José Ovejero |
Opinión. Literatura. |
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Lugar de nacimiento de Cortázar (Bruselas) |
Sic transit (Minicuento de encargo para El Cultural con motivo de la Feria del Libro de Madrid de 2006). Me detuve ante él con uno de sus libros en la mano. Él me sonrió y tomó el bolígrafo del mostrador de la caseta. ¿Cómo te llamas? Le devolví la sonrisa y negué con la cabeza. Ahora no. Por la noche, a las diez y media, aquí mismo. Quiero que me firmes en un sitio muy especial ¿Vendrás? Tardó unos segundos en comprender que hablaba en serio. Para animarle, le miré con una calculada mezcla de ruego y admiración; además, tengo veinticinco años y un cuerpo que un cincuentón vanidoso como él no iba a dejar escaparse. Por supuesto que vino. El cerrojo saltó con un solo golpe. Cuando llegó, yo estaba ya dentro de la caseta. Tiré de él hacia el interior, le puse un dedo en los labios no hay nada más aburrido que la conversación de un escritor y me quité la camiseta. La dedicatoria, aquí. Mi dedo índice señalaba justo por encima de la cintura del pantalón. Asintió con un gesto irónico; se arrodilló, besó el lugar que marcaba mi uña y escribió donde le había ordenado. ¿De verdad crees que la escritura te vuelve inmortal? Se lo hab’a oído una vez en una conferencia: que la literatura es una forma de luchar contra la muerte. Él estaba ya muy ocupado desabrochándome el cinturón, por lo que respondió algo distraído. Por supuesto. Creo que ni siquiera sintió el primer corte. Al segundo, se llevó una mano a la yugular y con la otra se puso a dar tirones de mi pantalón como si aún pretendiera bajármelo. No tengas miedo. Tu literatura es eterna. Intenté sujetar su cabeza contra mi vientre, pero se zafó, cayó al suelo, derribó libros a patadas y manotazos. Gritó no sé qué cosa desde el suelo. Su sangre comenzó a ser absorbida por las páginas de tantas obras imperecederas. No era verdad. No creía que la literatura le volviera inmortal. Yo había visto el miedo en sus ojos. Hablan por hablar, estos intelectuales. Le dejé desangrándose sobre los libros, que eran su vida, o al menos eso había escrito. La dedicatoria que escribió sobre mi piel está cada vez más borrosa. La pluma y el puñal (El Periódico de Cataluña) ¿Ha habido escritores delincuentes? Aunque quizá alguien considere que más de uno merecería prisión o al menos destierro por la calidad infame de sus obras, si pensamos en escritores encarcelados enseguida se nos ocurren Wilde, Solzhenitsyn, Miguel Hernández..., aquéllos que lo fueron injustamente por sus actividades políticas, creencias o preferencias sexuales. Pero, además de autores como Céline o Pound, condenados por sus panfletos antisemitas, hay un número no despreciable de escritores que pasaron un tiempo entre rejas por delitos comunes, esto es, porque manejaron igualmente la pluma y el puñal, o la tecla y la pistola. O porque eran lo suficientemente amigos de lo ajeno como para acabar con sus huesos en la cárcel... y no me estoy refiriendo al plagio, que yo sepa nunca sancionado con prisión; por ejemplo, Jack London no pasó treinta días en un calabozo de Buffalo por las numerosas acusaciones de plagio que le hicieron, sino por el más leve delito de vagabundeo. Quizá el escritor delincuente más conocido sea Jean Genet, quien probó las incomodidades de las cárceles de varios países de Europa, y no sólo no se avergonzó de ello sino que consideraba el robo una vocación sagrada. Sus delitos: robo, contrabando, homosexualidad, prostitución... Cuando fue condenado a cadena perpetua, varios intelectuales, entre ellos Sartre y Picasso, solicitaron y consiguieron su indulto. No volvió a delinquir, o al menos no volvieron a pillarle. También Karl May andaba ya de niño por mal camino; el futuro creador de Winnetou fue expulsado del colegio por robar seis velas. Y el hurto de un reloj le valdría años después perder la licencia de maestro. Otros robos y fraudes más graves le harían pasar varios años en la cárcel. No hay mal que por bien no venga: descubrió entre rejas el placer de la escritura. Jean Ray, por el contrario, no parecía ir para delincuente: llevaba una apacible vida de oficinista en Gante cuando en 1925 apareció su primer libro, Los cuentos del Whisky. Pero en 1926 la agencia de cambio para la que trabajaba se vio implicada en un escándalo de malversación. Ray fue condenado a seis años y seis meses y se vio obligado a cambiar de pseudónimo para que no relacionasen sus libros con el escándalo. Sólo años después se le ocurrió a este escritor de obras policíacas y de terror que el escándalo quizá no fuese malo para la imagen de un escritor; entonces se inventó una biografía de lobo de mar y contrabandista, y una genealogía según la cual sangre india corría por sus venas. Gracias a esta pseudobiografía aventurera tuvo el éxito que en realidad merecía por la calidad de sus libros. Maurice Sachs sí tuvo una vida novelesca, aunque no admirable. Pasó buena parte de su vida huyendo de las deudas nada extraordinario en la profesión y persiguiendo la inspiración entre orgía y orgía. Tras recorrer diversos países acabó en Hamburgo de soplón de los nazis, actividad que simultaneó con el estraperlo. Su pasión por la buena vida era tal que no sólo daba sablazos a diestro y siniestro y delataba incluso a inocentes a cambio de dinero, también cometió el error de estafar a la policía alemana, lo que le costó ir a la cárcel. Durante un traslado de presos por la cercanía aliada, incapaz de seguir caminando tras dos días de marcha, se sentó al borde del camino. Un SS flamenco le descerrajó un tiro en la nuca. Pero, a pesar de la gravedad de alguno de los delitos mencionados, todavía no hemos hablado de delitos de sangre. Y para ello hay que empezar por Verlaine, quien pasó dos años en las cárceles belgas por tentativa de asesinato: había disparado sobre su amigo Rimbaud en un cuarto de hotel de Bruselas, loco de furia porque su amigo se proponía abandonarlo. Verlaine y su madre, que se alojaba en el cuarto de al lado, llevaron al herido al hospital y consiguieron hacer creer que se había tratado de un accidente. Más tarde le acompañaron a tomar el tren, pero en un nuevo ataque de ira Verlaine volvió a sacar el revólver; Rimbaud, que había aprendido la lección, fue a refugiarse detrás de un policía. Sergiusz Piasecki no se limitó a una mera tentativa. Nacido a principios del siglo pasado en la actual Bielorrusia, luchó muy joven contra el ejército soviético y acabó alistándose en el polaco. Al acabar la guerra se convirtió en espía de Polonia. La vida reposada no debía de ser lo suyo, porque nada más ser licenciado se convirtió en contrabandista. Pero no fue a prisión por ello, sino por matar a un ex amigo que le había traicionado. En la cárcel descubrió la literatura y escribió El enamorado de la Osa Mayor, cuya popularidad le ayudó a salir de la cárcel antes de cumplir la condena para que luego digan que la literatura no sirve para nada. De William Burroughs se conoce sobre todo su adición a las drogas, pero también era adicto a las armas de fuego. Fue arrestado en diversas ocasiones, por conducir borracho, posesión ilícita de armas, comportamiento indecente y tráfico de drogas. Ante la inminencia de un nuevo juicio huyó a México, donde durante una fiesta mató a su mujer, Joan Vollmer, de un disparo cuando, al parecer, estaban haciendo el número de Guillermo Tell: Joan sostenía un vaso en la cabeza al que Burroughs, experto tirador, tenía que acertar de un disparo. No acertó. Según él, fue ese incidente el que hizo de él un escritor. Hugh Collins, es quizá el único de los mencionados que encaja verdaderamente en el prototipo de delincuente. Hijo de un matón de Glasgow que pasó buena parte de su vida en prisión, él decidió muy joven ser un tipo duro. No se sabe exactamente a cuántos dio un tajo con la navaja; sólo se le pudo probar un asesinato, aunque le acusaron de dos más y de tres homicidios frustrados. Tuvo la suerte de que le enviaron a una unidad experimental para la reinserción de delincuentes peligrosos; el resultado fue que pudo abandonar la prisión después de quince años en lugar de cumplir la cadena perpetua. Seis años después de salir libre, en 1998, publicó su primer libro: Autobiografía de un asesino.
¿Europa ausente? (Pliegos de Yuste, n¼ 1, Noviembre 2003)
For Europe is absent. W.H. Auden, Journey to Iceland
Si Europa es hoy, en muchos aspectos, más una posibilidad que una realidad, un conjunto de naciones que difuminan sus fronteras y sus diferencias pero al mismo tiempo vigilan recelosas cualquier intento de fusión en una identidad más amplia, sería interesante ver si la literatura europea se encuentra en las mismas condiciones, y más interesante aún averiguar si contribuye a la cristalización de una identidad europea. Es decir, si se puede hablar de una literatura "europea" que no sea tan sólo la suma de una serie de literaturas nacionales, y sin que el adjetivo "europea" signifique en realidad "occidental", partiendo de que hay algo que une, por ejemplo, la literatura alemana con la española con lazos más sólidos que los que puedan tener estas dos literaturas con la estadounidense. De lo que se trata entonces es de averiguar si eso que llamamos literatura europea no es más que un artificio retórico. Tomemos como hipótesis de trabajo una exageración de Aldous Huxley: "...las naciones son inventadas, en gran medida, por sus poetas y novelistas". Aun admitiendo que Huxley concede a la literatura una importancia que hoy nadie le atribuiría, es cierto que durante la época de las revoluciones nacionalistas, en el siglo XIX en Europa, y en el siglo XX en las colonias que se rebelaron contra las potencias imperiales los escritores contribuyeron a crear los mitos, los héroes y las virtudes patrias. Petöfi, Vuk Karadzic, Mickiewicz, Mazzini y tantos otros ayudaron a legitimar el sentimiento patriótico con sus poemas y sus narraciones dedicadas a los paisajes, la lengua y la historia de sus respectivas naciones. Sus poemas y narraciones volvían identificables los espacios cuya unidad se reclamaba, dotándolos de un alma propia e inconfundible. Los citados autores habrían encajado perfectamente en la definición que proponía el antillano Frantz Fanon para la cultura nacional: "... es el conjunto de los esfuerzos realizados por un pueblo sobre el plano intelectual para describir, justificar y cantar la acción a través de la cual se ha constituido y mantenido dicho pueblo". Esta definición, transpuesta a la literatura, sería difícilmente aplicable a la producida en la mayoría de los países de Europa Occidental, puesto que parece más bien válida para naciones que atraviesan una crisis que perturba gravemente la convivencia pacífica o que la atravesaron hace tiempo pero cuyas consecuencias aún perduran; por poner un ejemplo no europeo: en Cuba hay una literatura nacional; buena parte de los escritores cubanos, vivan o no en la isla, tienen como tema principal la política, la historia o la vida cubanas, en definitiva, lo que supone ser o haber sido cubano; también en los pa’ses de Europa del Este se ven rasgos de literatura nacional aún volcada sobre los años de socialismo y sus consecuencias; Milan Kundera o Pavel Kohout ser’an dos ejemplos, y en lo que fue la RDA, aunque con abundantes excepciones, los escritores siguen examinando su pasado bajo el socialismo, cómo influyó en sus vidas, en su niñez, en la de sus padres; cómo la caída del muro abrió una brecha en la prisión al tiempo que los dejaba expuestos a un mundo que no conocían (véanse los libros de Thomas Brüssig, Jana Hensel, Ingo Schülze o Jurek Becker, que documentan, a menudo con nostalgia irónica, la vida en la antigua RDA antes y después de la caída del muro). De la misma manera podría hablarse de una literatura judía. Literatura nacional sin territorio definido, que ahonda en la experiencia de los judíos a través de los siglos: desde los pogromos medievales hasta el holocausto; Levi, Kertész, Szczypiorski, pero también autores m‡s recientes como Maxim Biller o David Albahari, escriben condicionados por el hecho de ser judíos y buscan una imagen de su identidad, a menudo por contraposición a otras identidades, a otras experiencias colectivas, lo que es un rasgo básico de la cultura nacional. Por supuesto, hubo una literatura nacional durante y después de la Guerra Civil española: los escritores, con las armas a su alcance, intentaban recomponer la imagen destrozada de su nación, y en muchos casos contribuir a mostrar el ideal de nación al que querían pertenecer. La literatura no sólo refleja el mundo real, sino que esboza el posible. Pero casi el único lecho en el que hasta hace poco florecía la literatura nacional en Europa Occidental era el de las minorías que mantienen un conflicto con el Estado en el que se inscriben... ...
(Revista Los Universitarios, México)
1.- Quejas y lamentos "El cuento es un género mayor, pero la constatación es sospechosa. Resulta tan sospechosa como aquella de que los negros son igual de inteligentes que los blancos. De la gente que declara estas obviedades hay que desconfiar." Esta frase irreprochable pertenece a Pedro Ugarte, uno de los escasos escritores españoles que se dedican preferentemente al cuento. Y, sin embargo, cuando se es cuentista, sobre todo cuando se es cuentista español, afirmaciones similares se le vienen a uno a los labios, para justificarse, aun cuando intente evitarlas. En primer lugar, porque cuando entregas un libro de cuentos a un editor sabes que, en el mejor de los casos, obtendrás una sonrisa benévola y una palmada en el hombro acompañadas de palabras como "no venderemos mucho pero el libro está muy bien y vamos a publicarlo"... salvo que seas un autor inédito; entonces lo más probable es que, si de verdad le parece muy bueno tu libro, el editor te diga que regreses cuando tengas una novela. En segundo lugar, porque a quien "sólo" haya escrito cuentos, más de un crítico le alentará a dejar el laboratorio del cuento para salir a la vida real de la novela. Una cosa es realizar experimentos, por logrados que sean, y otra ser un escritor de verdad, es decir, un novelista. Y si a alguien le parece exagerado lo que afirmo y me dice que los tiempos han cambiado mucho, le pediría que comprobase el espacio que se dedica al relato o cuento en las historias recientes de la literatura española. A pesar de que hoy se habla incluso de un "renacimiento del cuento literario en España", suele bastar una ojeada al índice para descubrir la tradicional división en Poesía, Novela y Teatro -¿Es más importante hoy el día el teatro que el cuento? Si lo es, desde luego no por razones literarias, sino de representación escénica-. A menudo, ni siquiera se habla de narrativa en lugar de novela, para incluir, aunque sea por la puerta falsa, géneros como el cuento o la literatura de viajes -de cuyo pretendido auge también se hacen lenguas los cronistas-. Para mayor desconcierto, en el capítulo dedicado a la novela sí suelen tratarse algunos -muy pocos- libros de cuentos. ¿Resulta imaginable una historia de la literatura francesa, rusa, norteamericana, argentina, etc. que no dedique un capítulo al cuento? Iban a meter también de tapadillo en el capítulo de novela a Poe, Borges, Chejov o Maupassant? Me doy cuenta de que mi queja no tiene nada de novedoso. Ya en 1973 el cuentista Jorge Campos, uno de los rarísimos autores que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura por un libro de cuentos, entonaba quejas similares. Definitivamente, los cuentistas españoles somos las plañideras del mundo literario -es verdad que los poetas tienen aún más razones para quejarse, pero da la impresión de que se han acostumbrado a su papel minoritario y algunos incluso se enorgullecen de él-. Por supuesto, el desprestigio del cuento español en España -que no ha impedido que los cuentos de Cortázar, Borges o García Márquez hiciesen furor- no se debe exclusivamente a la incuria de lectores, editores y críticos. Los propios escritores han -hemos- contribuido a él: mientras ensalzábamos el género e insistíamos con monotonía mántrica en que escribir un buen cuento es tan difícil como escribir una buena novela -afirmación cuando menos discutible pero que los escritores solemos aceptar como un dogma de fe-, a la hora de ponernos a ello lo hacíamos a veces sin la entrega y el cuidado que exige la construcción de cualquier obra literaria: a menudo los cuentos nacen no de la iniciativa del autor, sino por encargo de periódicos que quieren animar con algo de literatura sus páginas veraniegas o navideñas, y de editores que, aun desconfiando del cuento o precisamente por desconfiar de él, montan "libros temáticos" esperando, ya que no interesar con el género, sí con el señuelo escogido; así aparecen por ejemplo libros como "Cuentos eróticos de Navidad" (aquí el editor utiliza dos señuelos), Nuevos Episodios Nacionales (en el que se invitó a veinticinco autores a ambientar un cuento respectivamente en uno de los veinticinco años transcurridos desde la muerte de Franco hasta el año 2000); Cuentos de fútbol; Cuentos del mar; e incluso una línea aérea, para festejar su aniversario, encargó a varios autores escribir cuentos relacionados con los aviones. No iré tan lejos como Eloy Tizón, quien afirma que "Ningún cuento escrito por encargo ha sobrevivido", pero sí creo que el encargo, por muy útil que sea para la supervivencia de los escritores, suele acarrear la publicación de cuentos apresurados, de cuentos con argumentos que no necesariamente inspiran al escritor y, lo que es peor, de cuentos alguna vez descartados, y rescatados a toda prisa de la profundidad de un cajón o de lo más recóndito de la memoria del ordenador, y que se envían a publicar con algún retoque. "Bueno, no está tan mal", se dice el escritor, sin estar convencido del todo; "los hay peores". Lo que, por desgracia, suele ser cierto. Y el lector, claro, toma nota. Luego, si se trata de un escritor de renombre, cuando su obra suma suficientes páginas de cuentos, ese irregular y a veces descuidado conjunto se recoge en un volumen y se publica para mantener la presencia del autor en las mesas de las librerías mientras llega la siguiente novela. (¿Hará falta señalar que hay buenos libros hechos con cuentos de encargo, que hay novelistas igualmente eficaces cuando escriben cuentos, que no hace falta ser un cuentista puro -en mala situación me encontraría yo para afirmar tal cosa- y haber reflexionado largamente sobre el género para escribir cuentos memorables? Supongo que no, que el lector tiene claro que no busco establecer categorías absolutas, sino señalar ciertas tendencias que han perjudicado el desarrollo del cuento en España). Sin embargo, para cualquiera que venga observando la narrativa española de las dos últimas décadas es obvio no sólo que cada vez se publican más libros de relatos, sino también que numerosos autores han tenido con ellos un cierto éxito, tanto de crítica como, lo que es más raro, de público; son autores que, en su mayoría, no se limitan a repetir modelos aprendidos: buscan un territorio personal, un lenguaje propio, una manera original de entender la narración breve; los nombres de Vila Matas, Antonio Millás, Cristina Fernández Cubas, Manuel Rivas, Nuria Barrios, Juan Bonilla, Luis G. Martín son sólo algunos nombres de una larga lista en la que también me atrevería a incluir el mío. 2.- Reflexiones Esto no quiere decir que no existiesen autores de cuentos en años anteriores a los ochenta con voz y terreno propios... ...
(ABC, para una serie sobre los 100 mejores libros del siglo XX)
"Quien no tiene zapatos es un imbécil". Primo Levi escucha esta frase pronunciada por uno de sus compañeros de viaje, el griego Mordo Nahum, se mira los pies envueltos en harapos y piensa que, por muchas excusas que quiera buscarse, el veredicto del griego es inapelable. Lo único que vale ante la lógica implacable del exterminio organizado por los nazis es la lógica implacable de la supervivencia. Sin zapatos no se sobrevive, así que quien no tiene zapatos es un imbécil, o, por decirlo en la jerga de Auschwitz, un musulmán, alguien tan débil o inepto que acabará sin remisión en la cámara de gas. Sin embargo, Primo Levi sobrevivió a Auschwitz gracias a una serie de coincidencias: hablaba pasablemente alemán, su formación de químico le permitió durante un tiempo escapar a los trabajos más duros y un obrero italiano le llevaba comida a escondidas. Así, cuando las tropas del Ejército Rojo obligaron a los alemanes a abandonar el campo, dejando en él tan sólo a los prisioneros enfermos que era imposible trasladar, Primo Levi estaba aún vivo: enfermo, destrozado físicamente y con todo el horror del campo de exterminio anidándole en el ánimo, pero vivo. Es ése el momento que elige para comenzar La tregua. Después Levi nos cuenta su trabajoso restablecimiento en una enfermería, el frío y el hambre que pasa en un tren que debía llevarle con sus compañeros de regreso a Italia, pero que se dirige incomprensiblemente hacia el este, hacia Cracovia, y se estropea antes de alcanzar su destino; la estancia en un campo de refugiados dirigido anárquicamente por los soviéticos en Katowice; otro viaje en tren a través de Polonia, siempre hacia el este, para adentrarse después en la Unión Soviética y emprender un rumbo aún más incomprensible en dirección al norte. Nueva estancia en un campo de refugiados. Y por fin, tras casi un año de errar por Europa, otro recorrido imprevisible y confuso en tren que, esta vez sí, les permitirá llegar a Italia ¿A dónde vamos mañana? preguntan en una ocasión al maquinista. A donde haya raíles, es su respuesta perfectamente indiscutible. Con tales premisas, uno esperaría encontrarse con un libro amargo, un libro en que Levi, una víctima, escribiese como tal, y desde esa condición convirtiese cada frase en una acusación y una sentencia sobre sus verdugos o en una queja sobre la crueldad y lo absurdo del mundo que les tocó vivir; entonces cualquier crítica a su estilo o a su habilidad narrativa resultaría insoportablemente banal confrontada con el terrible contenido del relato. Es frecuente que las víctimas, impelidas por la urgencia de contar y conscientes de que la razón está de su lado, escriban mal; y es frecuente que nadie se atreva a señalárselo. Pero Levi es un escritor irreprochable, y La tregua un libro espléndido que nos permite recorrer con su autor la Europa empobrecida y agitada de los últimos días de la guerra y de los primeros de la postguerra; de hecho La tregua puede leerse como un libro de viajes: en sus páginas descubrimos los vastos paisajes de Europa Central, aldeas desoladas, mercados precarios donde la supervivencia depende de la habilidad en el regateo e incluso en la estafa. También descubrimos a los habitantes de las regiones que atraviesan, su lengua, su forma de relacionarse con los exprisioneros, la asombrada tristeza de Levi ante el antisemitismo que descubre también entre los enemigos de los nazis. Quizá lo más sorprendente del relato sea su sentido del humor. Los agudos comentarios de Levi sobre sus compañeros, las disparatadas situaciones en que se encuentran, las desconcertantes maneras con que los soviéticos administran la vida en los campos de refugiados, el patético fantoche que se pone un uniforme de fantasía y medallas de todos los ejércitos para impresionar, consiguiéndolo, a las nuevas autoridades. Levi consigue extraer escenas divertidas de casi cualquier situación, pero nunca olvida la razón de su escritura: cuando el lector ha bajado la guardia, de repente se encuentra con un recuerdo de Auschwitz, con el relato lacerante de la locura de un exprisionero, con la franca confesión de Levi de que siente vergüenza por su aspecto físico ante la joven enfermera con que trabaja -las víctimas suelen avergonzarse más que los verdugos por lo sucedido-. Entonces el relato resulta particularmente doloroso pero no porque Levi se esfuerce en darle patetismo. Al contrario. Donde muchos utilizarían signos de exclamación, él los prefiere de interrogación. Cuando todo el horror que puede desprenderse del comportamiento humano se escapa a su comprensión, no busca consuelo en condenas fáciles -facilísimas, pues cualquier lector se solidarizaría con ellas- sino que prefiere el camino más complejo de la indagación. "Un perdonador", le ha criticado alguno por decidir ser testigo en lugar de juez. "Los jueces sois vosotros", es el delicado encargo que nos deja a sus lectores. Se ha dicho, y la imagen ha hecho fortuna, que esa manera comedida, minuciosa, desapasionada de observar la realidad le viene de su formación de químico. La imagen encaja y nadie la pone en tela de juicio, ni siquiera el propio Levi. Yo no me la creo. Su curiosidad va mucho más allá del interés científico, del análisis racional. él indaga en lo que es un ser humano, en lo bello y en lo monstruoso que hay en cada uno de nosotros -también en las víctimas- porque sólo así puede conservar la humanidad que intentaron robarle en Auschwitz. Y en La tregua habla de la alegría de reencontrar de vez en cuando la parte más hermosa de esa humanidad que uno creía destruida para siempre. Pero si La tregua es uno de los libros más importantes de este siglo no es sólo porque consigue contarnos muy convincentemente la peripecia personal del narrador, sino porque al mismo tiempo describe un viaje interior que es a la vez metáfora del que tiene que realizar una Europa que, recién salida del horror, intenta recuperar la normalidad, por un lado con alivio, por otro con perplejidad, y siempre sabiendo que eso que llaman normalidad acaso sea tan sólo una tregua, que como Levi sueña de manera recurrente, una mañana podría volver a sonar la voz de los guardianes: ¡Levantaos!. Y el espanto volvería a comenzar. La tregua es uno de esos libros que me llenan de admiración como lector y como escritor de envidia: consigue a la vez conmover, divertir y hacer reflexionar. ¿Qué más se puede pedir a la literatura?
(La Mirada, en el centenario de Simenon)
Cuando al comisario Maigret le pusieron el caso sobre el escritorio, hubiera preferido rechazarlo. Acababa de comerse un chucrut preparado por la señora Maigret, regado con cerveza, y se sentía aletargado, con ganas de sentarse a tomar un calvados en la terraza de alguno de los bares cercanos al Quai des Orfèvres. Además, Simenon era un caso difícil. "Comprender, no juzgar", había sido la divisa del inspector en los más de cien casos que había resuelto y que habían sido narrados por el tal Simenon (la historia de su relación fue contada años atrás en Las memorias de Maigret). Pero, releyendo las informaciones que sus ayudantes habían depositado sobre su mesa, se daba cuenta de que le iba a costar comprender, y más aún no juzgar. La misma fecha de nacimiento de Georges Simenon no estaba clara: algunas biografías hablan del 12 de febrero de 1903, otras del 13. Pero ese acertijo era sencillo: Simenon nació en Lieja el viernes 13, unos minutos pasada la media noche, y la madre, al ser en Bélgica el viernes 13 un día de mala suerte, le inscribió en el registro como nacido el 12. Aunque Maigret desconfiaba del psicoanálisis, sus estudios de medicina -que no terminó- y los volúmenes de psiquiatría que leyó por razones de trabajo le permitían darse cuenta de que la infancia de Simenon era importante para entender al escritor de éxito que sería un día. El propio Simenon -excesivo como siempre- publicó un inicio de sus memorias, Je me souviens, y una novela autobiográfica de casi ochocientas páginas, Pedigrí, para contar su infancia a su hijo Marc, cuando un médico diagnóstico erróneamente al escritor que no le quedaban más de dos años de vida. Allí habla -y muchos otros lo harían después- de la relación distante con la madre, una mujer ambiciosa y dominante que siempre prefirío al segundo hijo, Christian. Pero a Maigret le interesaba otro dato menos comentado: mientras el padre era un hombre satisfecho con su suerte y su clase social -la pequeña burguesía-, la madre, que procedía de una familia burguesa arruinada, peleó toda su vida por alejarse de la pobreza y codearse con las clases adineradas. De ahí que Simenon nunca tuviese claro a qué estrato pertenecía; afirmaba despreciar el lujo y a los ricos y poderosos, pero se comportaba como un nuevo rico, comprando palacios y casas extravagantes, vistiéndose en los mejores sastres y derrochando cantidades astronómicas en hoteles, restaurantes y fiestas. A Maigret siempre le sorprendió que algunos lectores comentaran que Simenon se le parecía. ¿Sería por la costumbre compartida de fumar en pipa? Esa asociación le dio ganas de fumar. Se arrellanó en el sillón para cebar la pipa, mientras pensaba que, en realidad, quien se le parecía era el padre: un hombre tranquilo, poco ambicioso, de buen corazón, nada presumido en el vestir, aunque quizá era menos gruñón que el comisario. Simenon sentía cariño por aquel padre pacífico y entrañable, y acaso por eso el protagonista de varias de sus novelas es un hombre que se siente encerrado en el matrimonio, dominado por su mujer, y que acaba recurriendo al crimen para escapar. Porque Simenon sabía utilizar sus novelas de manera letal; incluso en Pedigrí hizo desaparecer al hermano que le había robado el cariño de su madre. No, Maigret no se escandalizaba por delitos así. él mismo había dejado escapar a más de un delincuente, sabiendo que ley y justicia no siempre son sinónimos. Pero Simenon sí se avergonzaba de alguno de sus actos. ¿Fue esa la razón de que utilizase más de veinte pseudónimos en los dos centenares -sí, dos centenares- de novelas sentimentales y eróticas que publicó de 1923 a 1933 tras marcharse a París con diecinueve años y trabajar de secretario para un par de personajes de la extrema derecha? Ah, sí, la filiación política del escritor era otro punto oscuro. él se declaraba -igual que el comisario- apolítico y en su última autobiografía, Memorias íntimas, afirma haber rechazado la traducción de sus obras al alemán desde la llegada al poder de Hitler, y ayudado a la resistencia. Pero, ¿por qué no dice una palabra sobre su arresto domiciliario y los interrogatorios a que fue sometido por sospechoso de colaboracionismo y por ceder los derechos de adaptación al cine de varias de sus novelas a una industria cinematográfica ocupada, como todo el país, por los nazis. Sin embargo, no hay rastros de racismo en su obra -salvo en alguna de su primera juventud-, y siempre se declaró anticolonialista? Lo que si es cierto es que no se sentía feliz en la Francia liberada y en cuanto pudo emigró a Estados Unidos. Maigret mordisqueó la pipa algo incómodo. Había un tema que prefería no tratar, pero no le quedaba más remedio. En la vida del comisario sólo había habido una mujer, su esposa, y sus relaciones difícilmente se podrían calificar de ardientes. Mientras que Simenon presumía de haber hecho el amor con más de diezmil mujeres. Una exageración, quizá, pero era sabido que fue cliente habitual y compulsivo de burdeles -incluso varias veces al día- y que engañó frecuentemente a su primera esposa -quien afirmó ingenuamente que, de saber que su marido le era infiel, se suicidaría-, amén de mantener relaciones con varias de sus secretarias y criadas, de aventuras incontables, la más sonada con Josephine Baker, y -aquí la cosa se ponía escabrosa- de que su segunda mujer le procuraba mujeres para saciar su apetito sexual. Pero si entraba en esos aspectos oscuros de la vida de Simenon, también tendría que hablar de su alcoholismo -que él negaba-, de violencia doméstica en su segundo matrimonio -que él achacaba a la locura de su mujer-, del suicidio de su hija Mari Jo, quien, a juzgar por sus propias cartas, estaba enamorada de su padre. Maigret estaba tan incómodo como si alguno de sus subordinados le hubiese descubierto hojeando revistas pornográficas. Volvió a encender la pipa, aunque tiraba perfectamente. "Su obra", gruñó en voz alta, "a un escritor hay que juzgarlo por su obra". Pero eso tampoco le iba a resultar fácil. Para algunos, por ejemplo André Gide o García Márquez, este hombre que produjo más de cuatrocientas novelas, más de mil artículos y cuentos y miles de páginas autobiográficas, fue uno de los más grandes escritores de lengua francesa, que, con un lenguaje sobrio pero atento a los detalles, dejó magníficos retratos tanto de individuos como de la sociedad francesa; para otros no pasó de ser un autor de novelas policíacas, hábiles pero repetitivas, un artesano que conocía su oficio, pero no un artista. Simenon siempre consideró injusto que se echaran en el mismo saco las aventuras del comisario y lo que el llamaba "novelas duras", obras más desasosegantes y pesimistas, atentas a la psicología de los personajes -y sobre todo al sentimiento de culpa-, a la descripción de atmósferas y a la disección brutal de la vida burguesa. En fin, que lo cogiese por donde lo cogiese, para llegar a alguna conclusión sobre el hombre que había conseguido que sus investigaciones se tradujesen más veces que la Biblia, iba a tener que emplearse a fondo y aplicar todo su famoso sentido común. Pero, por suerte, ya era hora de marcharse a casa, donde la Señora Maigret le esperaba con un espléndido Coq au vin. Maigret suspiró aliviado al cerrar la puerta del despacho.
(Los cuentos que cuentan, Anagrama 1998; a cada escritor que participaba en esta antología de cuentos se le pidió una página con su "poética" personal del género)
La vida es un embudo. Una novela también. Empiezas a caminar o escribir en la parte más ancha, allí donde las posibilidades parecen ilimitadas. Poco a poco vas adentrándote en el embudo, ves, al principio sin preocupación, que las paredes van estrechándose, aunque todavía puedes permitirte el lujo de moverte de un lado a otro, sin agobios. Pero el camino sigue estrechándose, cada vez son menos las posibilidades, ya no hay escapatoria, todo está definido, previsto, el final es -también en una buena novela- ineludible. En una vida puedes saltar un par de veces de un embudo a otro. En una vida puedes escribir varias novelas; pero una vez que ya conoces el mecanismo, no es posible comenzar a vivir o escribir como si no supieses cuál va a ser el final del recorrido. ¿Y los cuentos? Son un subterfugio que hace las limitaciones de la vida y la escritura más llevaderas. Como aventuras amorosas fugaces, te permiten la fantasía de que, si quisieses, podrías acumular diferentes existencias. Yo me pongo a escribir cuentos y me siento libre. Me meto en el pellejo de una pobre obesa que suda en un piso de Lavapiés soñando que alguien llegará a redimirla de su angustia, y me pongo a sudar y casi me asfixio. Soy aquél príncipe de Mantua que mata a su mejor amigo porque sabe que otros a quienes odia van a sentir aún más esa muerte; y soy yo el que muere apuñalado, echándome la mano al corazón y pensando aún que se trata de un malentendido. También soy el marido de esa mujer que, el día que su hija se marcha de casa, se sienta en una silla, se encierra en el mutismo, se va cubriendo de polvo y de pelusa, y no comprendo por qué me hace eso, por qué me abandona ahora que tenemos tiempo para disfrutar nuestra soledad; y yo, que también soy la mujer, me vengo silenciosamente de él, me hago inalcanzable bajo una capa de moho, de recuerdos de añoranzas. Qué libertad, calzarme sucesivamente todas esas vidas, cambiar de estilo, de humor, pasar del delirio a la tristeza, de la obscenidad al recogimiento, del pánico a la carcajada. Porque escribir cuentos es como cambiar continuamente de pareja, de lugar, de ocupación, de conciencia. Una novela, una buena novela, exige entrega, constancia, convicción, un proyecto sólido; como un matrimonio -como un buen matrimonio-. Pero en los cuentos entro y salgo casi cuando quiero, hago de la inconstancia virtud, invento continuamente las leyes, interrumpo sorprendentemente el desenlace y me marcho a otra cosa, a otra vida. Escribir cuentos es intentar conseguir lo que tanto deseaba Pessoa: ser todos los hombres y en todas partes. Escribir cuentos no me vuelve inmortal, pero sí me hace múltiple, ubicuo. Algo es algo.
(Inicio del prólogo a La letra escarlata publicado en El mundo)
Podría haber sido protagonista de uno de sus propios cuentos, en los que abundan los personajes anodinos y mediocres que, sin embargo, tienen un destino fuera de lo corriente. Nada parece haber en Nathaniel Hawthorne de extraordinario, salvo quizá su increíble tenacidad. No era un genio: sus notas durante los años de aprendizaje no fueron brillantes, su éxito como escritor se hizo esperar, las opiniones que vierte en sus diarios sorprenden por su ingenuidad, por su provincianismo, por una mayor capacidad para la descripción que para la reflexión. Ningún autor o crítico serio que se haya ocupado de su obra ha dejado de señalar sus carencias: Poe le reprochaba sus excesos místicos; Henry James observó, refiriéndose a La letra escarlata, que el exagerado uso del simbolismo trivializaba muchos pasajes y les restaba eficacia; Borges, en fin, pronunció sobre un cuento de Hawthorne una frase redonda que podría servir para toda la obra del americano: "...que estuvo a punto de ser magistral y que no lo es, pues la ha dañado la preocupación de la ética." Y los tres coinciden en criticar la escasa consistencia psicológica de sus personajes...
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