José Ovejero |
Un mal año para Miki |
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Lectura |
2001 fue un mal año para Miki. Primero, a finales de enero, se mató Boris en un accidente de coche. Había sacado el carnet de conducir tres semanas antes y desde entonces había salido todas las noches con el coche de su madre o con el de su padre, dependiendo de quién de ellos no lo necesitase. Ni siquiera tenía que pedir permiso; bastaba con que se informara de qué coche estaba libre; tenía sus propias llaves de los dos. Miki y Verena tenían un sentido de la propiedad poco marcado, aunque ambos disfrutaban comprándose cosas: a Miki le fascinaban los aparatos electrónicos, ya fuesen ordenadores, equipos de alta fidelidad o camcorders, y también compraba las revistas especializadas que le informaban de cualquier novedad o avance; CDROM, DVD, MP3, Zip, WAP... cuando esas siglas aún eran un lenguaje de marcianos para la mayoría de la gente, Miki poseía ya la primera generaci—n de esos aparatos y estaba bien informado sobre la segunda antes de que saliese al mercado. Se permitía, eso sí, la originalidad de seguir prefiriendo en fotografía la mecánica a la electrónica; la sigla APS todavía no había entrado en su casa: Miki reverenciaba las Leica, Hasselblad, Rollei..., a veces las sacaba de su funda aunque no fuese a utilizarlas, tan sólo para pasar la mano por la carcasa, limpiar la lente, oler el cuero, escuchar los sonidos de sus entrañas, como un viejo soldado que desempolva las armas con las que peleó cientos de batallas, disfrutando el agradable dolor provocado por la nostalgia. En cambio Verena se ajustaba minuciosamente al cliché, gastando buena parte de su sueldo en ropa, cosméticos y objetos de decoración y de cocina, con un gusto moderno pero no estridente: Starck, Alessi, Cacharel, Roche-Bobois. Esta casa parece una tienda de decoración, se quejaba Boris cuando descubría la nueva mesa de metacrilato, los posavasos comprados en el Moma, la lámpara vista unos días antes en el catálogo de Vinçon. ¿Y tú? ¿Otro juguete nuevo?, reprendía a su padre si le veía tecleando cualquier aparato recién comprado. "The difference between men and boys..." respondía Miki invariablemente levantando el índice como para dar pie a que su hijo terminara la frase. "...is the price of the toys", recitaba Boris cada vez con una sonrisa condescendiente. Sin embargo, tanto Verena como Miki eran llamativamente desprendidos con sus posesiones. Daba la impresión de que parte del placer que les procuraban sus compras consistía en permitir después a otros que también las disfrutasen. Sus amigos -los de Verena, Miki tenía pocos y esos pocos lo eran también de Verena- podían disponer durante días de uno de sus coches, o llevarse para las vacaciones la Leica de Miki. Lógicamente, también Boris -y hasta los amigos de Boris- podían utilizar cualquier aparato u objeto de la casa; bastaba con que lo cogiesen o señalasen, ¿puedo...? Claro, para eso está. A Boris, coger uno de los coches no le parecía un favor, sino algo tan natural como compartir el sofá o la cafetera. -No corras- le decía Miki cada vez que veía a Boris por la noche con las llaves en la mano. Lo decía con una sonrisa que pretendía expresar ironía hacia sí mismo, hacia la función de padre que asumía de tan mala gana. -Por supuesto, papá-. Boris le devolvía la sonrisa y la ironía. Boris se estrelló a las dos y media de la madrugada contra la pared del fondo de una tienda de tejidos, después de atravesar el escaparate y desbaratar la decoración de telas y cortinas. Un accidente de película: vidrios hechos añicos, estanterías volcadas, rollos de tela rodando y tendiéndose a la vez como alfombras para recibir a un alto dignatario, paños multicolores sobre el parabrisas que les impedían ver hacia dónde iban. En el análisis de sangre post mortem que practicaron a Boris se constató la presencia de alcohol combinado con drogas de diseño, aunque los rastros de éstas eran tan leves que resultaba obvio que las había consumido uno o dos días antes. El alcohol era más reciente, pero no bastaba para suponer en el chico un estado de ebriedad. De hecho circulaba a velocidad moderada: alrededor de cincuenta kilómetros por hora. Los amigos que le acompañaban en el coche -dos chicas y un chico en la trasera, y Mónica, la que salía con Boris, en el asiento del copiloto- resultaron ilesos, salvo por un par de hematomas en las piernas y, una de ellas, Mónica, se llevó un chichón al dar un cabezazo a una ventanilla. Ninguno supo aclarar las causas del accidente. Sí, habían bebido algo, y era cierto que habían tomado unas pastillas la noche anterior, pero Boris era prudente conduciendo, más de lo habitual a su edad, incluso cuando bebía o tomaba pastillas; una prudencia más fuerte que la química. Hasta unos momentos antes de que el coche cambiase violentamente de rumbo y atravesase la acera para embestir el escaparate, habían conversado con normalidad, esto es, los cinco estaban sufriendo un poco el bajón y por eso no habían conversado mucho, pero no observaron nada fuera de lo normal. ¿Se había dormido Boris al volante? Creían que no; hasta un momento antes había hablado sin dar muestras de un cansancio excesivo. Una de las chicas afirmó recordar que les había preguntado qué música quer’an oír y que cambió el CD para poner lo que le pidieron. ¿Se estrellaron cuando estaba cambiando el CD? No, había pasado ya un momento. ¿Le solían volver agresivo las drogas? Para nada; Boris no era un drogadicto, es decir, tomaba como todos, para divertirse, cuando iban a bailar. Se lo pasaba bien; punto. ¿Habían observado sus amigos o sus padres tendencias suicidas o depresivas? Cuando la policía le hizo la pregunta, Miki no supo responder. Se le escapó una sonrisa de incredulidad, pero encajaba tan mal con la situación que la convirtió rápidamente en una mueca de dolor. A él le parecía que no, ni depresivo ni suicida, pero qué padre sabe lo que está pasando por la cabeza de su hijo de diecinueve años. Boris se encerraba en su cuarto durante horas a escuchar música techno o house, o uno de esos estilos que Miki no distinguía muy bien, y a veces fumaba hierba. Miki lo olía al pasar por delante del cuarto del chico pero nunca le dijo nada. Él también había hecho lo mismo cuando era joven -sólo que él había escuchado Hard Rock-, pero nunca se le pasó por la cabeza suicidarse. O sí: pero no más veces ni con más intensidad que a cualquier adolescente que todavía no sabe si el mundo le gusta -sospecha que no- y si va a encontrar en él un sitio. De todas formas, ¿a quién se le iba a ocurrir suicidarse atravesando una tienda a cincuenta kilómetros por hora? Sin embargo, Boris murió en el accidente. Llevaba puesto el cinturón de seguridad y el airbag funcionó perfectamente. Debería haber salido ileso, como sus amigos, pero no fue así: una barra de cortina, cuyo extremo llevaba un ornamento en punta de lanza, rompió el parabrisas, atravesó el cuello a Boris, clavándose justo en el pequeño hueco que forman las dos clavículas al unirse al esternón, mientras el otro extremo chocó contra la pared, por lo que la barra se dobló hacia arriba; entonces se abrió el airbag, forzando a la barra a subir unos centímetros, con lo que desgarró aún más la garganta de Boris y lo levantó un palmo del asiento. Murió colgado de la barra por el cuello aunque tuvo unos segundos para agarrarla entre las manos como si quisiese sacársela tirando de ella. Pero murió enseguida, haciendo ruidos como si fuese a vomitar, contó el otro chico cuando consiguió hablar, después de que le administrasen un calmante. Así le explicaron a Miki que había sucedido todo, cuando fue a reconocer el cadáver, para que entendiese cómo se había formado tal agujero en la garganta de su hijo. Verdaderamente, el muchacho tuvo muy mala suerte, le dijeron. Miki fue a responder, pero se le nubló la vista y alguien le sujetó por las axilas. Le sacaron de la habitación del hospital casi arrastras. Despertó tumbado boca arriba en una camilla, en un pasillo desierto. Había una corriente de aire que hacía balancearse una lámpara blanca de metal o plástico que colgaba encendida casi en la vertical de su cabeza. Se tocó la mejilla, porque la sentía húmeda. Pasó las yemas de los dedos alrededor de los ojos buscando también rastros de humedad. No, no parecía haber llorado. Eran babas, saliva que se había escurrido por la comisura de los labios. ¿O había vomitado? La boca le sabía pastosa, no agria. Se quedó unos minutos tumbado, contemplando el balanceo de la lámpara, entrecerrando y entreabriendo los ojos para jugar a formar haces de luz en el filtro de sus pestañas, escuchando sonidos lejanos de pasos, puertas cerrándose, alguna voz deformada al atravesar el tubo hueco que era el pasillo desierto. Estaba tapado por una sábana blanca de tacto áspero. Igual que Boris, pensó, recordando el bulto que había sido el cuerpo de su hijo hasta que le enseñaron su rostro. Pero a Miki la sábana le tapaba sólo hasta el nacimiento del cuello, mientras que Boris estaría otra vez tapado entero. Miki tomó el borde de la sábana y tiró de él hasta que su cabeza quedó cubierta. Ahora sí estaba como Boris. Era una sensación familiar, aunque no sabía por qué. Quizá de niño había hecho lo mismo. Permaneció inmóvil sintiendo el ligero peso de la tela sobre la punta de los pies y sobre la cara, casi imperceptible sobre el resto del cuerpo. La sábana -olía a una mezcla entre desinfectante y sótano húmedo- pegada a la nariz y a los labios, rozando las pestañas, humedeciéndose alrededor del rostro cada vez que exhalaba el aliento y, con cada inhalaciión, adaptándose poco a poco a sus rasgos. La sábana de Boris, aunque también rozara sus labios y su nariz, no se humedecería; tampoco aumentaría la temperatura alrededor de la cara; temperatura ambiente alrededor de todo el cuerpo de Boris, y quizá un rato más tarde temperatura de frigorífico. La puerta del pasillo se abrió y volvió a cerrarse. Flaf, flaf, flaf; un enfermero se acercaba a la camilla; antes, mientras esperaba en un pasillo y hablaba por el móvil con Verena, que no había sido capaz de ir al hospital a ver el cadáver de Boris, a Miki le había llamado la atención el ruido que producían al rozarse las anchas perneras del pantalón de los enfermeros mientras caminaban. Flaf, flaf. El enfermero se detuvo; carraspeó. Un ruido metálico que Miki no identificó. Silencio. Tan sólo voces lejanas, incomprensibles. Miki supuso que el enfermero estaría mirando el bulto tendido sobre la camilla, bajo una sábana, un perfil anónimo -dedos de los pies, rodillas y nariz serían las más altas estribaciones-: flaf, flaf, dos pasos más. Quizá le retiraría la sábana del rostro para reconocer ese cadáver con que se había encontrado en el pasillo. ¿Quién sería? ¿Quién lo habría dejado allí?. De niño, Miki jugaba al escondite algunas noches con sus amigos en la casa a oscuras; apagaban las luces y bajaban todas las persianas procurando no dejar una sola rendija. Entonces corrían a esconderse. Miki aguardaba en un rincón o debajo de una mesa o dentro de un armario; cuando se acercaban los pasos del amigo al que le tocaba buscar, a ciegas, tanteando, intentando escuchar la respiración de los escondidos o algún movimiento involuntario, Miki no podía aguantarse, por mucho que quisiese pensar en otra cosa, incluso en cosas tristes o dolorosas, acababa riéndose bajito, primero sólo una contracción silenciosa del pecho y la cara, después la respiración sincopada a través de la sonrisa, a veces incluso carcajadas nerviosas. Lo encontraban siempre. Miki imaginó la cara de susto del enfermero cuando descubriese su rostro creyendo que iba a ver el de un cadáver, y le ocurrió lo mismo que cuando era niño: esa excitación, esos nervios, esas contracciones que, sin parecer de risa, lo eran. Miki tuvo que llevarse a la boca, muy despacio, intentando aún que el movimiento no se descubriese desde el exterior, la mano que tenía sobre el pecho. Se mordió los dedos. Procuró no respirar, tenía que pensar en Boris, o en Verena, pálida, derrumbada sobre un sofá sacudiendo despacio la cabeza y lloriqueando con palabras sin consonantes, intentando ponerse en pie una y otra vez sin conseguirlo. Miki empezó a reírse. La cara que pondría el enfermero cuando se asomase al cadáver. Y él allí, todavía escondido, a punto de hacerse pis de puros nervios. La cara que iba a poner. O a lo mejor pasaba de largo. Para qué mirar el cadáver de alguien a quien no conocía. Iba a pasar junto a Miki sin descubrir que estaba allí escondido. Si conseguía contener la risa. El enfermero -el mismo que, junto con un compañero, había depositado a Miki en la camilla- se acercó otros dos pasos sin saber qué hacer; allí estaba, el padre del chico que murió en el accidente, cubierto por una sábana, ocultando su llanto. Mejor le dejaba tranquilo. Se dio la vuelta, flaf, flaf, flaf, y cerró la puerta. |
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