José Ovejero |
Añoranza del héroe |
||
Lectura |
Vivía con la obsesión constante de que el ejército lo perseguía, aunque ya ni sabía a causa de qué delito o disidencia, y soñaba con poseer un arma de fuego; su breve machete le hacía sentirse desvalido ante los muchos peligros que se le venían encima. Sin embargo, la vez que tuvo oportunidad de hacerse con una no supo aprovecharla. Fue una noche sólo por la noche vivía Neftalí, el resto era mero tiritar y fantasear rebujado en la espesura en que durante sus correrías descubrió una hoguera encendida en un claro. Pegado al terreno como una culebra, Neftalí quedó al acecho, no tanto con la intención de atacar, sino temeroso de hacer un movimiento que delatase su presencia. Quizá, se dijo, quieran pegar candela a las malezas para abrasarme, y durante unos segundos se entregó a un convulso terror de animal acorralado por las llamas. Aparte del chisporrotear del fuego no se escuchaba otra señal de presencia humana. Tardó bastante tiempo en descubrir una figura acurrucada contra un árbol, envuelta en una manta de color pardo que le hacía confundirse con la corteza del tronco. Una vez descubierto el bulto, Neftalí comenzó a percibir más detalles. Era sin duda un soldado; solo y lejos de cualquier guarnición, probablemente se trataba de un desertor. Desde lejos parecía que estaba intentando apoyar la cabeza sobre una rama, entregado a un juego abstruso, acaso para olvidar el miedo. Neftalí extrajo el machete y comenzó a reptar hacia él, buscando llegar desde su espalda. En ningún momento vio en él a un posible aliado o compañero. Salvo los perros, cualquier ser vivo era un enemigo. Apenas le separaban de él tres metros. El soldado se había curvado hacia delante, doblándose sobre la rama, que Neftalí no veía. De pronto hubo una detonación, el cuerpo del soldado se echó violentamente hacia atrás, describiendo un arco, como si buscase sorprendido a sus espaldas el origen del estruendo. Quedó tumbado boca arriba, con el fusil caído a su lado, los ojos abiertos dirigidos a Neftalí, el resto de la cara un grumo de sangre y carne quemada. No pudo llevarse el arma. Neftalí huyó dando gritos de terror, convencido de que los ojos del soldado lo habían visto antes de que la muerte los cegase, y esa mirada justo en el borde del más allá lo perseguiría el resto de sus días, una mirada que le decía con complicidad insufrible: Neftalí, estamos muertos. Estamos muertos. Acuciado por una fiebre que ya se negaba a abandonarlo un solo momento, Neftalí se adentró en una noche abisal, surcada por negros sargazos, cada vez más extraviado en un soliloquio que lo iba arrastrando hacia un laberinto ineludible de palabras sin sentido. Sentía la lengua acorchada, y acorchadas las órbitas de los ojos, que giraban de un lado al otro en la cabeza impertérrita de Neftalí, siempre dirigida al frente, habiendo dejado el cuidado de descubrir soldados, espectros, precipicios sin fondo, a sus ojos de camaleón. Metía las manos bajo las axilas para frenar el temblor y no darse cuenta de su estado. Cruzó varios cerros, semidesnudo, con los pies convertidos en un amasijo de sangre y pus. Caminó la noche entera y, por primera vez, anduvo más allá de los límites imprecisos del amanecer, hasta que sobre sus miembros pálidos cayeron los primeros rayos de sol. Atravesó, sin pararse a tomar alimento alguno, las estribaciones de la Sierra de Cristal; cayó otra vez la noche y volvió a despuntar el día. Su marcha no tenía destino ni horario. Avanzaba por puro miedo a detenerse, los pies impelidos a caminar para no entregarse ya a la muerte, pues el movimiento era casi lo único que le recordaba estar vivo. Se quedó, sin embargo, en medio de un trillo a la vista del mar agitado por un ruidoso vendaval, haciendo aspavientos al sol, que se iba levantando a medida que se abría paso entre cenicientos nubarrones; imprecó al astro para que se quitase de en medio de una vez y no le descubriera a las miradas de todos sus enemigos. Emitiendo gruñidos, ya ni siquiera palabras, rompió a correr contra él, para reventarlo de un cabezazo. Se hincó de rodillas agotado por su inútil persecución. Comenzó, entre sollozos, a arañar el suelo, queriendo abrir una fosa donde ocultarse del mundo. La memoria del gato muerto le dejó un momento con la boca abierta. Él también iba a morirse, a hincharse poco a poco, a desinflarse hasta no ser más que un pellejo irreconocible, a desvaírse en meras luces sin cuerpo. Le dolió saber que nadie lo lloraría. Se arañó el pecho, como para saberse vivo y, de pronto, le invadió una desolada sensación de pérdida. Había alguien, a quien estaba buscando, que quizá le buscaba a él. No quería morirse aún, pues había algo que faltaba. Ese dolor, esa angustia, eran pura añoranza. Pero dónde. Y quién. Y creyó saber que iba a morir sin haberlo encontrado. Gritó, hasta perder el sentido. Un grito tremendo que rasgó el amanecer como un relámpago y lanzó a una bandada de pericos a rasgar el cielo con su vuelo esmeralda y sus ruidosas protestas. Un grito que barrió caneyes y bohíos como un eco de huracán, haciendo postrarse a las ancianas y santiguarse a las jóvenes, y a los hombres echar una mirada de desconfianza hacia el horizonte, como si tal grito fuese un presagio de las malas nuevas que pronto les alcanzarían. Sólo Fermina recibió el alarido con un sobresalto jubiloso. Ah, otro desgraciado. Por fin un amigo.
En el pueblo fue muy comentada la curación del extraño gracias a las artes de Fermina. Como pestes y epidemias arreciaban en la isla sin que hubiese medios para combatirlas, la mayoría decidió poner fin al ostracismo de la mujer pensando que sus habilidades podrían ser de ayuda en caso de necesidad. Además, el hecho de que el enfermo no fuese un mendigo cualquiera, sino joven, fuerte y hermoso, aumentó aún más el prestigio de la curandera, como si fuese más difícil sanar a un hombre apuesto que a un adefesio. Las vecinas le llevaron frutas y carne ahumada, casabe y frijoles negros, leña seca de cuaba para el hogar, agua hervida para calmar la sed insaciable del enfermo; le ayudaron a lavar la ropa que Neftalí encenagaba cada día, pues la fiebre y la diarrea le devolvían a una condición de recién nacido en que las funciones corporales se ejercían con una urgencia que no sabía de controles ni demoras. Se quedaban ratos perdidos conversando con Fermina, sobre todo las mujeres jóvenes, que rondaban la casa como gallinas hambrientas, imposible ahuyentarlas. Apenas se las había acompañado a la puerta, ya volvían con cualquier pretexto, cuello algo extendido para captar alguna mirada del enfermo, pasos poco resueltos, intuyendo que no eran del todo bienvenidas. Fermina, que acogía los donativos con naturalidad de monja, velaba celosamente sobre su enfermo. No dejaba a nadie acercarse a la cabecera con la excusa de que el daño y lo decía con voz misteriosa, dando a entender que la enfermedad era consecuencia de un hechizo no se transmitiese al visitante. Continuó su arbitrario programa curativo, esforzándose en dilucidar cuál de los remedios tenía efectos positivos y cuál pernicioso. Así, decidió poner fin al tratamiento con leche de jagüey, que no parecía tener efecto alguno, y prescindió de la resina de almácigo, que hacía sudar abundantemente al enfermo, sin duda bueno para expulsar la fiebre, pero a Fermina le parecía que tal profusión de líquido traería también consigo una pérdida de flujos necesarios para la vida. También, justificándolo con la necesidad que el hombre hermoso tenía de descanso y de recuperar fuerzas, impuso, aunque él se resistió al principio, un tratamiento nocturno con jugo de bejuco, que espanta a los jejenes mejor que el humo. Fermina cocía el fruto rojo hasta formar un unto del mismo color que utilizaban los taínos para embadurnarse el cuerpo. Al anochecer, cuando lo avanzado de la hora no dejaba ya excusa a las visitas para demorarse más tiempo, Fermina desnudaba a Neftalí y le frotaba pecho, cara y extremidades hasta darle el aspecto de indio caribe que sólo sus ojos claros desmentían. Fermina realizaba la tarea con auténtica devoción, no dejando un solo centímetro de piel sin embadurnar, salvo la escasa superficie que cubría el calzón, murmurando que no había que dejar al malvado jején y al cruel corasí minar con sus picotazos las fuerzas del enfermo, pero secretamente excitada con la visión y el tacto del único cuerpo masculino que había tocado en su vida, excepción hecha del cadáver de su padre. Una noche que la fiebre recrudeció en el cuerpo de Neftalí y éste tenía una expresión más ida, más inerme que de costumbre, Fermina decidió que el cruel corasí, con su acerada trompa, podía picar también a través de la ropa, por lo que despojó a Neftalí de su calzón y comenzó a extender el unto rojizo muy lentamente, como si no se atreviese del todo, por la delicada piel que rodeaba los órganos genitales. Luego, tras reírse ella sola del curioso contraste que ofrecía sobre el cuerpo rojo de indio selvático el apéndice blancuzco y como cadáver que aún no se había atrevido a tocar, pensó que había que hacer las cosas bien hechas, tomó entre sus manos la carne desvaída y se entregó a la tarea de teñirla minuciosamente. Cuando el miembro cobró vida propia y se irguió con todo su color de hierro incandescente, Fermina se quitó la camisa, arremangó la enagua, se abrió en cuclillas por encima del hombre hermoso. De un violento empujón, introdujo en su cuerpo el ídolo palpitante y derramó sobre el hombre unas gotas de sangre que apenas si podían verse sobre la piel enrojecida. |
||
| © Copyright 2002 by José Ovejero. | >> Publicaciones | ||