razonable que añadir.

–La recogida de equipajes es por ahí.

En la aduana no registran mi equipaje, aunque pienso que quizá lo hayan hecho ya en mi ausencia. Doy los primeros pasos en Esdados Unidos con la sensación de haber cometido un delito. No es agradable tener que mentir para poder entrar en un país.

 

10 de junio

No entiendo muy bien por qué mentí al funcionario de aduanas. Es decir, no entiendo por qué me sentía culpable cuando no había hecho nada reprehensible. ¿Soy yo responsable de que Pietro me haya venido a ver en Sicilia? No he tenido ningún trato con él durante todos estos años, ni quiero volver a tenerlo. Es uno de esos personajes que pueden hacer gracia un rato, pero enseguida amenazan con volverse estereotipos. Personajes sin profundidad, quizá de los que no debiera uno escribir nunca. Por supuesto, su opinión era muy distinta.

Yo estaba sentado en una plaza de Taormina cuyo nombre he olvidado, pero cualquiera que haya estado en Taormina sabrá de cuál hablo en cuanto la describa: tiene una pequeña iglesia a un lado, el Corso Vittorio Emmanuelle en uno de los lados contiguos –también con una iglesia y unos cuantos bares–, un arco en el tercero, y el cuarto está limitado por una barandilla en la que se apoyan los turistas para quedarse sin respiración viendo la verde pendiente que separa la ciudad del Mar Jónico. Y yo, como buen turista, estaba acodado sobre la barandilla, dejando transcurrir los pensamientos sin dirigirlos a ningún lado, respirando y llenándome la vista de verde y de azul. No sé cuánto tiempo llevaba Pietro a mi lado, porque no le presté atención hasta que oí su voz.

–Un paesaggio della madonna -o eso me parece que dijo; de todas formas, a veces no consigo entender su dialecto siciliano.

No le reconocí al principio. A mi izquierda tenía a un hombre grueso, tan canoso como yo pero con grandes entradas, las facciones flácidas de quien está tan cansado que no puede ni siquiera gesticular, los ojos ocultos tras unas gafas de sol. Sus manos me parecieron descomunales, poco congruentes con el traje de Armani, el Rólex y el anillo de platino. Todo él parecía demasiado grande y basto para llevar ropa tan elegante.

–Sí, muy bonito –le contesté en italiano.

Segui contemplando un mar de color metálico -el sol se había escondido ya- y casi sin olas. Tenía la desagradable impresión de que mi vecino no me había quitado la vista de encima. Decidí marcharme, pero una mano me sujetó por el brazo.

–No me reconoces, ¿verdad?

Qué pesado, pensé. De pronto se me ocurrió que podía tratarse de un homosexual en busca de una aventura. No sería la primera vez que me confunden, quizá por mi aspecto físico, quizá por el pendiente que llevo, quizá por las dos cosas.

–No, porque no nos conocemos.–Ya cuando sonrió sentí un ataque de pánico al que no encontré razón alguna. Y al quitarse las gafas, al mostrarme sus ojos ligeramente protuberantes, como a punto de desbordarse de las dos bolsas que atestiguaban una vida de excesos, mi voz me descubrió a mí mismo el nombre pertinente–. Pietro.

–Ah, menos mal. Ya me estabas decepcionando. –Me sacudió por el brazo no sé si afectuosamente o de manera amenazante, aunque en su caso un sentimiento no estaba nunca muy lejos del otro–. Ven, vamos a sentarnos.

Nos sentamos en la terraza de un bar y el camarero no tardó ni un segundo en preguntar qué deseábamos y pocos más en traernos el champán que ordenó Pietro sin preguntarme, lo que me recordó una escena de Huir de Palermo en la que hace lo mismo con Luigi.

–Han pillado a Provenzano –comenté por ocultar mi incomodidad.

–Ya era hora de que diesen una hostia a los corleoneses.

–Ah, te alegra. ¿y no te preocupa que ahora vayan a por los de más abajo?

–Joder, parece mentira que seas un intelectual.

Su comentario me hiere, así que no respondo. Pasa un rato durante el que yo miro el paisaje y Pietro el culo de las turistas. Pietro no se resigna a quedarse sin darme una lección. Así que continúa:

–Si cae Provenzano, llega otro. Hay un relevo en la cúpula y ya está. Lo que a mí además me beneficia, porque nunca me llevé bien con los corleoneses. De todas maneras nos estamos reconvirtiendo y pasando a la legalidad; somos los reyes del sector inmobiliario. Es menos divertido, pero igual de rentable. Las drogas, la protección a los comercios, todo eso son ya una parte mínima de nuestros beneficios. Cambiando de tema, ¿sabes dónde está Luigi?

Me sobresalta la pregunta. No lo estará buscándolo para cargárselo. Porque al final de Huir de Palermo parece que le permite escapar, pero no queda claro ni por qué ni qué pretende hacer con él en un futuro. De repente me pega un puñetazo en el pecho, al parecer amistoso, y suelta una carcajada tan sonora que los paseantes se vuelven a mirarle.

–¿Tú te crees que si hubiese querido reventarle los sesos no lo habría hecho? Si te pregunto dónde está es porque no me he esforzado en seguirle la pista. Cuando quiero encontrar a alguien, le encuentro... como he hecho contigo.

La explicación me convence. De todas formas, mi respuesta tiene que ser negativa.

–No lo sé. Supongo que seguirá en Madrid, pero hace mucho que no paso por el bar, que no sé si sabes que volvió a abrirlo. Lo hice alguna vez al principio, para ver cómo le iba con aquella chica, cómo se llamaba...

–Marta.

–Eso. Me pareció que ella le había perdonado.

–Ya, bueno, a mí eso me da igual. Ya sabes, a mí las mujeres, para un rato, bueno, pero luego, puerta.

–¿Para qué me has venido a buscar, Pietro?

–Eso mismo me preguntó Luigi en la novela, ¿te acuerdas? Se creía que lo iba a matar. Y a decir verdad, es lo que había pensado. Cambié de opinión más tarde... Tranquilo, a ti tampoco te voy a hacer nada. Es que sentía curiosidad.

–¿Por?

–Porque fíjate, siempre me he preguntado por qué escribiste una novela sobre Luigi y no sobre mí. Quiero decir, que Luigi era buena gente y todas esas cosas, pero un tipo pusilánime, soso, lleno de temores. Mientras que yo...

Empecé a dar vueltas en mi cabeza a una respuesta que no le enfureciese. Porque lo mismo me buscaba un lío si le decía que él era demasiado simple, demasiado primitivo, que incluso a veces me parecía que debía haberle metido más luces y sombras, haber profundizado en sus miedos, que seguro que los tenía. Era como si yo mismo me hubiese creído sus fanfarronadas y le hubiese retratado como él quería que le viesen los demás, y no como era en realidad.

–... yo, no es por presumir, pero para una novela negra sería un protagonista cojonudo. Imagínate, un tío bien metido en la mafia, oye, yo desayuno con asesinos y ceno con diputados, o al revés. Yo tengo a mis espaldas no te digo el número de muertos por si acaso. Y duro de verdad. ¿Qué, que no? Coño, lo tuyo no era una novela negra sino un sofá de psicólogo. Que si Luigi sufre, que si sus traumas infantiles, que si sus remordimientos. No jodas. El público lo que quiere es acción, y no ver a sus personajes retorciéndose por las dudas.

–En eso tienes razón. Seguro que habría tenido más éxito.

–Lo que yo te diga. Tú piénsalo: si te pones a escribir una novela sobre mí, volvemos a vernos y te cuento un par de cosas. Eso sí, a mí no me pongas a hacer el marica delante de los lectores; ni remordimientos, ni miedos, ni leches. Yo, si me voy a por un tío, me lo cargo; y si me voy a por una tía, me la tiro. Así de simple.

–Sí, simple sí es.

–Ya, tú preferirás escribir sobre otro blandengue. Ya he leído Las vidas ajenas -sí, tío, a veces leo–; vaya banda de loosers. En serio, yo me lo pensaría: íbamos a tener un éxito que te cagas. Y la gente se sabría tu nombre, como el del Brown ése, porque ahora eres menos conocido que la amante de un obispo.

–Bueno, me lo voy a pensar.

–Toma.

Me dio una tarjeta en la que sólo aparecía un número de teléfono: ni nombre, ni dirección.

–Si te animas a escribir una novela en condiciones, me llamas. Los beneficios a medias. Que no, hombre, que es broma. Si yo lo hago por ti, porque da pena que un escritor que, al fin y al cabo ha contado algunas de mis aventuras, no lo conozcan ni sus vecinos.

Pietro se levantó. Volvió a sacudirme por un brazo. Me guiñó un ojo. Se puso las gafas, se masajeó la panza unos instantes y se alejó por el Corso Vittorio Emmanuelle. Detrás de él, a unos cuantos pasos, le siguieron dos de sus esbirros.

Valiente imbécil. Que escriba sus crímenes. Que lo hace por ayudarme. Que no me conoce ni Dios. Pues que sepa que tengo mi prestigio literario, que quizá no sea muy popular, y mis libros no son best-sellers, pero... bah, que se vaya a la mierda. ¿Qué se habrá creído?

 

27 de junio

Empiezo a darme por vencido. Claudio está cumpliendo su promesa de vengarse -ver noticia del 28 de abril-, pero de una manera inesperada: me esquiva. Se oculta. Me impide seguir contando la historia. Tengo la novela ya lo suficientemente avanzada como para que ahora cada uno de los actos de los personajes sea fundamental para el desarrollo de la trama; dicho de otra manera: durante una buena parte de la composición de la novela no me ocupo de la trama, voy desarrollando los personajes, poniéndolos en situaciones diversas hasta tener una idea clara de su carácter. Cuando nos presentan a una persona recibimos una primera impresión; a partir de esa impresión podríamos escribir una escena, de esa persona, pero poco más; es necesario observarla en diferentes situaciones, escucharla, saber cómo reacciona, cuándo calla, cuándo interviene; sólo entonces podemos imaginar cómo actuaría en otras ocasiones, que decisión tomaría ante una disyuntiva, conoceríamos su violencia o sus temores. Con mis personajes sucede lo mismo: antes de implicarlos de verdad en la trama tengo que imaginarlos en distintas situaciones, ir tanteando para encontrar su lenguaje, sus tics, sus obsesiones, su lógica interna.

Ese trabajo ya está hecho en la novela que estoy escribiendo; creo conocer bien a Claudio, Olivia, Nico, etc. Y la trama empieza a perfilarse. Pero me he atascado con Claudio. Cada vez que lo pongo a hacer algo al servicio de la trama me suena artificial; sí, hace y dice lo que espero de él, pero igual que una marioneta: se ven los hilos, y también se ve al ventrílocuo mover los labios. ¿Será porque me estoy negando a hacer lo que exige la historia? ¿Porque, como un padre puritano, impido a mi criatura que tenga la relación sexual que desea?

La situación se está volviendo preocupante.

 

9 de julio

Lebeaux me ha mandado llamar. También sonó más a orden que a pregunta la voz de su secretaria:

–El Sr. Lebeaux quiere verle. ¿Le parece bien si le envío un coche a recogerlo a las 17.00?

–Eh..., bueno, sí, ¿para qué...? ¿a las cinco? Sí, OK, de acuerdo.

El timbre de mi casa sonó a las cinco y diez. Yo ya estaba preparado para salir: después de una larga negociación conmigo mismo me había puesto una americana pero no corbata. Tampoco hay que exagerar la sumisión a las normas no escritas. Pensé que me encontraría con algún fornido tipo de gafas oscuras y traje elegante al abrir la puerta, pero me encontré con una oriental con falda y chaqueta grises.

–¿El Sr. Ovejero?

–Claro.

Entonces me abrió la puerta trasera de un Mercedes negro. Muy decepcionante: no tenía televisor ni mueble bar a mi disposición. Estaba un poco tenso, así que intenté entablar conversación con la oriental que, por cierto, si se hubiese quitado la expresión de úlcera de estómago habría resultado muy atractiva. Pero sólo me respondió con monosílabos; decidí dedicar el trayecto a asomarme por la ventanilla a un día particularmente radiante. Como ya han empezado las vacaciones atravesamos la ciudad bastante rápido: un cuarto de hora después de arrancar me estaba bajando del coche -tras abrirme la puerta mi conductora- ante la sede de un banco en la Avenue Louise. En el ascensor me atreví a preguntar a la oriental por su nacionalidad.

–Belga –respondió secamente. Nos bajamos en la última planta, para la que no había botón en el ascensor sino una cerradura que accionó mi acompañante. Seguí a mi guía por un pasillo más mullido que mi sofá, en una antesala la secretaria asintió con la cabeza tras desearme buenas tardes, la oriental tocó con los nudillos a una puerta de caoba.

–Entre –Lebeaux estaba sentado tras su escritorio, con el ceño fruncido. No tenía ni un sólo papel ante sí. Tampoco ordenador. A sus espaldas la ventana se abría a una vista de pájaro de la abadía de La Cambre. La puerta se cerró y me quedé a solas con él.– Gracias por venir.

Señaló una butaca de cuero, salió con cierta dificultad de detrás del escritorio y vino a sentarse en otra butaca cercana a la mía. Me llamó la atención que llevase un bastón. Al parecer sus problemas con las articulaciones estaban agravándose. La secretaria entró y me sirvió un café que ni había pedido ni me apetecía –si tomo un café a esas horas luego me paso la noche en vela–. Lebeaux se quedó un buen rato en silencio, quizá escogiendo las palabras. Mientras el banquero meditaba, me di cuenta de que el puño de plata, sin duda maciza, del bastón representaba la cabeza de un negro. El mal gusto de algunos ricachones es impresionante.

–Le he rogado que viniera para darle una noticia.

–Ajá –fue mi inteligente comentario. Aún no había abierto la boca más que para decir buenas tardes.

–Sophie está embarazada.

–¿De usted?

–¡Por supuesto! ¿De quién si no? Pero ¿qué se ha creído?

La situación me cohibía ligeramente. De ahí mi pregunta tan poco diplomática. Decidí no arriesgar mucho las ocasiones siguientes que abriese la boca.

–Enhorabuena.

Me señaló con el negro decapitado.

–Y le he mandado llamar, porque me pregunto...

Se calló a media frase. Me incliné hacia adelante para mostrar mi interés, pero el gesto no bastó para animarle a continuar. Se derrumbó contra el respaldo. Dejó el bastón a un lado y frotó una contra otra las palmas de las manos como para secarlas.

–Usted no deseaba tener hijos.

–Precisamente.

–Entonces, ¿cómo...?

–No esperará que le dé detalles de mi vida íntima, ¿verdad?

–Su vida íntima no me interesa lo más mínimo, Sr. Lebeaux.

–Pues eso es nuevo, porque es usted el típico...

Se interrumpió. No se decidió a ofenderme, probablemente porque me necesitaba para aquello por lo que me había hecho ir a su despacho, aquello que tardaba tanto en decirme.

–Sr. Lebeaux, me ha pedido usted que venga. La verdad es que no tengo mucho tiempo...

–Ah, ¿está usted muy ocupado?

La ironía en su voz era tan sutil como un chiste de Martes y Trece.

–Tanto como usted –le respondí con una mirada a su escritorio vacío. Carraspeó incómodo.Tocado.

–Usted conoce bien a Sophie.

–Ajá.

–Quizá la conozca incluso mejor que yo.

Su cara se contrajo como si le pellizcara una mano invisible. Los celos siempre nos vuelven ridículos, y más ridículos cuanto más viejos somos.

–Sí, es verdad que la conozco bien.

–Le rogaría que me dijese si usted cree... –Ahora fue él quien se inclinó hacia adelante y continuó en voz tan baja que me costó oírle– ...que se ha quedado embarazada a propósito.

–Me decía usted que su vida íntima...

Hizo un gesto impaciente con la mano libre.

–Que si se ha quedado embarazada, no porque desee un hijo mío, sino por la herencia. Ya sabe que en el contrato matrimonial está estipulado...

–Sí, lo sé. En caso de divorcio su indemnización es más bien magra. Pero si ha tenido un hijo...

Me quedé unos instantes reflexionando bajo su mirada más que atenta, ansiosa.

–¿Y bien?

–¿Qué dirán sus otros hijos de tener que compartir con un nuevo heredero?

–No es ésa la cuestión. Mis hijos aceptarán lo que a mí dé la gana. –Aunque tenía mis dudas al respecto, decidí no contradecirle. En efecto, no era ésa la cuestión.– Lo que le estoy preguntando es si usted cree que se ha quedado embarazada porque me quiere o por cálculo.

Me parece que él mismo era consciente de la imagen tan penosa que estaba dando. Pero necesitaba saber la respuesta: no le importaba –demasiado– quedar como un viejo idiota si con ello lograba averiguar si Sophie le quería de verdad o si lo suyo había sido un braguetazo, como por lo demás todos sospecharon cuando descubrieron que el viejo Lebeaux se había casado con esa jovencita.

–No me parece que Sophie sea una de esas mujeres que se casan sólo por interés. Seguro que sabe cuáles son sus intereses, es una chica lista. Pero dudo que se hubiese casado con usted si no se hubiese sentido atraída. Sophie estaba destinada a casarse con alguien rico, quizá con un actor, y, espero que no se ofenda, no necesitaba casarse con un anciano.

No se ofendió. Al contrario, parecía agradecido.

–¿Y el embarazo?

–Sophie siempre ha querido un hijo de usted. No creo que la razón sea sólo la herencia.

–¿No sólo?

–A nadie le amarga un dulce.

Fue su turno de decir "ajá".

Unos segundos después su expresión atribulada había dejado paso a una sonrisa que no era capaz de reprimir. Me hizo un par de preguntas de cumplido, me dio las gracias por mi tiempo, suave como un guante, y yo creo que en cuanto me perdiera de vista iba a llamar a una joyería o al menos a una floristería. Decidí dejarle tranquilo, pero al levantarme caí en que yo también tenía una pregunta.

–¿Sigue Degand trabajando para usted?

–Degand es un gusano. –¿Habría descubierto Lebeaux por fin la estafa de su subordinado? – Me ha dejado solo cuando más lo necesitaba. Era un don nadie cuando empezó a trabajar para mí, pero en cuanto las cosas se pusieron feas, se largó.

–¿A dónde?

–Yo qué sé. Me han dicho que a Estados Unidos, pero no tengo ni idea ni me importa. Y ha dejado a su mujer aquí tirada. Si te he visto no me acuerdo. Divorcio fulminante, a cambio de una casa hipotecada, un par de coches y una pensión miserable porque Degand ha demostrado que es insolvente y no tiene empleo. Qué país. Qué mundo.

Podría haberle recordado que sus empresas tampoco han contribuido a mejorar ni el país ni el mundo. Pero la verdad es que Lebeaux me aburre mucho. Lo único interesante de él es su poder, e incluso está perdiendo éste. Así que me he despedido de él con un apretón de una de sus manos flácidas. ¿Qué habrá visto Sophie en un hombre así? ¿O habrá más cálculo en la pequeña Sophie de lo que yo mismo pienso? Voy a seguirle un poco la pista.

 

10 de julio

 

Mañana me voy a la Semana Negra de Gijón. Y después salgo de viaje. Así que, aunque en las próximas semanas tenga algún encuentro interesante, que nadie espere que lo cuente antes del 7 de agosto. No habrá más noticias del más allá hasta esa fecha.

 

21 de agosto

Hace más de un mes que no actualizo las noticias. No por desgana ni por olvido. Es que no ha pasado nada. Quiero decir: no ha pasado nada digno de señalarse en este pequeño mundo que es el mío. Empezaba a caer en la abulia propia de la ausencia de sucesos, pero esta mañana me ha escrito Javier, un lector, para decirme que le gustaría saber algo de Kasongo. Es verdad, hace casi dos años que no tengo noticias de él. Pero, si no se ha mudado, sé dónde vive, muy cerca del cine Vendôme. De hecho, en Las vidas ajenas describo esa calle e incluso lo que se ve desde su ventana. Por cierto, hay quien opina que en esa novela doy una imagen de Bruselas más propia de la caricatura que de la literatura realista; mis últimas novelas, en realidad, no son realistas ni lo pretenden, pero no creo haber hecho una descripción demasiado tremendista de algunos barrios céntricos de Bruselas. Un día de estos voy a coger la cámara para mostrar que Bruselas no es ni mucho menos una aséptica ciudad de funcionarios y parque natural de las clases medias. Aunque también es verdad que la fotografía no es necesariamente más objetiva que la literatura, como lo demuestran las fotos propagandísticas de conflictos bélicos.

Ahora yo siento también curiosidad por las andanzas de Kasongo, así que esta noche me voy a acercar a su casa. Si obtengo alguna noticia de él, informaré puntualmente aquí mismo.

 

22 de agosto

Anoche tomé el 54 para ir a la Porte de Namur. Desde allí caminé hasta la casa de Kasongo. Descubrí con cierta irritación que han arreglado alguno de los edificios que yo describía como en ruinas en la novela. Luego dirán que exagero y no podré demostrar que no. Tengo que darme prisa con las fotos.

El nombre de Kasongo no aparecía en ninguno de los timbres de su edificio; no sé cuál es su apellido, y ni siquiera estoy segundo de que Kasongo no sea un nombre falso, inventado por él para borrar las huellas de sus fechorías en el Congo. Llamé a varios timbres del portero automático hasta que alguien me abrió la puerta. Recordaba que Kasongo vivía en el primer piso, así que no me sería difícil descubrir si se había mudado o no. Sólo había dos puertas en el primer rellano; en ninguna de las dos respondieron a mis timbrazos. Como me pareció que en una de ellas el timbre ni siquiera funcionaba toqué con los nudillos. Curiosamente, la puerta estaba sólo entornada. ¿Qué hacer? ¿Entrar así por las buenas, como la gente entra en las películas de suspense cuando encuentra una puerta abierta? Me parecía muy poco correcto; a saber si el inquilino se había olvidado de cerrar y me lo encontraba sentado en el inodoro -razón para no abrir a mis timbrazos-. Llamé otras dos o tres veces. Nada.

Asomé la cabeza. Un pasillo con paredes salpicadas de manchas de humedad. El suelo lleno de polvo y de propaganda. Allí no debía de vivir nadie.

–¡Kasongo!

Silencio. A pesar de mis escrúpulos, me introduje en el pasillo. A ver si me voy a encontrar con un muerto, pensé, y olfateé buscando olor de cadáver, aunque no sé cómo olerá un cadáver. No olía más que a humedad, a piso sin ventilar, quizá a comida rancia.

–¡Kasongo!

Seguí avanzando por el pasillo. La puerta de la cocina estaba abierta. Las bolsas de basura se apilaban contra una pared. A su lado varias cajas de cerveza vacías. Cientos de hormigas exploraban el suelo de sintasol en busca de comida. Un poco más lejos estaba el baño: un retrete que no me detendré a describir para que no me vuelvan las arcadas y un lavabo que parecía untado de sebo. Me acordé de Daniel y de Claude, de cuando tuvieron que vaciar aquella casa apestosa en la que también se preguntaban si habría un cadáver. Daniel se habría puesto a intentar imaginar la vida del morador del apartamento a través de sus residuos y objetos, como solía hacer. Yo sólo tenía ganas de averiguar si allí vivía Kasongo y largarme.

–¡Kasongo, soy José!

Nada. La siguiente puerta era la de un salón minúsculo que yo recordaba bien:"...los únicos muebles eran una mesa, cuatro sillas descabaladas y un armario ropero", eso escribí en su momento y nada había cambiado.Y al fondo del pasillo la última puerta, supuse que del único dormitorio.Cerrada. No tenía muchas ganas de abrirla, y titubeé un rato antes de hacerlo. Pero la posibilidad de que alguien llegase y me preguntase qué narices estaba haciendo en su casa me empujó a decidirme. Al abrir sí me llegó un tufo espantoso. Pero no a muerto. A sábanas y cuerpos sucios, a cerrado, a sudor revenido. Estaba totalmente a oscuras, pero la luz del pasillo me permitió ver un colchón en el suelo, y encima un gurruño de mantas de las que asomaban dos pies. Su color me animó a llamar una vez más:

–Kasongo.

Hubo un movimiento lento bajo las mantas, un acomodarse de miembros, estirarse de extremidades, un rascar y bostezar, dos manos que asomaron sorprendentemente del mismo lado que los pies, y después apareció la cabeza despeinada de Kasongo. Me contempló con dos ojos rojizos, más hinchados de lo habitual en él. Durante quizá un minuto se quedó en la misma postura, como alelado, inexpresivo. Hasta que su cara se dividió en dos gracias a una sonrisa desmesurada.

–Hola, hermano. –Que es como nos solemos saludar mi hermano auténtico y yo en lugar de usar nuestros nombres, lo que hizo mucha gracia a una amiga que me oyó una vez decirle así por teléfono, porque le parecía que me estaba dirigiendo a un monje. Kasongo sorbió sonoramente por la nariz, se tragó el resultado y repitió: –Hola, hermano.

No estoy seguro de que me hubiese reconocido de verdad y el olor a carne de anciano poco aseado me empujaba a marcharme. Pero estaba aliviado de haber encontrado a Kasongo. Al menos podría dar noticias de él a Javier.

–Hola, Kasongo. ¿Cómo te va?

(Continuará)

 

23 de agosto

... –¿Me has traído café?

–¿Café? No.

–Vaya. Pues no hay.

Definitivamente, me confundía con otra persona.

–Lo siento, pero no se me ocurrió.

–No se te ocurrió–dio un larguísimo bostezo, salió completamente de debajo de las mantas; sólo llevaba un pantalón de pijama gris. Aunque sabía que las tenía, las largas cicatrices que le atravesaban el torso me impresionaron. –Pues si no se te ocurre a ti, ¿a quién? Tú eres el escritor, ¿no?

Me hizo un gesto para que le siguiese por el pasillo, señaló hacia la cocina y se fue al baño. Escuché el chorro de orina cayendo en el inodoro. No tiró de la cadena. Rebusqué en los muebles de cocina y descubrí un paquete de café en el que aún quedaba para un par de cafeteras. Lo levanté triunfante cuando entró Kasongo.

–Sí hay.

Me lo arrebató sin muchos miramientos y se puso a preparar café. Del frigorífico apagado sacó un bote de leche condensada ya abierto.

–Estoy jodido. ¿Tú sabes lo jodido que estoy?

Vaya, otro que me iba a echar la culpa de sus males. Mis personajes son unos auténticos quejicas. Decidí cambiar de conversación.

–Un amigo me ha preguntado qué fue del diente de Lumumba. ¿Lo recuperaste?

–Se me cayó al suelo cuando la puta aquella me roció la cara con el spray.

–Ya lo sé. Pero regresaste a buscarlo.

–¿Quiere comprármelo tu amigo? Es un diente con poderes mágicos. Muy valioso.

–A lo mejor le hace ilusión. ¿Lo tienes?

–Trescientos euros. No, mejor cuatrocientos. Le dices que por cuatrocientos euros se lleva un diente de Lumumba. Una reliquia. Yo estuve allí cuando lo mataron.

–O sea, que lo tienes.

Kasongo tardó un rato en contestar, atareado en vigilar la cafetera, sacar dos tazas, servir el café. Echó sin preguntar sendos chorros de leche condensada en las tazas.

–Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

–Si lo tienes, puedes enseñármelo ahora.

El café estaba asqueroso.

–Si tú me enseñas los cuatrocientos euros.

Se rascó distraído la entrepierna. Bebió el café de dos tragos.

–Me tengo que ir, Kasongo. Sólo quería ver si estabas bien.

–Trescientos. Me conformo con trescientos. Aunque es una pieza de un gran valor. Puede salvar vidas.

No apuré el café, incapaz de tomarme el residuo dulzón. Me dirigí a la salida.

–No tienes el diente. No lo encontraste.

–Pero tu amigo no tiene por qué saberlo. Le arrancamos una muela a alguien y ya está. O me arranco yo una. Cien euros son para ti.

Con Kasongo nunca he sabido si me provoca lástima o desprecio. Me sucede con frecuencia, que tengo una relación ambigua con mis personajes: me producen perplejidad -y en alguna ocasión envidia- esos escritores que pueden elegir de antemano si sus personajes son malvados o generosos, simpáticos o antipáticos. A mí durante unas páginas me caen bien, después los encuentro banales, más tarde me parecen divertidos, luego patéticos.Incluso a veces estoy más de acuerdo con lo que dice el personaje que menos se me parece que con aquél sobre el que veo proyectada mi personalidad; por poner un ejemplo, encuentro a Degand más inteligente que a Daniel.

–No hay trato, Kasongo. Me marcho. Gracias por el café.

Kasongo me sigue hasta la puerta.

–Tenemos que hablar. ¿Por qué no pasas mañana?

–Me voy mañana a Berlín. No regreso hasta el lunes.

Me tiende la mano y se la estrecho. Tiene la piel áspera.

–Entonces la semana que viene.

–Veremos.

Salgo del apartamento y desciendo las escaleras. Sé que no ha cerrado la puerta e imagino que me contempla desde el descansillo. Su voz me confirma que es así.

–No lo recuperé, el diente. Volví y ya se lo había llevado alguien. Quizá habían contratado a la puta para que me lo robase. No estaba tampoco. Me quedé sin el diente de Lumumba.

Con el torso desnudo, una mano sobre el pecho tapando en parte las cicatrices, descalzo, haciendo un puchero infantil, sinceramente afectado al recordar la pérdida, Kasongo parecía a punto de romper a llorar.

–Te busco la semana que viene -le dije, aunque no sabía si era verdad.

 

2 de septiembre

–Allô?

–Eeeh..., Nico, soy Nico.

Tardo unos segundos en descartar a los dos primeros Nicos que se me ocurren, uno porque habla alemán, el otro porque no habla nada -tiene diez meses-.

Y otros tres o cuatro segundos en caer en la cuenta.

–Ah, Nico. ¿Qué tal?

–Hombre...

Hay un silencio incómodo. No sé qué decirle y tampoco sé qué quiere de mí.

–¿Carmela y Bertita?

Otro silencio, que esta vez cae de su lado. Al parecer, le cuesta decidirse.

–Espero no molestarte. No estarías escribiendo.

–Me están instalando una estantería junto al despacho y de vez en cuando tengo que echar una mano. Así que hoy no escribo.

–Me alegro.

–¿De que no escriba?

–No, no, quiero decir, me alegro de no molestarte.

–Bueno, pues tú dirás.

–Es que, mira, yo no me quiero meter en tu trabajo. Yo entiendo que un artista necesita libertad, que a veces tiene que escribir cosas que perturben a muchos... Para mí eso es sagrado.

–Es más de lo que puedo decir yo, pero te lo agradezco.

–Pero de todas formas...

Se oye música de fondo. Creo que es Radiohead. No sabía que a Nico le gustase ese tipo de música. Le hacía más conservador.

–...ya digo, sin querer intervenir, pero quería hacerte una sugerencia. Yo creo que Olivia no se merece eso. Es una mujer estupenda, y no ha tenido la vida fácil.

Si hay algo que me saca de quicio en Nico es su vocación de boy scout. Siempre dispuesto a realizar una buena acción. Pero también dispuesto a sacar partido de ella aunque él nunca lo reconocería.

–Hay mucha gente que no ha tenido una vida fácil.

–Ya, claro. Pero estaba pensando, que quizá podrías cambiar el final.

Otro que quiere meter las narices donde no le llaman.

–Aún no he escrito el final.

–No, el final del todo no. Pero sí lo que le sucede a Olivia.

–¿Prefieres que la convierta en prostituta?

Silencio dolido del otro lado. Me pasa como a Carmela, su mujer: que me gusta pincharle a ver si consigo una respuesta airada o espontánea o al menos con un mínimo de pasión por su parte. Qué ecuanimidad más insufrible.

–Ya sabes que no –responde al fin. –Pero podría conseguir el dinero de otra forma. Podrías ayudarla tú.

Lo que no entiende mucha gente es que un escritor no es libre al cien por cien. Cuando uno crea un personaje, le da un carácter, un pasado -yo, aunque no lo escriba luego, procuro conocer el pasado de mis personajes-, le da unos hábitos, unas posibilidades; por supuesto, como con cualquier ser humano, un personaje puede sorprendernos; pero la sorpresa no se da porque haga algo imposible, sino porque no sabíamos que podía hacerlo -y sin embargo, a posteriori, entendemos que fuese capaz de ello-. Es decir, los personajes no pueden comportarse de forma arbitraria -salvo en una literatura que renuncie a la verosimilitud, cosa que no hace la mía-. Si todo es posible, nada es importante. Y cuando hay varios personajes interactuando, cada uno con sus traumas, sus expectativas, sus temores, sus costumbres, sus limitaciones, sólo hay un número reducido de desenlaces -más bien, los desenlaces posibles son muchos, pero apuntan hacia un arco muy restringido. Para dar un ejemplo extremo: si un marido viola e intenta asesinar a su mujer, es poco probable que al final sean felices y coman perdices; y dependiendo del carácter de ambos, también la lógica exigirá un divorcio, una venganza o la consumación posterior del asesinato.

Yo no soy tan libre como creen mis personajes de cambiar sus vidas en cualquier momento de su trayectoria. Lo que sí puedo hacer, pero me niego a ello sin una buena razón -y una buena razón para mí no es conseguir el final feliz, ni moralizante–es reescribir la historia.

Ayer me escribía un lector sobre Las vidas ajenas: me decía que la novela le había parecido muy buena desde un punto de vista intelectual, pero nefasta desde un punto de vista moral. Los personajes le parecían vacíos, gente superficial, sin pasión ni virtudes. Y me decía que en el mundo hay personas mucho más valiosas que las que yo retrato. A lo mejor es verdad, que me junto con gente poco recomendable... pero dejemos ese tema para otra ocasión. Los valores en la literatura es un tema demasiado complejo para pensar en él mientras tengo a Nico al teléfono.

–Nico, no voy a ayudarla. Claudio tiene razón: Olivia tiene un destino de víctima.

–¿Has hablado con Claudio de ella?

–Me lo encontré por casualidad.

–Ah. Bueno, de todas formas sí quería pedirte otra cosa, que tiene que ver conmigo.

–Oye, a mí me gustaría no tener tantas canas, pero no puedo reclamar a nadie. ¿Sabes lo que le leí una vez a Umberto Eco? Que la literatura sirve -si no para otra cosa- para resignarnos a la muerte: cuando lees un libro no puedes cambiar el final; quisieras que tal personaje no se pegase un tiro, que no se ahogase tal otro. Pero, salvo dejar de leer, no puedes hacer nada para evitarlo. Pues bien, la literatura también sirve para aceptar que hay muchas cosas en la vida que no se pueden cambiar.

–O sea, que no quieres escucharme.

–No.

–Ni siquiera te interesa saber...

–No.

–Bueno; siento haberte molestado. Adiós.

Y cuelga, sin levantarme la voz ni insultarme. Entiendo que a Carmela le desespere su sangre de horchata. ¿Y un tipo con tan poco empuje quiere cambiar el rumbo de las cosas? Querido Nico, me temo que tú también te aproximas al desastre.

 

27 de septiembre

 

Sophie se gira sobre los talones como si quisiera mostrarme un vestido nuevo.

–¿Qué tal? ¿Muy gorda?

–Un poco.

–¿Y muy fea?

Fishing for compliments, pero no me cuesta nada hacerla feliz. Además, no miento cuando respondo:

–Al contrario. Aún más guapa.

Tiene un aspecto radiante. El embarazo ha transformado su figura, ha abultado, lógicmamente su vientre, pero Sophie parece más ligera que nunca. Tiene una alegría que la eleva unos centímetros del suelo, que da ganas de cogerla en brazos y hacerla girar en el aire como en una de esas tontas escenas de algunas películas estadounidenses en las que al guionista no se le ocurre nada mejor para transmitir la felicidad de una pareja.

–He venido porque tengo que comprarme ropa nueva.

–¿No hay tiendas en Suiza?

–Sí, pero aquí me oriento mejor.

Nos hemos encontrado en su casa de Uccle. Me llamó anoche para decirme que iba a estar aquí sólo dos días y que le encantaría verme. El placer es recíproco. Me cuenta que también tiene una cita con un agente de la propiedad porque van a cambiar de casa. La que ahora tienen es un caserón enorme y, ahora que han decidido quedarse definitivamente en Suiza, quisieranmudarse a una casa algo más práctica y en la que no necesiten tanto personal.

–Por cierto, ¿no tenéis ya criados?

–Aquí no. Así que vas a tener que conformarte con esta humilde servidora. ¿Te pongo un whisky?

–No, no puedo beber alcohol. Estoy tomando unos antibióticos muy fuertes...

–Mon pauvre José. ¿Estás enfermo?

No me apetece nada hablar de mi salud. Estos últimos meses los he pasado yendo de un médico a otro, con dolencias que me parecen más propias de un anciano que de mi edad. Y me da miedo que éste sea un inicio prematuro de achaques que me acompañarán toda mi vida. Además, la mala salud resta tanto erotismo como el mal aliento.

–¿Te puedo preguntar una cosa?

–¿Hay algo que no sepas sobre mí?

–En realidad, sé muy poco; algo más que los lectores, pero no mucho.

–¿Es una pregunta indecente?

Se ríe echando la cabeza hacia atrás; sospecho que quiere enseñarme la gargantilla de jade que quedaba oculta por el cuello de la blusa.

–El padre... ¿es Lebeaux?

Me siento en un sillón de cuero blanco. Ella, en lugar de responder, se dirige al mueble bar, se sirve un whisky, alza la botella dirigiéndome un gesto interrogativo, saca del minifrigorífico unos cubitos de hielo, y viene sorprendentemente a sentarse sobre el brazo de mi sillón.

–No mames. ¿Tú también? Debería ofenderme.

–Es sólo una pregunta.

–Claro que es él el padre. ¿Qué te crees? Está ilusionadísimo. Se le cae la baba. ¿Quieres tocarlo?

Sin esperar respuesta, me toma la mano y la deposita sobre su vientre. No noto nada, salvo una excitación que me resulta embarazosa.

–¿Lo sientes?

–No.

Intento retirar la mano, pero ella la sujeta.

–Es que está un poco más abajo. Ahí, a que ahora sí lo sientes.

Ha tirado de mi mano hasta situar mis dedos apenas uno o dos centímetros por encima del Monte de Venus.

–No, pero bueno, da igual.

Sophie chasquea la lengua.

–Cómo que da igual. ¿Te da igual conocer a mi niño?

Se saca la blusa del pantalón y de repente mis dedos tocan su carne, creo que también rozan el vello púbico.

–Sí, ahora creo que sí.

Sophie da una alegre carcajada.

–Te da pena. Lo dices porque te da pena. –Suelta mi mano yv uelve a remeter la blusa bajo el elástico de la falda. –Claro que es de mi marido. ¿Te imaginas si tuviese un hijo de otro y se enterase, el escándalo? Yo nunca le haría eso.

–Me alegro de oírlo. Eso significa que le quieres.

Me pasa la mano por el cabello, con gesto entre divertido y compasivo.

–¿Por qué nadie se cree que me he casado con él por amor?

–¿Te recuerdo la diferencia de edad?

–¿Te recuerdo la tuya con la de tu esposa?

–Es mucho menor. Y la diferencia de capital también.

–Qué méndigo. Me voy a molestar contigo. ¿De verdad no me crees?

Me lo pienso un momento, pero al final digo -y me parece que es verdad-:

–Sí, te creo.

–Gracias.

Vuelve a pasarme la mano por el pelo. Da un trago de whisky. Se relame los labios. Sonríe. Deja el vaso en la mesita de cirstal. Se vuelca sobre mí. Me besa. Recupera mi mano y vuelve a meterla debajo de su blusa, pero esta vez no la dirige hacia el vientre. Apenas me estorba el sujetador. Suspira cuando comienzo a acariciarla. Separa los labios unos centímetros para susurrar, cariñosa, entregadamente:

–Mon pauvre José.

Lo último que pienso -que recuerdo haber pensado- es que nunca he hecho el amor con una mujer embarazada.

 

8 de octubre

Verdad y ficción:pasajes de Las vidas ajenas e imágenes de Bruselas.

 

...Claude se quedó en silencio. Escuchó sucesivamente las distintas conversaciones que se desarrollaban en Chez Bich(e). Véronique había regresado tras el mostrador y se roía las uñas, debajo de la foto de un perro en una canasta y otras de cuando era joven, en algunas junto a su difunto marido. Esto va a cerrar, pensó. Cuestión de semanas. Quizá de meses. Antes había muchos más bares así en las calles cercanas, bares en los que se reunían los vecinos del barrio, por la noche, después de salir del trabajo, a conversar con conocidos o a quedarse callados en compañía, los últimos refugios de una especie a la que le estaban robando el espacio vital. Astutos depredadores se estaban quedando con lo que fueron sus territorios. Los últimos años habían empezado a derribar edificios, a construir casas nuevas, los bares fueron sustituidos por restaurantes o por snacks para gente de fuera, gente a la que no se le ocurriría entrar en Chez Biche, en todo caso algún turista para hacer una foto, joder, los fotografiaban como si fuesen animales exóticos..

Pero los de al lado le caían especialmente mal; si se los encontraba en la calle hacía como que no los veía; nunca le habían gustado los alemanes; y esos habían pintado las paredes del jardín de amarillo, se habían gastado en plantas lo que ganaba él en un año y habían hecho un estanque en medio de un jardín que no tenía ni seis metros de ancho por diez de largo, un estanqueÉ

Claude se quedó mirando el agua; allí abajo, en el fondo, se movía algo. Tiró la colilla hacia el estanque pero se quedó corto y cayó en la hierba. –Cierra la ventana, anda, que hace frío. –¿Sabes lo que han hecho los de al lado? –¿Quién? –Los alemanes. Han puesto peces. –¿Eh? –Peces. Han puesto peces de colores en el estanque; los estoy viendo desde aquí. ¿Cómo se puede ser tan gilipollas? –Les gustarán los peces. Antes también teníamos uno en una pecera. ¿Te acuerdas de Tommy? –¿Sabes lo que va a pasar como vuelva el frío? Que no va a quedar ni uno. Cuando se hiele el agua vas a ver. Van a quedar atrapados en el hielo y los va a dejar como una crepe. Así de finos.

Entró en una tienda que olía a los pescados ahumados que parecían pegar la boca renegrida al escaparate, como peces de acuario. Introdujo una mano en un saco de alubias y se complació con el contacto fresco y liso de las legumbres. Después la introdujo en uno de garbanzos, igualmente frescos pero más rugosos, como guijarros; después en otro saco que contenía orugas secas; era como meter la mano entre la hojarasca de un bosque; también tenía la sensación de que debajo de esos cuerpos secos podía haber un animal vivo agazapado.

–Oye, mamá, ¿los plátanos a cómo están? Kasongo levantó un racimo en el aire y lo agitó para llamar la atención de la vendedora. La mujer no le oyó por el ruido del tráfico o no quiso responderle. Siguió ordenando la fruta en las cajas que estaban sobre la acera, a la puerta de la tienda. Kasongo no insistió. Dejó los plátanos en su sitio, y se dedicó a hacer presión con el índice sobre la piel de varios aguacates para encontrar alguno maduro. Tomó uno que parecía menos duro que los demás y lo apretó dos o tres veces. –¿Lo vas a comprar? –No lo sé. –Pues cuando sepas que lo vas a comprar lo coges. Porque luego la fruta machacada es para los cerdos. –Aquí no hay cerdos, mamá. –Lo que yo te diga. La mujer se lo arrebató de la mano y lo devolvió a la caja con los otros aguacates. –¿Por qué te pones así, mamá? Uno no compra a ciegas. La mujer prosiguió su tarea de ordenar las frutas en las cajas. Kasongo se metió las manos en los bolsillos, salió de la tienda, caminó unos pasos en una dirección, después en la opuesta, cruzó la calle. No sabía a dónde ir. A esas horas todavía estaba cerrado Chez Biche, y...

 

 

...los medio derrumbar, esos agujeros abiertos en medio de la ciudad como caries en una dentadura, los solares allí donde derribaron construcciones: llenos de basura, muebles viejos que arrojaban los vecinos, colchones cubiertos de mohos y manchas de orín, bidones de plástico, una bañera desportillada, excrementos de animales o personas; la sensación de que todo lo que tocases estaba viejo, embadurnado con un sebo de años, como las paredes de las galerías comerciales, sus baldosas ennegrecidas, los vidrios del techo que no se han lavado nunca, como los de un ambulatorio público. ¿Para eso había atravesado Kasongo el mundo? ¿Para no salir nunca del mismo sitio?

 

30 de octubre

Mi idea inicial era fotografiar lugares de Bruselas que aparecen en Las vidas ajenas. Pero ahora me pregunto… ¿para qué? ¿Qué quieres demostrar? ¿Que la literatura sí refleja la realidad, dijeran lo que dijeran los apóstoles del nouveau roman, la crítica estructuralista, los postomodernos? Sí, esa era mi tentación, como un Cristo que muestra las llagas al incrédulo Tomás: convéncete, todo es lo que parece.

Pero lo cierto es que ni yo me lo creo. La literatura no refleja ni muestra ni analiza ni estudia la realidad, ya que la simplifica de tal manera que no puede considerarse su reflejo ni su interpretación. (No recuerdo quién lo dijo pero:) Una novela no es más que un trozo más de realidad -igual que un almendro o un cenicero–. Su única relación con lo real es que sirve para activar los mecanismos de interpretación del lector, y mientras eso sucede se concretan sus prejiuicios, se manifiesta su forma de enfrentarse al mundo; sólo que de esa parte del proceso no queda constancia alguna -salvo, de forma indirecta, cuando el lector es un crítico-.

Y sin embargo, hay una fotografía que podría haber demostrado que sí, que a veces una novela muestra la realidad de manera tan perfecta o imperfecta como lo hacen nuestros ojos. Con esa foto incluso podría haber demostrado que los personajes de la novela son tan reales como, pongamos,mis vecinos, mejor aún, que mis vecinos son un reflejo de los personajes de mis novelas. Por desgracia, no me he atrevido a hacer esa fotografía.

Siempre he sido un fotógrafo tímido. Me avergüenza que me descubran introduciéndome con mi cámara y mi curiosidad en la vida de los demás. Por supuesto, es parecido a lo que hago con la escritura -ver comentario del 11 de mayo-, pero nadie me puede descubrir in flagranti. . ¿No me he introducido en los hogares miserables de antiguos revolucionarios para escribir Añoranza del héroe? ¿No me han abierto las puertas inocentemente vecinos del barrio de Les Marolles, creyendo que estaba escribiendo un libro sobre ese barrio? ¿Y no me he alegrado mezquinamente cada vez que encontraba detalles -normalmente huellas de desgracias y carencias cotidianas- que me parecían útiles para mi novela porque darían gran intensidad a las escenas? (Por ejemplo, el padre loco de Orbe Luis que irrumpió en nuestra conversación y al que su hijo le hizo creer que yo era policía y me lo iba a llevar me vino de maravilla para una escena de Añoranza del héroe -impagable la mirada aterrorizada del anciano-. También la dueña de Chez Bich(e) me contó su vida como se lo contaría a un amigo, mientras yo, igual que un delator, anotaba mentalmente los datos que podrían serme útiles un día; y a veces me froto las manos de excitación, sabiendo que una historia tristísima que me contó una amiga me va a servir para escribir un cuento que, si no soy muy torpe, será de los mejores que he escrito.) En fin, dejemos tan enojoso tema. Y volvamos a la fotografía que no pude hacer porque con la cámara me falta la desvergüenza que me sobra como escritor.

El 8 de octubre fui en coche a la calle donde se encuentra Chez Bich(e). Desde el mismo coche, sin apagar el motor, bajé la ventanilla y saqué la foto que se encuentra algo más arriba. Nada más hacerla me di cuenta de que, por culpa del reflejo,no se apreciaban los clientes del interior más que como siluetas irreconocibles. Pero si me bajaba del coche y retrocedía unos pasos podría fotografiar a los clientes a través de la puerta contigua, que, aunque también de cristal, supongo que porque la luz incidía de manera diferente, permitía una visión bastante buena del interior del bar. Como me daba apuro acercarme hasta allí con la cámara, di una nueva vuelta en coche a la manzana y me detuve de forma que podía enfocar desde mi asiento a través de la puerta. Mi idea era no detenerme más que dos segundos: la ventanilla seguía bajada, la cámara reposaba sobre mis piernas, ya dispuesta, y dejé metida primera.

Sólo quité la vista de la puerta de Chez Bich(e) para tomar la cámara y girarme noventa grados. Al mirar nuevamente, descubrí que Marlene estaba en la puerta. Marlene, con su pelo estropajoso, con su rostro abultado de alcohólica, con su mirada amarga, con su falda demasiado corta para los años y las piernas de Marlene, demasiado vulgar incluso para un bar como Chez Bich(e). Marlene había puesto los brazos en jarras retadoramente y parecía a punto de gritarme algo. Bajé la cámara, creo incluso que musité una disculpa inaudible. Arranqué, con la piel escociéndome de vergüenza.

Así que no tengo la foto de Marlene. Sé que era ella, aunque me la había imaginado un poco distinta -algo más joven, quizá un poco menos agria-, y cualquiera que la conozca de Las vidas ajenas se habría dado cuenta de que era ella. Pero, de todas formas, también sabemos que la fotografía no refleja la realidad, que toda imagen es manipulable. Así que, para convencer a alguien de que Marlene existe, ese alguien tendría que haberla visto como yo, a la puerta de Chez Bich(e). Diciéndome sin mover los labios que soy un hijo de perra y que me vaya a hurgar en mi propia basura.

30 de octubre

Anoche, además de equivocarme de fecha, me salió un párrafo no del todo atinado, o por lo menos incompleto… por supuesto aquél en el que hablo de la relación -o falta de- entre literatura y realidad: la ficción también refleja esa pequeña porción de realidad que es la mente del autor, no en aquello que se dice en un libro -que puede reflejar o no la opinión del autor- sino en cómo se dice: la estruttura narrativa y el estilo sí son una proyección sobre el papel de la visión del mundo del escritor. Y, para no complicar más las cosas, añado en negrita otra pequeña aclaración al párrafo susodicho.

7 de diciembre

Reproduzco aquí literalmente y sin comentarios míos el mensaje que me ha enviado hoy Gerardo. Su estilo peculiar, y su sintaxis aún más peculiar, son los originales; yo, ni entro ni salgo.

"Qué pasa, campeón. Cuánto tiempo. Estaba pensando que a ver si nos vemos un rato. Nunca llamas cuando vienes a Madrid. ¿De Miki? ¿Sabes algo? Yo lo vi hace un par de meses. Brainfucked, if you know what I mean. Lo pones junto a una lechuga y un puerro y te queda un motivo para una naturaleza muerta que te cagas. Dirás que no, pero a mí me puso en un compromiso cuando lo propuse para presentar aquel programa de televisión. El productor me dijo después que si hubiera leído la etiqueta me habría dado cuenta de que había que descongelarlo antes de servirlo. En fin: RIP.

Que por qué te escribo, te estarás preguntando. Pues hombre, por saber de ti. Pero hay otro motivo, lo confieso. El guión. ¿El guón? Sí, el guión. Y cómo coño lo sabe éste, te preguntarás. Porque tengo mis contactos, la gen te me debe favores... what can I tell you. El caso es que cuando me lo dijeron, pensé, fucking great. Porque sé que eres un tío de genio. Que sí, que yo sé lo que me digo. Y ambicioso como pocos; parece que no, que tú estás ahí en tu despacho, trabajando sin pensar en nada más, alejado de este mundo y de sus pompas, pero a mí no me engañas: haces como que no tienes hambre mientras piensas cómo robar el pastel. ¿Por qué te digo todo esto? No sé, francamente; demasiada coca, a lo mejor. De qué estaba hablando: Ah, sí, de tu proyecto.

A ver: que me han dicho que estás escribiendo el guión como diversión, sin pensar en hacer nada con él, para aprender, como ejercicio, bla, bla, bla. Pero yo sé que al final tú no paras hasta que se haga la película. Eres como un topo: uno se pregunta por qué está comiendo tierra y sólo lo descubres cuando saca la cabeza a la superficie: eso, lo estás mirando trabajar y sólo ves el túnel a sus espaldas, pero no te das cuenta de que se dirige a algún sitio; él sí, él sabe que por delante también hay un tunel, lo ve en su propio cerebro de topo, y sólo tiene que seguir escarbando para encontrarlo. Joder, otra vez desvariando. ¿Es grave, doctor?

Que no estoy, tío, que a mí lo que me jode de todo esto es que he leído el guión y yo no salgo, y un sitio en el que habías escrito mi nombre lo has tachado. ¿Cómo puedes hacerme esto? A Gerardo, a tu colega Gerardo. Quieres hacer una peli sin mí. ¿Tú sabes lo que me molaría salir en la gran pantalla? Me asfixio en la pequeña, arg!, cada vez tengo menos espacio, no puedo respirar ¡Sáquenme de aquí! ¿Is anybody out there? ¡Help!

En serio, vuelve a pensártelo. Seguro que encuentras un hueco. Además: you scratch my ass and I scratch yours -o algo así-. Tú me pones en la peli, no hace falta que sea de protagonista, soy un hombre modesto, y yo te ayudo luego a encontrar productor. Ya sabes, el que tiene los contactos soy yo.

En fin, eso era todo. Llámame cuando vengas a Madrid. Y sobre todo: Don't let me down."

 

8 de enero

Los personajes de las propias obras son como los hijos: el trato te los ha vuelto tan familiares, que crees que los conoces, pero es mucho menos lo que sabes que lo que ignoras de ellos.

9 de enero

Hace unos días almorcé con una amiga escritora en un restaurante de Madrid.Hacía tiempo que no nos veíamos, así que se nos habían acumulado los temas de conversación; hablamos sin orden ni concierto de temas banales y temas serios, de mi vida sentimental, del envejecimiento de su madre, de Second Life, y por supuesto de literatura. Es también casi un ritual entre nosotros que, normalmente hacia el final del almuerzo, nos recomendemos mutuamente los libros que más nos han gustado desde la última vez que nos vimos; ella anota diligentemente los que le recomiendo en su agenda –aunque luego nunca le pregunto si los ha leído– y yo, que me suelo fiar, no siempre con razón, de mi memoria, tomo nota mental de sus recomendaciones, y rara vez me decepcionan.

Pero, siendo los dos escritores, nuestras conversaciones sobre libros no se limitan a los leídos, sino que siempre nos comentamos qué estamos escribiendo, con qué estado de ánimo, qué dificultades atravesamos, qué proyectos tenemos. Yo le hablé de mi última novela, y ella a mí de la suya.

Y todo este preámbulo me lleva a lo que en realidad quería contar: mi amiga, mientras me hablaba de la evolución de ese proyecto que yo ya conocía de hace tiempo, me informó de la aparición de un nuevo personaje con el que no había contado al principio, una mujer africana; y, al referirse a ella, dejó un instante de comer, se le enterneció la mirada, sonrió entristecida, y dijo: "Es más mona..."

No había nada de presunción en su tono o en su gesto. No era la creadora orgullosa de un personaje hermoso o inteligente la que decía esas tres palabras. Su manera de hablar de esa mujer salida de su imaginación fue la de quien siente una enorme simpatía por alguien y se duele de que las cosas le vayan tan mal; intuí que a esa mujer le sucederían diversas desgracias, que la van a tratar mal y ella se esforzará por conservar su humanidad en un mundo frío y hostil.

A lo mejor me equivoco. Pero en lo que no me equivoco es en que mi amiga, en ese momento, miraba a su personaje como si se tratara de alguien real; el hecho de ser ella quien lo ha creado, quien decide lo que le va a suceder, no le impide desdoblarse, contemplarlo desde fuera, sacudir la cabeza y afirmar: "Es tan mona..."

13 de enero

A lo mejor estoy dando demasiada importancia a los personajes y debería desentenderme de ellos, liberarme de su tiranía. Cito dos pasajes de Robbe-Grillet dedicados al personaje literario, en Pour un nouveau roman (Les éditions de Minuit, 1961):

"¡Ya nos han hablado bastante del "personaje"! Y, lamentablemente, no parece que la cosa se vaya a terminar. Cincuenta años de enfermedad, la constatación de su defunción realizada en varias ocasiones por los ensayistas más serios, nada ha conseguido hacerle caer del pedestal al que le había subido el siglo XIX. Hoy es una momia, pero sigue reinando con la misma majestad -aunque postiza- en el centro de los valores adorados por la crítica tradicional, la cual reconoce precisamente en él al novelista "verdadero": "sabe crear personajes"... escribir novelasya sólo puede ser eso: añadir algunas figuras modernas a la galería de retratos que constituye nuestra historia literaria. (...) ...los creadores de personajes no consiguen más que proponernos fantoches en los cuales ellos mismos han dejado de creer. La novela de personajes pertenece al pasado, caracteriza una época: aquélla que marca el apogeo del individuo."

Muy interesante.

 

24 de enero

Ahora bien, este hartazgo del personaje, o el hartazgo de la novela psicológica que expresaba también en aquellos años Nathalie Sarraute, o el hartazgo del realismo que fundamenta Jameson, no son, por muy bien que se argumenten, más que eso: expresiones personales, a lo sumo generacionales, del "gusto", es decir, juicios sobre si tal o cual aspecto literario se acomoda o no a las sensaciones predominantes en una época determinada, y formas de distinguirse de generaciones anteriores. Todos afirmamos nuestra presencia en el mundo contraponiéndola a la de otros. Por supuesto, la repetición de ciertos modelos y técnicas acaba vaciándolos de contenido, y por tanto convirtiéndolos en obsoletos o en simulacros; no es posible escirir hoy como un dramaturgo isabelino, ni como un poeta romántico, ni como un realista decimonónico... ni como lo hacían los escritores del "nouveau roman". Y si alguien lo pretendiese se acercaría más a Pierre Menard que a ninguno de los escritores imitados.

Años después de que Robbe-Grillet certificara la defunción del personaje, éste goza de una salud que desborda las páginas en las que se encuentra. Por supuesto, no el personaje que podríamos encontrar en Mann ni en Musil. El personaje actual es incompleto y parcialmente incomprensible; los libros actuales más interesantes -y aquí manifiesto yo mi propio gusto- no ofrecen una interpretación acabada del personaje, sino más bien observan, a veces de forma desordenada, sus interacciones con la realidad -o con la fantasía- y ni siquiera sabemos en qué van a parar sus actos, qué consecuencias tienen. El personaje hecho añicos, en lugar de desaparecer, se multiplica, se desparrama, abarca numerosos rincones, pero en ninguno de ellos acabamos de encontrarlo. Y cuando parece que se muestra y nos lo cuenta todo de sí mismo -pensemos en Sabbath-, lo que hace es sacarnos de la barrera, atraernos al centro de un ruedo en el que las víctimas somos los espectadores.

No es el personaje quien ha perdido importancia, sino el protagonista y su punto de vista privilegiado. En numerosos libros ese punto de vista cambia, cambia la voz narrativa, durante un tiempo seguimos las andanzas de uno pensando que es la figura principal, pero luego aparece otro y le roba el espacio central de la escena. Y sin embargo, eso no hace a los personajes más efímeros. Ni siquiera cerrando el libro nos libramos de ellos: porque nos los encontramos en palabras de autores y de críticos, los volvemos a ver -o más bien, vemos a individuos que dicen ser ellos, aunque no siempre les encontremos el parecido- en adaptaciones cinematográficas; incluso después de muertos se cuelan en las páginas de autores infectados de metaliteratura.

El personaje es omnipresente, múltiple, fragmentario, incompleto, inmortal. Humbert regalaba precisamente la inmortalidad a Lolita escribiendo sobre ella mientras la destruía -algo parecido hacía Orfeo–. Trujillo está más vivo en las páginas de Vargas Llosa que en la memoria histórica; Galíndez tiene la cara de Harvey Keitel y Al Pacino se parece a Shylock o viceversa. De algunos hemos olvidado el nombre y su aspecto físico -¿cómo se llamaba el protagonista de Neuromante? Descríbalo- y sin embargo se mantiene la impresión que nos causaron. Creíamos muerto a tal o cual, incluso olvidado, y de pronto lo reeditan y vuelve a estar en boca de todos.

De acuerdo: el personaje no es necesariamente lo esencial de un libro; su psicología, su alienación, sus deseos, sus luchas, su heroicidad -¿quién iba a creer hoy en ella?– se han difuminado, roto, desenmascarado. Pero su poder se mantiene. Incluso aquellos que no tienen nombre –K– quedan en nuestra memoria. Las opiniones, la ideología, los análisis del autor, las descripciones, las sensaciones, la información... casi todo ello se olvida. Incluso el estilo. El personaje se aferra a nosotros con la misma rabia que nosotros nos aferramos a la vida. O, para ser más preciso, nosotros nos aferramos al personaje porque, una vez que hemos aceptado que la literatura no nos explica la realidad, sólo el personaje mantiene la consistencia del mundo. Incluso el más absurdo, el más incoherente, nos resulta familiar a las pocas páginas.

22 de marzo

Cierro provisionalmente esta sección. Me he quedado sin nada que decir, y por ahora sin tiempo para continuar el juego. Devuelvo a mis personajes a las páginas de los libros. Es un destino menos cruel que el de los humanos: nosotros apenas perduramos unas décadas en la memoria de los vivos, mientras que los personajes reviven una y otra vez en la imaginación de los lectores. Incluso los creados por autores a los que nunca llegó la fama, pueden aguardar siglos en una biblioteca, en una estantería, a que alguien, quizá por casualidad, los libere.

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