José Ovejero

China para hipocondríacos
De Nanjing a Kunming

 

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Lectura

Últimos días en Nanjing

Cheng no puede creérselo. Después de casi un mes en Nanjing aún no he visitado el mausoleo de Sun Yatsen ni la tumba de Hong Wu, el primer emperador Ming. Tímidamente le explico que he estado paseando por la muralla construida bajo la dinastía Ming, pero no consigo apaciguarla. Está decidida a meter en vereda a este gran bárbaro que le ha tocado por alumno. Inmediatamente prepara un plan de visitas: lo primero, ir a la tumba de Sun Yatsen, padre de la República, esa misma tarde. Al día siguiente iremos al Parque Linggu, no sólo a pasear, por supuesto, sino también a visitar el templo budista. Y luego ya verá cómo acomodar las visitas a la tumba de Hong Wu, a la oficina de Sun Yatsen y a la casa en que trabajó y vivió Chu Enlai.

–Es demasiado –protesto– . Sólo me quedan dos días y medio en Nanjing.

–No es demasiado. Sería una pena que te marchases sin ver lo más importante que hay en la ciudad. ¿Se puede saber qué has hecho durante todo este tiempo?

Opto por no responder que me he limitado a pasear por la ciudad, recorrerla en bicicleta, meterme en cualquier comedero que me encontraba y sentarme en él no sólo a saciar mi apetito, sino a observar a los demás clientes, lo mismo que he pasado las horas muertas en las tiendas, mirando los productos y a los compradores. Es verdad que no he visto monumentos, pero tampoco tengo la impresión de necesitarlo. Sin embargo, me doy cuenta de que resistirme exigiría una tozudez de la que carezco. Eso: el Tao tiene sus razones.

Sun Yatsen es probablemente uno de los revolucionarios más lúcidos y más ambiciosos de la historia. Cuando a principios de este siglo organiza la rebelión contra la dinastía manchú, no sólo quiere que China se sacuda de encima una dinastía extranjera que, en opinión de muchos, ha vendido el país a los occidentales y no ha movido un dedo por modernizarlo. Su revolución no es únicamente nacionalista: Sun considera que la existencia del Imperio es de por sí perjudicial para su país, que una y otra vez durante su historia se ha visto arrastrado a la guerra por luchas dinásticas que a nadie servían salvo a los posibles sucesores al trono. Sun quiere por eso instaurar la democracia. Y, para rizar el rizo, pretende resolver la otra gran asignatura pendiente del Imperio del Medio: las enormes desigualdades sociales que soportan la mayoría de sus habitantes no sólo son brutalmente injustas, sino también fuente de atraso y destrucción. Ése es además uno de los males que ha podido observar en los países capitalistas: no basta la democracia; la justicia económica es imprescindible para construir un país sano y en paz. Sun Yatsen hace suya la idea de que la tierra debe ser para quien la trabaja y concibe una verdadera revolución social.

Cualquiera que conozca un poco la historia de la humanidad habrá adivinado a estas alturas el fracaso de Sun Yatsen. La historia no es, como algunos quisiéramos a veces, un tigre. La historia es una tortuga que no soporta sobresaltos. Cuando la agitación le resulta excesiva oculta la cabeza en la concha y tarda décadas en volver a asomarla. Sun consiguió el triunfo de la revolución, sólo para darse cuenta de que había llevado al poder a un grupo de nacionalistas muy poco interesados en la democracia y menos aún en la justicia social. Aunque intentará una nueva revolución, no conseguirá que la democracia ni la justicia lleguen a China. Morirá, por suerte para él, a tiempo de no ver cómo el partido que había fundado, el Kuomintang, se lanza a una campaña de aniquilación de los comunistas que resultaría especialmente virulenta en Nanjing: al sur de la ciudad, en la colina Yuhotai, se levanta otro monumento en recuerdo de los «mártires» de la sangrienta acción de exterminio dirigida por Chiang Kaichek. Sun logró, al menos, acabar con la dinastía manchú e instaurar la República. Y sembrar la semilla para la siguiente revolución, la dirigida por Mao Zedong.

El mausoleo de Sun Yatsen, reverenciado tanto por los nacionalistas del Kuomintang como por los comunistas, es una obra gigantesca que quizá pretende ocultar bajo el brillo del mármol lo grises que fueron los últimos años del revolucionario desilusionado. Para subir a su tumba, situada en la falda de una montaña, hay que ascender una escalinata en piedra blanca de más de trescientos metros de longitud y setenta de ancho. Se llega a ella tras atravesar una gigantesca plataforma también blanca, y un arco de tres ojos de mármol blanco y teja azul. El blanco del sol y el azul del cielo son los colores de la República. El gigantismo y la severa simetría hacen del monumento un conjunto sin gracia, sólo aliviado de su falta de imaginación por el verdor de los árboles que rodean el conjunto, aunque también están plantados en hileras. En el edificio donde se halla la tumba predominan los mismos colores e idéntica falta de imaginación. Es de una frialdad sobrecogedora. No rinde homenaje a una persona, con sus dudas, decepciones y aciertos, sino a un símbolo de la patria, sobrehumano e inalcanzable. Una gran figura sedente de Sun, rodeado de inscripciones, preside la gran Cámara de Ceremonias, mientras que en la cámara mortuoria el ataúd reposa bajo una estatua yacente del revolucionario, convertido aquí en burdo remedo de emperador: sobre él se eleva una cúpula, es decir, Sun yace bajo una construcción circular que sugiere que el padre de la República es el Hijo del Cielo, situado en el centro del Mundo. Ni siquiera faltan en el monumento los leones de piedra que deben proteger el alma del difunto. Supongo que Sun Yatsen se revolvería en su tumba si pudiese ver que la estética imperial –y parte de la ideología que lleva consigo– ha atravesado casi intacta tanto la República nacionalista como la socialista. Aunque hay quien afirma, y quizá sea un consuelo, que el cuerpo de Sun no yace allí, sino que los nacionalistas del Kuomintang se lo llevaron a Taiwan junto con buena parte del oro que había en las arcas del Estado.

Al día siguiente cae una lluvia formidable. Cheng y yo paseamos por el Parque Xuanwu, alrededor de su lago artificial, tan poco protegidos por un diminuto paraguas que al cabo de un rato prescindimos de él. Yo me he levantado con algo de fiebre y náuseas. Hubiese preferido quedarme en la cama, pero sólo me quedan dos días en Nanjing, y decido pasarlos con Cheng. El parque está prácticamente desierto. De vez en cuando vemos a alguien correr, protegiéndose con una chaqueta o un pañuelo, huyendo de la lluvia. Cheng y yo estamos más bien melancólicos. Conversamos poco, casi a la fuerza, cuando los silencios se hacen demasiado largos. Tras cruzar un pequeño puente de piedra, nos detenemos a observar a un hombre mayor que, sin inmutarse por la lluvia torrencial, practica el tai chi con gran concentración.

–¿Tú también haces tai chi?

Cheng sonríe.

–No. Es cosa de viejos. A los jóvenes nos interesan otras cosas.

–¿Por ejemplo?

–La vida está cambiando en China. No digo que esté bien ni mal. La herencia de Mao es importante. Pero el mundo ha cambiado. A los jóvenes les interesa lo que pasa en otros sitios. Escuchamos música occidental. Y nos vestimos a la moda de ustedes. Queremos viajar, ver otros países. No porque lo que hay aquí sea malo, pero no es lo único. Los mayores nos tratan como si no fuésemos de fiar: ven con malos ojos que nos interesemos por lo que sucede en otros lugares; les parece que no valoramos los logros de la revolución ni tenemos respeto por las tradiciones. Les gustaría vernos haciendo tai chi y vestidos con traje Mao. El Gran Timonel fue un gran personaje. Pero los jóvenes queremos un mundo propio, no un mundo heredado; porque entonces cualquier crítica se considera una ingratitud.

Es el monólogo más largo de Cheng desde que nos conocemos. Yo no la he interrumpido ni le discuto nada, aunque creo que «los mayores» tienen razón en sus temores: saben que la apertura cultural supondrá que los jóvenes conozcan otros sistemas políticos, quizá que se familiaricen con conceptos como el de «libertad», que no existía en el idioma chino hasta los años veinte de este siglo. Cheng acaso entonces se pregunte si debe sacrificarse para pagar la deuda contraída durante los estudios; y si hay que obedecer a todos esos ancianos que se aferran a sus puestos en nombre de una gloriosa revolución que tuvo lugar hace más de cuarenta años y que ha servido para justificar las atrocidades cometidas durante la revolución cultural. Tienen razón los viejos: las revueltas estudiantiles iniciadas en 1986 y que culminaron, por ahora, en la matanza de Tiananmen, se deben en gran medida a la influencia del extranjero. Pero siguen sin resolver el gran dilema: ¿cómo abrir la economía sin abrir otros ámbitos?, ¿cómo conseguir que un individuo que ha de elegir y arriesgar para ganarse la vida siga siendo tan obediente como cuando nada dependía de su voluntad?

El anciano continúa evolucionando lentamente por la hierba encharcada, descalzo, con los ojos semicerrados, ajeno al mundo. Hay quien dice que los soberanos Han fomentaron la expansión del taoísmo porque sus ideas sobre la pasividad y la no resistencia les resultaban útiles para sus fines políticos. Acaso hay algo parecido en el tai chi. No pocos políticos desearían un pueblo dedicado a ese lento boxeo con la propia sombra, a esa lejanía del mundo de quien sólo se ocupa de alcanzar el equilibrio. La calma, el equilibrio, la paz interior parecen bienes supremos a muchos occidentales sometidos a la tiranía de las prisas y el ansia inherente a nuestra forma de vida. En China, sin embargo, podrían ser una trampa para mantener oprimidos a millones de personas, resignados a su suerte, indiferentes ante la brutalidad con que sus gobernantes imponen sus estrategias económicas y políticas. Quizá por eso los jóvenes han decidido sacudirse siglos de paciencia al ritmo alocado del rock.

Cheng se queda muy decepcionada cuando le digo que tengo que meterme en la cama. Le muestro la mano extendida para que vea que estoy tiritando, que no es un truco para escaparme a la visita a la oficina de Sun Yatsen. Me acompaña de vuelta a la universidad, donde insiste en que vaya al dispensario. Yo soy un poco reacio a ponerme en manos de la medicina china, tan en boga hoy entre algunos círculos de Occidente que han decidido que cualquier sabiduría antigua, y sobre todo si viene de lugares lejanos, es superior a la nuestra. Son esa gente que echa pestes de la medicina occidental y se somete a un batiburrillo de terapias que abarca desde la acupuntura a la homeopatía, pasando por el Shiatsu, las velas de los indios Hopi y la limpieza de los chacras. En esa papilla del pensamiento caben cómodamente la fe en la reencarnación –que le permite a uno creer que las desigualdades sociales se deben a méritos y deméritos de otras vidas, con lo que se ahorra al bien situado la mala conciencia que pueda causar la constatación de dichas desigualdades– junto a las enseñanzas de Sun Tzu sobre la guerra, santo al que se acogen los ejecutivos agresivos y los adeptos al neoliberalismo para dar una legitimación filosófica a la falta de escrúpulos en el campo de batalla que es el libre mercado; no es casual que en la obra de Sun Tzu, a quien sería injusto negar un enfoque inteligente del arte de la contienda, no se encuentre una sola palabra sobre los vencidos, ni sobre cómo mantener la paz. Hoy, cuando hacer referencia a los valores de la sociedad ha adquirido en Occidente un tufillo a habitación mal aireada, hay quien echa mano de otros menos usados en estas latitudes con que ocultar el desconcierto.

No es que esté en contra de la medicina china. Soy consciente de que su concepción holística ha tenido una influencia benéfica en la medicina occidental, que ha dejado de centrarse obtusamente en la eliminación de síntomas, para tener en cuenta otros aspectos más generales como la alimentación o los factores psicológicos. De la misma forma que la medicina china se benefició de los contactos con la occidental: de poco les servía a los chinos conocer las virtudes terapéuticas de la artemisia apiacea contra la malaria cerebral; sin las técnicas occidentales de laboratorio no habrían podido obtener una concentración del principio activo que garantizase su eficacia.

Aunque las explicaciones teóricas en que se basa la medicina tradicional china –el equilibrio entre yin y yang, el flujo de energía qi, la existencia de órganos yin y de órganos yang– sean un mero ornamento de una ciencia cada vez más empírica, mi inquietud se debe sencillamente a que la desconozco más que la occidental, por lo que no tengo capacidad de decisión ante lo que me pueda proponer. Pero Cheng me arrastra al dispensario, donde inmediatamente me toman el pulso y miden la temperatura; Cheng traduce mis dolencias, después de lo cual me prescriben un medicamento que seguidamente obtengo en una ventanilla a cambio de unos pocos yuan. Son unos polvos marrones que tengo que desleír en agua. ¿Serán limaduras de cuerno de unicornio? ¿Uñas de dragón molidas? Me da igual. Ya en mi dormitorio me tomo la medicina y me meto en la cama. Mi última noche en Nanjing la paso durmiendo mejor de lo que he dormido ninguna otra.

Al día siguiente me despierto como nuevo. Voy a mi última lección de chino, pero convenzo a Cheng para saltarnos la clase. Aún tengo que hacer la maleta y mi avión sale por la tarde, si es que sale, porque continúa lloviendo aunque con algo menos de intensidad. Cheng me acompaña a la habitación –la vigilante del pasillo nos pega a la espalda sus ojos recelosos– y se sienta a tomar un té conmigo mientras preparo la maleta. Se ríe cuando le lleno la taza.

–Eso no se hace en China.

Debo de poner cara de pasmado porque se echa a reír y me explica:

–Al enemigo que viene de visita se le llena la taza de té hasta el borde. Así se le indica que uno cumple con los deberes de hospitalidad, no se puede exigir más de él, pero que en cuanto el visitante termine la taza debe marcharse; al amigo se le sirve sólo un poco para indicarle que no hay prisa, que aún se desea servirle más veces.

Cheng es profesora hasta el último minuto.

–Bueno, no te preocupes que, cuando hayas acabado esa taza, te pondré más. ¿Quieres quedarte con mis libros en inglés?

Cheng los coge sin cumplidos. Cuando termino de hacer la maleta intercambiamos direcciones, aunque estamos seguros de que no volveremos a vernos.

–Escríbeme cuando estés en Connecticut.

–Entonces vienes a visitarme allí.

–Vale.

La acompaño un trecho hacia su dormitorio. Nos despedimos bajo la lluvia. Su mano diminuta apenas se atreve a demorarse dentro de la mía.

–Goodbye, José..

–Zaijian, Cheng.

Antes de llamar al taxi doy una vuelta por la universidad. No he conseguido coger afecto a esos edificios grises y a sus olores de carbonería y de guiso. Me cuesta dejar Nanjing, pero no la universidad. Tampoco me duele abandonar mi cuarto. Adiós, adiós, cucarachas, portaos bien. El taxi me lleva despacio hacia el aeropuerto. Vamos vadeando los ríos en que se han convertido las calles. Antes de abandonar la ciudad, para de llover. El cielo toma un color gris oscuro y a la vez luminoso, y los objetos parecen tener un aura de luz. Viejos y niños vadean la calle con precaución. Otros más jóvenes acarrean enseres con gesto cansado. Se oye algún grito irritado. Mientras estamos parados en un semáforo, yo procuro almacenar en mi memoria esa imagen de la ciudad inundada. En ese momento una mujer entra en mi campo visual. En el cruce iluminado por la luz irreal de la nueva tormenta que se aproxima, atraviesa en bicicleta las aguas turbias, muy lentamente, mirando a su alrededor, pero algo ausente, sumida en alguna reflexión que parece desplazar la realidad; lleva un impermeable lila, un ramo de nardos rojos en la mano que no guía el manillar, y el pelo, azabache, brillante de humedad, se adhiere a la frente pálida. Se me ocurre que la belleza nunca es consciente de sí misma, pues entonces se convierte en afectación o vanidad. Que el impermeable y los nardos combinen así de bien, que la luz vibre, que el ritmo sedante con que esa figura entra en la imagen la hagan convertirse de pronto en el centro de todo ese ajetreo, nada es premeditado. Y ella, la mujer del impermeable lila, tan hermosa que parece inventada, no es consciente de lo que está sucediendo, de que una mirada la ha elegido como eje del mundo. Cierro los ojos para atesorar todo el tiempo posible esa última imagen de Nanjing.

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