José Ovejero |
Bruselas |
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Lectura |
CAP VI.- HISTORIA DE UNA UTOPIAPues ese sueño va a poder cumplirse mediante materiales dúctiles que retorceremos igual que frases, y que serán tan flexibles como el pensamiento. Henry van de Velde, Déblaiment d'art (1895) Van De Velde es un bárbaro. A. Rodin. La vida es la que siempre lleva razón, y el arquitecto quien se equivoca. Le Corbusier El sueño era tan hermoso que uno quisiera cerrar los ojos para intentar revivirlo. Vano deseo. Aunque volvamos a dormirnos, serán otros los sueños que acudan a nosotros, o el mismo se habrá transformado, quizá levemente, lo suficiente en todo caso para dejarnos para siempre con esa nostalgia de lo irrecuperable, sobre todo si el placer fue fugaz. Hoy, que estamos de vuelta de tantas cosas, resulta difícil comprender el sueño. Difícil incluso comprender que alguien llegara a soñarlo. Sin embargo, las calles de Bruselas deben a esa ilusión buena parte de su encanto. Sin los veinte años que median entre 1893 y la Primera Guerra Mundial, esta ciudad se habría podido convertir en uno de los lugares arquitectónicamente más aburridos de Europa. A excepción de un par de calles, todo sería imitación, copia, monótona recreación de los logros realizados en otros lugares, en otros tiempos. Al grano: en 1893 Victor Horta, arquitecto belga de treinta y dos años, construye la llamada Casa Tassel. El mismo año, otro joven arquitecto belga, Paul Hankar, termina su propia vivienda. Y en 1897 el nuevo estilo hace su aparición triunfal ante el público internacional con las decoraciones de la Exposición Congoleña. Así, como el que no quiere la cosa, comienza la etapa más original de la historia de la arquitectura belga, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días -al menos, las que han conseguido escapar a la furia del martillo pilón-. Porque no se trata meramente de un estilo, de un modo más de resolver los problemas constructivos. Este recién nacido llega con una filosofía debajo del brazo, con una manera de entender la construcción como parte de un proyecto político, social y humano. ¿De qué se trata? Dejo la palabra a su principal teórico, Henry Van de Velde: "En el arte ( ) todo regreso sobre los propios pasos está condenado a la esterilidad y la muerte". He aquí el primer principio básico: olvidarse del pasado, dejar la imitación de formas caducas, declarar la fe en el modernismo, ahítos de tanto clasicismo sin fantasía, de tanto regurgitar de neoclásico, neogótico y neoflamenco, o sea, de todos esos estilos que intentan camuflar la falta de imaginación tras un prefijo engañoso. Segundo principio: "También será conveniente, en un futuro, tomar el orden prestado de los paisajes, utilizar las líneas que éstos emplean para la edificación de nuestros apartamentos ( ) el suelo, los árboles, las flores y por encima el cielo, ( ) retorno a la auténtica tradición arquitectónica." Pues si hay que alejar la vista de tanto monumento vetusto, donde hay que posarla es en la vida, en la naturaleza, o en la propia fantasía, allí donde se encuentra nuestro repertorio visual más fructífero, ya que no se trata de copiar formas sino de inventarlas a partir de una experiencia vital. Y tercer principio: "Sin embargo, he aquí que una clase entre los hombres, cuyo corazón, al igual que sus manos, han permanecido intactos de cualquier reparto del oro que nos ha mancillado a todos -me refiero al Pueblo- va a acoger el Arte." El arquitecto tiene una función social. No se trata de seguir construyendo para una clase sentada sobre las costillas del pueblo, sino que hay que luchar por conceder a éste una vida digna en una sociedad capaz de generar bienestar para todos. Es convicción política y una cierta dosis de repugnancia lo que mueve a estos jóvenes arquitectos. Porque el orden establecido parece -se engañaban, claro- estar dando las últimas y sangrientas bocanadas: tras la matanza de obreros acaecida en Charleroi en 1886, numerosos intelectuales ingresan decididamente en el Partido Obrero de Bélgica. Los vínculos se reforzarán durante los siguientes años de agitación política y social, jalonados por la gran manifestación nacional de los trabajadores en el Parque de Saint-Gilles en 1890 y la huelga de 1893. Claro está que no va a ser Leopoldo II el mecenas de estos jóvenes artistas, que representan justamente aquello que haría temblar al monarca: la búsqueda de nuevos valores morales, insoportable pesadilla para quien prefiere soñar con un futuro que no es más que una calcomanía de esplendores pasados y ajenos. Sólo les tuvo en cuenta en una ocasión y no como arquitectos, sino como decoradores de su "Exposición colonial" de 1897, en la que cosecharon un éxito internacional de gran importancia para la difusión del estilo, al que, durante cierto tiempo, se denominaría "Estilo Congo". Tampoco la Iglesia, que no les encargará ningún edificio de culto, pues el Art nouveau nace a todas luces de raíces pecaminosas donde las haya: el socialismo, el materialismo, la sensualidad y, vade retro, la masonería, ya que es en las logias masónicas -alguna de ellas activa aún hoy en Bruselas- donde se establecen las relaciones entre los nuevos arquitectos y la nueva burguesía. Tanto Horta como Tassel son miembros de la logia de los Amis Philanthropes. ¿Quién se va a apiadar entonces de esos vándalos que han declarado la guerra a muerte al triángulo equilátero de los frontones clásicos, a la prisión de las imágenes en la cárcel geométrica de la perspectiva, a las clericales ojivas por que asoma tanta testuz de abolengo? En primer lugar, una nueva clase de industriales progresistas que buscan una imagen alejada de la que cultivan la nobleza y los católicos en el poder. Tassel, Solvay, Hallet, Van Eetvelde encargan a Horta la construcción de sus casas particulares. Para ellos el supuesto desorden de la naturaleza -que no es tal- no supone una amenaza, sino una forma de aflojar un poco más las tuercas que aún sustentan el edificio herrumbroso de la sociedad decimonónica. Están tan seguros de sí mismos, tan confiados en que el mundo les pertenece, que ni siquiera necesitan controlar la obra del arquitecto; Leopoldo II, en cambio, vigilaba casi a diario su labor, temeroso de que algún detalle traicionase el orden tambaleante de un sistema de creencias a punto de derrumbarse. Solvay, por ejemplo, perteneciente a una familia de empresarios ilustrados que introduce en sus empresas ciertas prestaciones sociales, como las vacaciones pagadas, antes de que los legisladores hayan pensado en ello, ofrece a Horta un presupuesto ilimitado y una libertad absoluta. Son los futuros poderosos del país y lo saben. Por eso tampoco necesitan legitimar su supremacía con referencias históricas. Horta o Van de Velde pueden permitirse fachadas simples, apenas agilizadas por las barandillas de hierro forjado, en las que se intenta reflejar una belleza pura, que, para ser considerada como tal, no necesita referirse al pasado. Las proporciones, la perfecta distribución de formas y espacios, la manera de conjugar las alternancias de materiales, se bastan a sí mismas. Sólo en el interior se despliega el lujo ornamental, allí donde el dueño va a poder disfrutar verdaderamente de ellos. Lo esencial es la riqueza interior, tanto material como moral. El edificio Art nouveau es al principio, en su apariencia externa, un ejercicio de "modestia ilustrada". Justo lo contrario le sucede a la burguesía católica, que detestaba sin concesiones el nuevo arte, prefiriendo construir sus casas en estilo gótico o renacentista flamenco. Incluso llegó a prohibir la enseñanza de la nueva arquitectura en alguna de las escuelas controladas por ella, pensando, no es broma, que las formas propagadas por el nuevo estilo eran excesivamente sensuales. ¿Irá uno al infierno por acariciar con delectación las curvas de un pasamanos? Y en más de un barrio pusieron obstáculos administrativos a la nueva estética, inventando reglamentaciones para desesperar al arquitecto, confiados en que las ovejas descarriadas acabarían por regresar al redil de la tradición. Sin embargo, los nuevos prohombres recurrirán al servicio del arquitecto Art nouveau para el diseño de los grandes almacenes en que venden sus productos: el espléndido Old England, recién renovado para acoger el museo de instrumentos, Innovation, destruido en un incendio, o Magasines Waucquez, transformado actualmente en Museo del Cómic, que permitían al comerciante exhibir y vender su imagen además de sus mercancías. Otros clientes serán los ayuntamientos socialistas, como el de Schaerbeek, cuyo alcalde ordena que todos los edificios públicos del municipio se construyan en el nuevo estilo, lo que dará lugar a una serie de escuelas y baños Art nouveau. La clase media imitaría al alcalde: sus viviendas serán modestas, pero fieles al nuevo estilo y distintas unas de otras, pues en Bélgica el individualismo se ha resistido siempre con éxito a todo intento de homogeneización, ya venga del monarca que sólo ve en su pueblo súbditos y por ello le desagrada cualquier rasgo diferenciador, ya del socialismo más militante que identifica individualidad con privilegios; en la Av. Louis Bertrand y en la rue Josaphat se pueden ver varios ejemplos, como los trabajos de Strauven en la primera -entre ellos la taberna que hoy lleva el nombre del arquitecto y que conserva su atmósfera de bar de barrio- y un imponente patio de recreo en el colegio situado en la segunda. El mismísimo Partido Obrero encargará a Horta los planos de la Casa del Pueblo, -por los que el arquitecto no quiso cobrar ni un franco -, que incluía las oficinas del partido, una gran sala de asambleas y una cooperativa comercial. El edificio fue demolido posteriormente a pesar de las protestas de cientos de arquitectos de todo el mundo, y sustituido por uno de los inmuebles más vulgares de Bruselas, metáfora casi del destino del propio partido. Sus restos -los de la Casa, no los del partido- yacían -y quizá aún yacen- en un solar de Jette, descomponiéndose bajo el clima implacable de Bruselas. |
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