José Ovejero

Huir de Palermo

 

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Lectura

 

-¿Tú?

-Hm- responde él ausente, mientras busca las llaves del portal, como de costumbre primero en el bolsillo en que no están, en contra de las leyes que rigen el cálculo de probabilidades. Su tarea se ve dificultada por las dos bolsas de la compra llenas de víveres que ha pasado a la mano que no busca. Ella, que parece algo absorta, no se ofrece a ayudarle. Lo mejor sería dejar las bolsas en el suelo, pero entonces seguro que se vuelcan y lo primero que cae siempre son los huevos, o una bolsa de leche, que según le ha enseñado la experiencia, estalla al menor roce con los adoquines.

-¿Tú?- insiste ella implacable, pues sabe distinguir perfectamente el grado de atención que le dispensa el que escucha, y jamás ceja hasta obtener el nivel de interés que ella considera suficiente. O sea: mucho.

-¿Sí?- se rinde él, dejando de rebuscar unos segundos.

-¿Cuántas veces crees que podemos hacer el amor sin hartarnos? ¿Cien?

Él ladea la cabeza, pone gesto de perito considerando todas las posibles soluciones al problema.

-Más. Bastantes más.

Ella asiente, pero se le nota que no queda satisfecha con tan vaga respuesta.

-¿Mil?

Él se decide a dejar las bolsas en el suelo. Milagrosamente no se caen los huevos ni la leche. Un yogur hace un amago pero lo detiene con la pierna.

-A ver. Espera. Pongamos que hacemos el amor una vez cada tres días...

-¿Sólo?- interrumpe ella con ensayada expresión que mezcla equilibradamente sorpresa y agravio.

-Sí, mujer, como media. Porque habrá días en que uno de los dos esté enfermo, o se haya ido de viaje. Y días en que estés enfadada y no quieras hacer el amor conmigo.

-Pero habrá días en que lo haremos más de una vez, ¿no? Eso compensa.

-Sí, pero también lo haremos menos dentro de dos años que ahora. Es ley de vida.

A pesar de su desacuerdo, y para no complicar las cosas, ella acepta provisionalmente la respuesta.

-Bueno. Sigue. Una vez cada tres días.

Eso significa… -rápido cálculo mental que seguro que la impresiona un montón- ciento veintidós días al año. En diez años esto haría mil doscientos veinte días.

-¿Piensas abandonarme dentro de diez años? Eres un cerdo.

-No mujer, es una hipótesis de trabajo. Digo diez años, porque estoy seguro de que aún no me habré cansado de follar contigo en ese tiempo.

-Ah- dice ella visiblemente satisfecha. Y tras unos segundos: -Entonces, si no queremos andar con retraso en el plan, tenemos que hacer el amor hoy, porque ni estamos enfermos, ni de viaje, ni estoy enfadada contigo. Incluso podríamos hacerlo dos veces para ir compensando ahora que podemos. Eso que llevamos ganado. ¿Por qué no abres la puerta de una vez?

Oyen el teléfono desde el primer rellano de la escalera. Él deja las bolsas apresuradamente en el suelo.

-Toma, qué te apuestas a que cuelgan antes.

Sale corriendo escaleras arriba, sin prestar atención a las latas y naranjas que escapan de una de las bolsas ni a las protestas de ella, que se agacha a recogerlas refunfuñando y diciéndole que si siempre cuelgan antes para qué darse el carrerón.

El teléfono continua sonando. Esa vez es más rápido en encontrar las llaves, pues ya las tenía localizadas. Abre la puerta y corre por el pasillo gritando de nuevo "vas a ver cómo cuelgan antes". Ella responde "siempre pasa lo mismo" mientras baja un par de escalones para recoger las latas fugitivas.

No han colgado. Bruno levanta el auricular mientras aún suena un timbrazo. "Ha habido suerte" piensa, pero se equivoca.

-¿Luigi?

Le ha cogido desprevenido. Había imaginado mil veces la situación. En realidad había imaginado mil veces casi todas las situaciones posibles, estableciendo con ellas esa relación temerosa a la vez que desconfiada de algunos hipocondríacos con sus enfermedades: el día que les anuncian un cáncer no acaban de creer que esa vez sea de verdad.

Pero la voz del teléfono, el mero hecho de que lo haya llamado por su verdadero nombre, enuncia una verdad objetiva.

-¿Luigi?- repite.

-Se ha equivocado de número.

Cuelga. Siente un extraño hormigueo en la planta de los pies. Qué raro: sentir ese hormigueo ridículo ante la catástrofe. La puerta de la calle se cierra con un golpe seco. Marta entra en el salón cargada aún con las dos bolsas.

-¿Quién era?

-No sé; han colgado.

Marta sacude la cabeza a la vez que frunce los labios.

-Es matemático. Siempre sucede lo mismo.

Bruno sonríe débilmente.


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