José Ovejero |
Las vidas ajenas |
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Lectura |
p. 1 Lebeaux pulsó el botón para detener la cinta y fue a sentarse tras el escritorio. Su abogado no hizo un gesto, sencillamente se quedó donde estaba, de pie a un lado del escritorio, mirando la grabadora como si todavía estuviese escuchando. A Lebeaux le hacía hervir la sangre la pachorra del abogado. Si se le dejaba, se quedaría ahí parado durante una hora, con el maletín de cuero en la mano ¿por qué demonios no lo dejaba en el suelo?, observando la grabadora por encima de las gafas y restregando unos contra otros, en un movimiento lento, deliberado, irritante, los dedos de la mano que no sujetaba el maletín. La cinta se ha acabado, Degand. El abogado asintió despacio, sin perder de vista la grabadora; parecía creer que de un momento a otro se iba a poner en marcha sola. Seguía restregando las yemas de los dedos. Carraspeó dos veces, en lo que podría haber sido un preludio para la frase que iba a pronunciar, pero después del carraspeo no vino nada. Por el amor de Dios, Degand, diga algo, opine, laméntese, consuéleme, blasfeme. Pero diga algo. El abogado salió de su fascinación por la grabadora; levantó la vista. Volvió a carraspear. ¿Le importa que me quite el abrigo? Por mí puede quedarse en pelotas si me dice qué piensa de la grabación. Degand se quitó parsimoniosamente el abrigo que, como toda la ropa que llevaba, parecía recién estrenado; lo colgó en el perchero. Pidió permiso para sentarse con un gesto y entendió como asentimiento la mirada de desesperación que su jefe elevó al cielo. Es un sucio chantaje afirmó. Lebeaux le contempló unos instantes maravillado. Nadie adivinaría jamás que en ese hombre de aspecto alelado, respetuoso hasta el servilismo, enfermizamente pulcro, de conversación lenta y no siempre muy coherente uno podría imaginárselo fácilmente envejeciendo en los archivos del Palacio de Justicia, habitasen una inteligencia fuera de lo común y una decisión que no toleraba obstáculos. Sólo le faltaba capacidad para expresarse. ¿Qué más? Si no le molesta, me gustaría preguntarle... Degand, no se eternice; lo que quiera preguntar, lo pregunta. Y lo que quiera decir, lo dice. Sí. Exactamente. Exactamente. Por eso quería preguntarle cómo ha hecho la grabación. ¿Cómo sabía que le iba a llamar? No lo sabía. Me llamó aquí al despacho. La secretaria pasó la comunicación porque la convenció de que era cosa de vida o muerte. Cuando empezó a contarme de qué se trataba, le dije que no podía hablar, que no estaba solo y que me llamase un minuto más tarde para cambiar de despacho. Colgué, puese en marcha el dictáfono y pulsé ese botón del teléfono que permite escuchar la conversación sin el auricular, ya sabe el que digo. Degand asintió. Cuando sonó el teléfono, contesté. Bien hecho, señor Lebeaux. Bien hecho. Gracias, Degand. El acento no es de africano reflexionó el abogado. No, y de chino tampoco, ni de italiano. ¿Y qué? Por el tipo de chantaje. Podría haber sido un africano. ¿Hum? Un africano con motivaciones políticas. Quinientos mil euros no son una motivación política. A Lebeaux le pareció que, por una vez, era Degand quien se impacientaba; al menos así se podía interpretar que plegase los labios hacia adentro, volviéndolos, si cabía, aún más invisibles de lo habitual. Porque Degand era un hombre de labios tan finos que parecía carecer de ellos. ¿Hay algo que no he entendido, Degand? Si me permite... Continúe, Degand. Si me permite, no es que piense que el chantaje tiene motivación política. Pero sí que podría disfrazarse de acto político en caso de necesidad. ¿Por ejemplo? No llamándolo chantaje, sino contribución de una familia de explotadores coloniales destinada a reparar el daño realizado en el Congo; una indemnización a los pobrecitos africanos que fueron expoliados y tratados de forma inhumana por personas como su bisabuelo. Esas cosas. No creo que el tipo vaya a dar los quinientos mil a Médicos sin Fronteras. Pero presentándolo así el chantaje tiene más peso. Usted sabe que la gente es imbécil, la opinión pública se solidarizará con ese delincuente antes que con usted si intuye en él algún ánimo justiciero. El daño para su prestigio será mayor... porque tendría más difusión en la prensa. O sea, que lo que quiere es que a mí me dé miedo la publicación de la foto en los periódicos y pague para evitar que se ensucie el nombre de mi familia y se ponga en tela de juicio el origen de mi fortuna. Quinientos mil euros a cambio de una foto de hace cien años. Degand hizo un gesto de duda, pero no respondió. Ya. Si no fuese por la última frase, yo tampoco me preocuparía mucho. Lebeauxs rebobinó unos segundos y volvió a poner en marcha la grabadora: "...pero la corrupción de su familia dura hasta hoy; si no paga, haremos llegar más pruebas a la prensa que le conciernen directamente a usted." Degand sacudió la cabeza. Póquer. ¿Qué? Está jugando al póquer, y yo creo que va de farol. Pero claro, puede que no. Nunca se sabe, ¿verdad? ¿Qué piensa hacer usted, señor Lebeaux? Esperar, Degand. Esperar a que insista, quizá a que ponga más cartas sobre la mesa, a que me envíe esa foto, según él atroz, que atestigua la maldad de mi familia y todas esas idioteces. Y a ver si averiguamos cuánto sabe o no sabe para evaluar la gravedad de la situación. Pero yo creo que sabe; no tendría sentido que se basase únicamente en una foto roñosa. ¿De qué número, quiero decir, han comprobado...? Sí, tenemos el número desde el que se realizó la llamada. Y ha resultado ser de una cabina. Eeh, ¿dónde? Ya se lo estoy diciendo. De una cabina telefónica, no de un domicilio privado ni una oficina. Un teléfono público al que cualquiera podría acceder. Ah. ¿Degand? ¿Señor Lebeaux? O me dice ahora mismo lo que está pensando o le despido en este instante. Pensaba, es decir, pienso, que sería bueno saber de qué cabina se ha hecho la llamada. La gente no es muy lista, ¿sabe? De acuerdo. ¿Puede encargarse de averiguarlo? Con gusto. Teniendo el número de origen de la llamada no será difícil. No, no será difícil. Espero que actúe con discreción. ¿Con discreción? Claro, claro. No pensaba preguntar a la policía. Tenemos suficientes amigos en Belgacom. Es lo bueno de tener amigos, ¿verdad? Lebeaux se quedó en silencio y Degand interpretó correctamente la situación. Se incorporó haciendo una leve inclinac ión, se dirigió al perchero y se puso el abrigo. Degand, si estuviese en mi pellejo ¿pagaría usted? Al fin y al cabo, no es tanto dinero. Degand se giró hacia su jefe. Suspiró. Frunció el entrecejo, como hondamente atribulado. Agachó un poco la cabeza para mirarle por encima de las gafas. Yo, si fuese usted, señor Lebeaux, le arrancaría las tripas.
p. 226 Entrar en la casa de un muerto le producía una sensación que no debía de ser muy distinta de la que sintieron quienes, por primera vez, rompieron los sellos de las cámaras mortuorias de los faraones. Ante él se abre, incólume, el expresivo álbum formado por los objetos que han sobrevivido al difunto. Inspeccionar dichos objetos es un trabajo de arqueología del individuo, un recorrido por su historia, sus pecados, sus aficiones, sus pasiones y sus angustias. Ningún objeto está mudo, aunque el lenguaje de algunos sea difícilmente inteligible y haya que pegar a ellos el oído, escuchar sus murmullos para intuir, si no el significado, por lo menos el tono en el que nos hablan. Una vida feliz deja huellas diferentes que una triste. Y lo mismo que a menudo se puede identificar un objeto por la sombra que proyecta, es posible reconstruir una vida por los residuos que dejó. También, cuando se derriba una casa, en las colindantes quedan huellas que como las marcas dejadas por trilobites y helechos prehistóricos sobre la piedra revelan el tipo de mundo que ha desaparecido para siempre... (...) ...Abrió un último cajón y extrajo con mimo, única joya entre todo ese montón de estiércol, una caja de preservativos. La caja revelaba una vida sexual y quizá afectiva; aunque no demostraran una relación estable, los preservativos podrían atestiguar la existencia de breves relaciones que devolvían el entusiasmo al habitante de esa madriguera, aunque sólo fuesen abrazos con desconocidas que se marcharían a la mañana siguiente sin dejar más rastro que el olor de un perfume barato, sin apuntar ni el nombre ni la dirección. Incluso si esos preservativos tan sólo eran un reflejo de meras ilusiones, de alguna manera afirmaban que aún había lugar para el optimismo. La caja de preservativos era como la pintura paleolítica que nos dice que no todo en aquellas vidas fue lucha y sufrimiento, piorreas, partos dolorosos, heridas causadas por las zarpas de las fieras: también hubo momentos de ocio y placer, y las manos, de dedos mutilados por el frío o los enemigos, encontraron gusto en embadurnarse de pintura, posarse sobre la pared y quizá más tarde, jugando, sobre la piel del compañero. Que la caja de preservativos estuviese sin abrir podría interpretarse bien como que se le acabó la anterior, bien como que el dueño nunca tuvo necesidad de ellos. Daniel giró la caja entre los dedos: habían caducado hacía un año. Abandonad toda esperanza. Siguió rebuscando, ya sin fe. Examinó con atención los tubos y frascos de medicinas: un par de medicamentos homeopáticos sin interés alguno, jeringuillas y ampollas de insulina, una pomada para las hemorroides, una caja de paracetamol con sólo una pastilla dentro y una de supositorios cuyo nombre desconocía: Cafergot; sobrevoló ávidamente la composición: ergotamina y cafeína. Se puso los cuatro que quedaban. No sabía si tendrían algún efecto. Después se tumbó en la cama, recordando vagamente que debía llamar a Claude y proponiéndose hacerlo más tarde, cuando se le pasase el desaliento. Para animarse, dijo: tengo que salir de aquí. Voy a salir de aquí. Pero las dos frases le sonaron a conjuros viejos, gastados, que habían perdido ya todo su poder. |
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