José Ovejero |
Opinión. El Periódico |
|
|
Pintada en Lovaina: Qué bien que todavía haya comunistas |
Contra la identidad europea (El artículo completo aparecerá próximamente en una publicación de la Academia Europea de Yuste). Las páginas que siguen son, sobre todo, expresión de un malestar. Pretendo explicar por qué me irritan y preocupan dos palabras que se vienen utilizando con frecuencia creciente, convertidas en eje de un amplio debate político: "Identidad europea". Desde que en 1973 se utilizó por primera vez este concepto en un documento oficial de la Comunidad Europea, se ha discutido mucho la existencia o no de tal identidad, y la necesidad de construirla reconstruirla, dicen algunos como base del proyecto europeísta. Sobre todo desde el lanzamiento del proyecto de Constitución Europea, y más aún desde el fracaso de dicho proyecto, políticos, sociólogos, filósofos y articulistas han dedicado miles de páginas al tema, preguntándose en qué consiste tan etérea identidad y cómo solidificarla. Por supuesto, desde posiciones euroescépticas y/o nacionalistas se realiza una crítica al concepto de identidad europea y se afirma su imposibilidad... para defender identidades diferentes, en particular las nacionales. Lo que me sorprende es que casi ninguno de los defensores de la integración europea se pregunte si es de verdad conveniente crear o cimentar una identidad supranacional: al parecer, se da por descontado. Adelantaré mi conclusión sobre el tema, e intentaré justificarla más adelante: la identidad europea es una cortina de humo, y, para colmo, de humo tóxico. No deja de ser llamativa la casi unanimidad reinante en que un sentimiento de identidad es fundamental para dar mayor solidez y dinamismo al proyecto europeo, y ello por distintos motivos: para conseguir un entusiasmo patriótico que aúne las voluntades de los ciudadanos; para enfrentarse a los desafíos de la globalización aunque para muchos la UE es la globalización; para adquirir un mayor protagonismo en la política internacional y servir de contrapeso a Estados Unidos; para defender valores que nos son propios y están amenazados desde el exterior. Habermas hablaba recientemente sobre el nacimiento de "una opinión pública europea" a partir de las manifestaciones que tuvieron lugar en muchos países europeos contra la guerra de Irak y de la oposición a ella de varios gobiernos, y precisamente esa nueva opinión pública podía permitir el desarrollo de un sentimiento de pertenencia, de un patriotismo constitucional, y de una identidad propia y sobre todo diferente de la de Estados Unidos... aunque Habermas ignoraba olímpicamente que las protestas contra la guerra de Irak también tuvieron lugar fuera de Europa y en Estados Unidos y que cada gobierno europeo decidió su adhesión o no a la guerra por consideraciones que nada tenían que ver con el europeísmo y mucho con los intereses nacionales, o, peor aún, partidistas. Pero, antes de nada, preguntémonos si es necesaria una identidad de los ciudadanos, la creación de un "demos" europeo para avanzar hacia una mayor integración y reforzar Europa. Lo primero que me llama la atención es que cuando más fuerza tuvo el proyecto europeo fue precisamente en años en los que las relaciones nacionales estaban marcadas por el antagonismo y la desconfianza. ¿Había identidad entre franceses y alemanes a finales de los años cincuenta, a principios de los sesenta? Ninguna. Pero sí la percepción de que era más fácil defender los intereses comunes y prevenir futuros enfrentamientos mediante la integración de parte de sus economías y la cesión de parte de su soberanía. A pesar de las heridas causadas por la guerra reciente, muchos ciudadanos entendían la utilidad de un proyecto de integración, aunque no se identificasen ni mucho menos con "el otro". Durante los años sesenta y principios de los setenta, con el aumento del bienestar de los europeos, con la construcción progresiva de una legislación que favorece ese crecimiento, las Comunidades Europeas parecen demostrar razonablemente su utilidad. Quizá no sea casual que la primera mención oficial de la "identidad europea" aparezca durante la crisis del petróleo y poco después de la primera ampliación: cuando por primera vez "Europa" no parece capaz de garantizar el bienestar de sus ciudadanos y el crecimiento de sus economías, y cuando la variedad de tradiciones, culturas, historias, percepciones se hace más evidente con la entrada del Reino Unido, Irlanda y Dinamarca, es entonces cuando, ante la confusión y el desencanto, ante el miedo al futuro que se extiende en esa época por el mundo industrializado, los políticos, tan desconcertados e impotentes como el resto de los ciudadanos, acuden a esa palabra talismán que permite apelar a las emociones, ya que son momentos difíciles para apelar a la razón. Más de treinta años después, nos encontramos en una situación comparable... (continúa) La Iglesia frente a la democracia
No es infrecuente que un dictador o un gobernante corrupto, al ser acusado de sus desmanes, pretenda identificarse con el pueblo al que expolia, afirmando que los ataques que recibe están en realidad dirigidos contra todo el país, y él, pobre víctima, sufre inmerecidamente en su nombre. Es sorprendente que algunos jerarcas de la Iglesia católica utilicen argucias similares y quieran hacernos creer que las críticas a la Iglesia están dirigidas en realidad contra los católicos. Así, el Arzobispo de Pamplona afirmaba recientemente que hay "personas e instituciones que consideran a la Iglesia y a los católicos como un peligro para una sociedad verdaderamente democrática". Vayamos por partes: a los católicos no, a la Iglesia sí. Y, de hecho, hay católicos que comparten esa opinión. ¿Es tan sorprendente esa desconfianza? Para el arzobispo, sí, pues según él los principios de la vida democrática están enraizados en el cristianismo. Nueva mezcla sutil de conceptos que desvirtúa la historia. Una cosa son los valores cristianos y otra los dogmas y comportamientos de la Iglesia. De hecho los principios democráticos pongamos por ejemplo la libertad religiosa y la de expresión, la igualdad ante la ley, el principio de una persona un voto y un largo etc. se impusieron sólo tras vencer la resistencia de la Iglesia católica, y muchas veces tuvieron que verter su sangre cristianos y no cristianos para conseguirlo. Pero la desconfianza frente a la Iglesia, al menos la mía, no proviene de razones históricas. Aunque es verdad que la Iglesia ha sido particularmente pertinaz a la hora de apoyar a dictadores y bendecir matanzas, también lo es que no hay país, religión ni ideología que no haya derramado sangre en nombre de principios en sí muy valiosos. Mi recelo está basado más bien en la actitud de la Iglesia hoy. Ante un gobierno que no sirve a sus intereses, ha lanzado una ofensiva en la que afloran hábitos que uno creía desterrados: un obispo compara la situación en España con la provocada por un golpe de estado, estableciendo una muy voluntaria asociación con su posible ilegalidad; otros amenazan con catástrofes de proporciones bíblicas si deja de protegerse a la familia aunque algunos creemos que el gobierno la está protegiendo, pero no un sólo tipo de familia sino los distintos tipos existentes; otro, el de Alcalá de Henares, saca del cajón la homofobia más apolillada para afirmar que "ser homosexual es una anormalidad psicológica". No sería lícito juzgar una institución por las estupideces que digan unos pocos de sus representantes, y sin duda la Iglesia cuenta con prelados de más luces que el obispo de Alcalá por cierto, sería interesante preguntar a hombre tan ducho en psicología si también el celibato es una anormalidad psicológica y, ya puestos, si atenta más o menos contra la familia que la homosexualidad. Pero da la impresión de que no estamos antes hechos aislados y de que buena parte de las autoridades eclesiásticas considera que todo vale para evitar que la Iglesia católica ocupe en nuestra sociedad el lugar que le corresponde: el de una institución religiosa que puede dictar normas y recomendaciones a sus creyentes, defender sus derechos ante cualquier gobierno y hacer las observaciones que consideren oportunas sobre asuntos de importancia social. Cosa muy diferente es aferrarse a privilegios económicos, insistir en influir en la educación de los no católicos, interpretar como un atentado a la moral cualquier intento de establecer normas de convivencia que no encajan con la doctrina católica, y crear un clima de enfrentamiento enconado para debilitar al gobierno. Es este conjunto de reacciones poco acordes con la democracia, y preocupantes para muchos católicos, el que nos hace pensar que la Iglesia preferiría un régimen que coartara las libertades de los demás siempre que ella saliese beneficiada. La mejor manera de convencernos de lo contrario no es mediante el victimismo barato ni mediante la demonización de quien no acepta su magisterio. Para poder presumir de credenciales democráticas, lo más eficaz sería que la Iglesia defendiera los derechos de los demás también los de los homosexuales con tanto ahínco como hoy defiende sus propias prerrogativas.
Cuando leímos que casi el ochenta por ciento de los americanos creían ser correctamente informados por los medios de comunicación sobre la "guerra contra el terror", a muchos europeos se nos escapó una sonrisa de superioridad, pues tal información nos confirmaba lo que ya sabíamos de antemano: los americanos son unos seres ingenuos o estúpidos, con una visión de la realidad tan matizada como la de una película de Hollywood. Esta ingenuidad, acompañada de la creencia ciega en la universalidad de sus valores y sistema político, en la maldad de sus oponentes, y en la necesidad de imponer su propia ley en el mundo, los volvería particularmente peligrosos. No es de extrañar entonces el consenso reinante en la izquierda e incluso en buena parte de la derecha europea a la hora de condenar las intervenciones militares estadounidenses, aunque dicho consenso se vuelve sospechosamente explícito y operativo cuando los intereses europeos pueden verse afectados por el mesianismo americano. Sin poner en duda la necesidad de enfrentarse a una política hegemónica cuyos resultados distan de reflejar el supuesto objetivo de defensa de la democracia, quizá deberíamos preguntarnos si la actitud de los europeos no se asemeja más de lo que quisiéramos a la de los norteamericanos. ¿Acaso no sentimos la misma superioridad moral que ellos sienten hacia nosotros? ¿No pensamos que nuestros valores los nuestros sí que son democráticos de verdad deben imponerse a toda costa? Además, de la misma manera que los estadounidenses se han creído sin prueba alguna que Irak financiaba el terrorismo y poseía armas de destrucci—n masiva, buena parte de la opinión pública apoyó la intervenci—n "humanitaria" europea en los Balcanes, por motivos tan endebles como los que han sustentado el reciente enfrentamiento bélico por ejemplo, detener una limpieza étnica que ahora parece ser una invención; tanto en lo que atañe a Kosovo como a la Ex-Yugoslavia, nos hemos creído a pies juntillas noticias truculentas y a menudo sesgadas, más propias de la prensa amarilla que de una información contrastada y neutral. También los europeos hemos inventado un "eje del mal" liderado por Estados Unidos; nuestra mayor sutileza no consiste en un pensamiento más refinado, sino en un lenguaje más elíptico. A dicho eje pertenece Israel, que merece una y otra vez nuestra condena airada por sus flagrantes violaciones del derecho internacional, pero a lo sumo chasqueamos la lengua con disgusto si oímos de refilón que el objetivo declarado de muchos de sus vecinos es el exterminio de los judíos no la devolución de una parte de su territorio ni el respeto a las minorías: el exterminio. Ni nos quita el sueño que el Parlamento Europeo ese garante de valores universales se niegue a investigar a dónde van a parar las ayudas que la UE concede a la Autoridad Palestina, aunque cada vez sea más firme la sospecha de que sirven para comprar armas y no para aliviar la miseria de los palestinos. Igual que los americanos, apoyamos un objetivo ético la ayuda a una población maltratada y nos desentendemos de los resultados de nuestra política. El antiamericanismo visceral del que nos acusan algunos defensores de la guerra en Irak es real, y combina un legítimo rechazo hacia una historia de intervenciones ilícitas y sangrientas con un menos presentable complejo de inferioridad. Pero el resultado de esta constatación no debe ser la pasividad, sino, por un lado, que, cuando protestemos contra alguna intervención estadounidense habrá más oportunidades nos preguntemos, además de contra quién, a favor de qué nos manifestamos; por otro, que seamos capaces del mismo nivel de crítica y de activismo cuando Estados Unidos no dirija el conflicto bélico. Casi nadie salió a la calle para pedir que se detuviesen las masacres en Zaire y Ruanda o las atrocidades en Chechenia: los americanos no participaban en ellas. Si cristaliza el proyecto de ejército europeo, probablemente tendremos nuevas ocasiones de demostrar nuestro interés y nuestra capacidad de movilizacién cuando no ondea en los conflictos la bandera norteamericana... y hasta qué punto aceptamos sin reservas lo que nos cuente entonces la prensa. Basura y civilizaciónTodas las culturas se definen por lo que desechan y por cómo lo desechan. La basura de cromagnones y neandertales nos revela sus hábitos alimenticios y su forma de vestirse. La existencia de sistemas de alcantarillado habla del nivel de complejidad de la administración urbana y del refinamiento de sus ciudadanos. Y hoy en día establecemos una fácil ecuación entre grado de civilización y la forma de eliminar la basura: que en Madagascar los nativos usen las playas como letrinas, que las empleadas de los ferrocarriles chinos barran hacia fuera del vagón envoltorios y botellas de plástico, descubrir en una aldea senegalesa que sus residuos se amontonan en las calles, nos parecen signos de un desarrollo cultural insuficiente. Y que en un país como España casi cualquier excursionista se lleve sus desperdicios de vuelta a casa en lugar de arrojarlos a un río o acantilado abajo, lo consideramos un avance civilizatorio. Entendemos que el respeto al medio ambiente es una muestra de progreso intelectual, pues evidencia que hemos dejado de considerar la naturaleza como un bien sin valor y establecido una relación más igualitaria con los demás seres que habitan el planeta ya sean animales o plantas. Sin embargo, igual que nuestros gobiernos defienden de palabra los medios pacíficos para la resolución de conflictos mientras permiten, cuando no alientan, la venta de armas casi indiscriminada, o ensalzan la libertad de prensa mientras pelean con uñas, dientes y prebendas por el control de la televisión, los ciudadanos de a pie nos enorgullecemos de no arrojar un papel al suelo, pero año tras año aumentamos nuestro consumo energético y enriquecemos la montaña de residuos con nuestros aparatos supuestamente obsoletos. No, los occidentales no somos más respetuosos con el medio ambiente que los habitantes de los países pobres. Atrapados en un sistema económico que exige un aumento constante del consumo para mantener el crecimiento y generar empleo (no importa que éste sólo sea la inalcanzable zanahoria que se pone delante del burro para que avance), adquirimos productos electrónicos de vida cada vez más breve, nos subimos al carrusel interminable de la moda y exigimos energías baratas para desplazarnos por el planeta como si fuese nuestro barrio. Eso sí, tranquilizamos nuestra conciencia comprando gasolina sin plomo, pilas sin mercurio y productos en envases reciclables. El hecho de que el reciclado consuma energía que a su vez genera contaminación, y que millones de toneladas de esos envases no se reciclen jamás, e incluso, como se descubrió en Alemania, se exporten a países en vías de desarrollo para enterrarlos allí, no es algo que nos preocupe particularmente. ¿Es más limpio, más respetuoso con el medio ambiente quien compra todos los días varias botellas y luego las lleva religiosamente al contenedor de vidrio o quien utiliza una durante años y un día la tira al suelo? La diferencia es que a este último podemos señalarlo con el dedo, mientras que nosotros hemos conseguido un sistema perfecto para borrar responsabilidades que nos permite declararnos sin rubor defensores del medio ambiente. Y nuestros niños hacen conmovedores dibujos en el colegio en los que muestran su amor a la naturaleza. Sólo nos da un escalofrío cuando una catástrofe como la del Prestige o una fuga radioactiva nos recuerdan lo precario del sistema. Y si la casualidad nos confronta con los residuos de nuestro consumo instalan una planta de incineración de basuras o un vertedero en nuestro vecindario nos ponemos la capa de justicieros y la emprendemos a mandobles contra autoridades ineptas, empresarios rapaces y, por supuesto, contra los políticos corruptos. Queremos cuadrar el círculo consumiendo de forma cada vez más disparatada pero exigiendo un entorno al que no lleguen mareas negras ni nubes de dioxina. Para ello, exigimos una legislación que nos proteja y deslocalizamos las producciones más contaminantes y peligrosas al Tercer Mundo ya enviaremos ayuda humanitaria a los enfermos. En realidad, en lugar de pasarnos la vida arremetiendo contra gobiernos e industriales sin escrúpulos, deberíamos estarles agradecidos. Al fin y al cabo, nos hacen el trabajo sucio.
¡Estos jóvenes...!
Una forma infalible de detectar a quien se acerca a los cuarenta Ñmás que canas, arrugas o la traición a sus ideales de antaño es la aparición del hábito de proferir necedades sobre los jóvenes, hábito que probablemente le quedará, como el de hurgarse la nariz, hasta el día de su muerte. Es uno de esos comportamientos tan enraizados en los humanos que, como la menstruación o la producción de esperma, parece responder al funcionamiento del reloj biológico. Es un fenómeno que no respeta culturas ni épocas: ya en un papiro egipcio un escriba se quejaba del comportamiento y la falta de respeto de los jóvenes, y desde entonces filósofos, personajes ilustres y analfabetos han creído su deber expresar desprecio por la siguiente generación. ¿Que es lo que nos molesta hoy de los jóvenes, cuáles esos vicios de los que conversamos escandalizados los cuarentones? El catálogo de pecados es casi interminable, pero quizá el más grave es el de no tener ideales. Pasemos por alto el hecho de que inquisidores, nazis y estalinistas tenían valores e ideales, y no por eso son merecedores de emulación; pero si nos fijamos en las fotografías de manifestaciones contra la globalización o contra la reforma de la enseñanza del PP, o de los que acampaban en la Castellana para pedir un aumento de la ayuda al Tercer Mundo, vemos que la media de edad es muy inferior a la de sus críticos. ¿Quién se va con una ONG a países arrasados para ayudar a combatir la miseria o la injusticia? ¿Quiénes se encadenan a las vías de ferrocarril para evitar el paso de trenes con residuos nucleares o se van a limpiar de petróleo las playas gallegas? Quizá lo que nos molesta no es su falta de ideales, sino que éstos no coincidan necesariamente con los nuestros. Como nos hemos resignado a que el mundo no sea el que hubiésemos deseado hace años, como para no decir que el paso del tiempo nos ha derrotado, decimos que nos hemos vuelto "realistas", alimentamos la nostalgia embelleciendo el recuerdo de nuestras luchas pero no nos atrevemos a salir de nuestra vida apoltronada para unirnos a las batallas de nuestros hijos. Preferimos ignorarlas, como ignoramos sus virtudes y habilidades si no las compartimos. Un congreso sobre la juventud ha sido recientemente nueva excusa para rasgarse las vestiduras. "¿Qué les está pasando a los jóvenes?", titula El País su reportaje sobre dicho congreso. La respuesta es estremecedora: los jóvenes de hoy son localistas; no se sienten identificados con España ni con Europa, ni siquiera con su Comunidad Autónoma... Por cierto, ¿cómo se identifica uno con una Comunidad Autónoma?. Y ¿de verdad es un valor positivo sentirse españoles a los quince años? ¿Por Dios, por la Patria y el Rey? Qué quieren que les diga, yo no me siento muy español a los cuarenta y cuatro y no tengo la impresión de contribuir con ello a la decadencia de Occidente. "Pero le dan al botellón que es una vergüenza", critican algunos mientras empinan el tercer whisky. "Se pasan el día viendo la tele", como si hubiese sido mucho más edificante pasárselo en los billares. "Son extremadamente competitivos", lamentamos después de asustarles una y otra vez con el espantajo del desempleo, con lo dura que está la vida, con que hay que ser el mejor para encontrar un lugar en el mundo. "Pero no me negarán que son violentos", opinan quienes quisieran que los chicos hiciesen la mili para aprender a matar al servicio de las instituciones, o quienes, para llevar el ascua a su sardina electoral, avivan el resentimiento exagerando los empleos que los inmigrantes quitan a los parados jóvenes. Ah, casi se me olvida: la música que oyen es una porquería, mientras que la de los ochenta... Dejémoslo ahí: aceptaré que los jóvenes de hoy son dados al exceso, no conocen el respeto, no valoran nuestras instituciones, no hacen aquello que les decimos que deberían hacer, y eso que es por su bien. Los jóvenes de hoy, como los de ayer es decir, nosotros pasan de la opinión de sus mayores e intentan inventar su propio mundo, porque, en definitiva, eso es ser joven. A la hora de hablar de ellos creo que sólo hay un principio con validez universal: desconfía siempre de la opinión que una generación tiene de la siguiente.
Quizá la pregunta pueda parecer poco oportuna ahora que, en España, podemos estar satisfechos con la existencia de una oposición que obliga al gobierno a dar la cara mucho más de lo que éste quisiera en el lamentable asunto del Prestige. Sin embargo, es en momentos como éste en los que podemos observar que el papel de la oposición en las democracias occidentales se reduce, esencialmente, a vigilar la gestión del gobierno, a poner el dedo en la llaga de cada uno de sus errores, incluso a presentar como tales los que no lo son. El espectáculo es similar en todos los Parlamentos europeos. La oposición da igual su color político lanza invectivas contra la gestión de su oponente, revela casos de corrupción o de inoperancia, procura hacer una montaña de cada grano de arena, se rasga aparatosamente las vestiduras aunque sin arrugarse el traje. Es una labor de zapa y desgaste, una encarnizada pelea por ocupar titulares, que sólo pueden conquistarse mediante el insulto y la descalificación, un continuo mirarse de reojo en el espejo de los sondeos de opinión, siempre con la misma pregunta: ¿acaso no soy yo la más hermosa del reino? Hubo un tiempo en el que los debates parlamentarios no se reducían a meras diatribas de acusicas y en el que los diputados defendían modelos sociales y económicos diferentes. Los obreros confiaban sus intereses (redistribución de la riqueza, igual acceso a la educación y a la salud, etc.) a partidos socialistas o comunistas, mientras que las clases altas y los miembros de las clases medias con perspectivas de ascenso social apoyaban a partidos que situaban el orden por encima de la libertad, la seguridad por encima de la igualdad y la creación de riqueza por encima de su distribución equitativa. Los partidos, en suma, defendían proyectos diferentes de sociedad. El panorama ha cambiado drásticamente. Por un lado, la izquierda ha conseguido que sus principales propuestas de orden ético, desde el sufragio universal al divorcio y el aborto, sean aceptadas incluso, al menos parcialmente, por los partidos conservadores. Por otro, el ascenso imparable de la clase media ha llevado a que las elecciones sólo puedan ganarse con programas que no pretendan grandes transformaciones, sino meramente una buena gestión de los recursos (garantizar las pensiones, reducir los impuestos, contención de la inflación y del paro). Así, los temas en los que los partidos mayoritarios se diferencian entre sí, sin ser despreciables como los derechos de los homosexuales o el lugar de la religión en la sociedad han dejado de ser aquellos por los que se ganan o pierden elecciones. Y los partidos que defienden propuestas menos de centro se han convertido en figuras marginales de la vida parlamentaria, salvo si uno de los grandes partidos los acepta como compañeros de viaje para obtener la mayoría absoluta. Hoy ya no se accede al poder ofreciento al ciudadano modelos alternativos sino mediante la imagen el famoso carisma, el desprestigio del contrario, y como ingrediente para ambos, el control de los medios de comunicación. Sólo el nacionalismo xenófobo y demagógico consigue, por ahora efímeramente, hacer tambalearse esta sólida construcción política. ¿No existe entonces, una oposición democrática real, es decir, de contenidos, a los gobiernos? Sí, pero no hay que buscarla en las vetustas sedes de los parlamentos sino en la calle: en los movimientos ecologistas que ponen en duda el modelo de progreso y crecimiento indefinido, y en los grupos contrarios a la globalización, que disienten radicalmente del credo neoliberal. Marginales durante años, están ocupando el hueco dejado por los grandes partidos. Y lo llamativo es que muchos de ellos no aspiran al poder, conscientes de que la oposición, hoy, sólo puede existir desde fuera de él. Queda por resolver el tema de su falta de legitimidad democrática, a la que aluden irritados los mismos políticos que llegan al poder gracias a una abstención creciente y al apoyo de grupos económicos y medios de comunicación que después les pasarán factura. Pero son ellos los únicos que devuelven el debate político al lugar de donde no debiera haber salido: el tipo de sociedad en que queremos vivir.
Hace treinta y dos años, Daniel Ellsberg, comandante de marina y experto del Pentágono en cuestiones nucleares, filtró a la prensa alrededor de siete mil páginas de documentos internos que mostraban que los sucesivos gobiernos estadounidenses tanto el republicano como el demócrata llevaban años mintiendo a los ciudadanos sobre la guerra de Vietnam, como ya lo hicieron sobre las razones por las que se inició dicha guerra. Ni la guerra se detuvo por ello ni el gobierno de Nixon fue obligado a dimitir. Todas las semanas, la asociación The National Security Archive (www.nsarchive.org) publica en línea y distribuye a sus suscriptores (la suscripción es gratuita) los documentos relativos a la seguridad nacional que el Gobierno estadounidense está obligado a publicar en virtud de la Freedom of Information Act (Ley de libertad de información). Una y otra vez se pone de manifiesto que la mentira no es ni mucho menos excepcional en la relación entre gobernantes y ciudadanos. ¿Recuerdan las fosas comunes de Timisoara que sirvieron para justificar el asesinato del dictador Ceaucescu? No existieron jamás: fue un montaje. ¿Recuerdan a la joven kuwaití que contó cómo las tropas iraquíes mataban a los niños en los hospitales? Hace poco nos revelaron que se trataba de la hija de un diplomático kuwaití asesorada por una empresa de imagen estadounidense. ¿Recuerdan las fotos de satélite que ilustraron y ayudaron a aumentar el apoyo de la opinión pública a la Primera Guerra del Golfo? Estaban amañadas Por supuesto, la mentira no es privilegio del gobierno estadounidense, sino que es uno de los pilares más sólidos y omnipresentes de la vida política en todos los países, y sin duda lo es en España; recordemos rápidamente las mentiras sobre el Prestige, la manipulación de las encuestas de popularidad de los políticos en Cataluña o, con el Gobierno anterior, la guerra sucia contra el terrorismo. Teniendo en cuenta estos y otros antecedentes, resultaba entre sorprendente y conmovedor escuchar hace poco a Aznar apelando a los espectadores en una entrevista televisada: ¡Créanme!, nos pedía, Saddam es un peligro. Digo todo esto no por el placer de rasgarme las vestiduras ocupación favorita, ya sé, de columnistas, tertulianos y otros opinadores de profesión o vocación, sino para constatar que el debate público sobre la necesidad o no de un ataque bélico contra Irak se basa con toda probabilidad en informaciones falsas. La única opción que le queda a un ciudadano interesado, es usar la razón, no para descubrir la verdad que sólo conoceremos cuando ya no sea relevante, sino la mentira. Lo que en el caso de la guerra contra Irak significa hacerme preguntas como las siguientes: ¿Por qué voy a creer las pruebas aportadas por el gobierno de una nación que ahora pretende defender la democracia y los derechos humanos, pero en cuyo historial reciente encuentro el tráfico de drogas para financiar a una guerrilla reaccionaria en Nicaragua, la masacre y tortura de civiles en Vietnam, el apoyo a sangrientas dictaduras latinoamericanas y asiáticas, incluso la defensa de regímenes que están detrás del terrorismo contra el que supuestamente van a la guerra? ¿Basta la deuda contraída con Estados Unidos por su intervención en la Segunda Guerra Mundial para que los sigamos a ciegas en su cruzada? ¿Habré de conformarme con los débiles y machacones argumentos del gobierno español a favor de la guerra tan sólo porque el Presidente me da su palabra de que son ciertos? Preguntas similares, es verdad, podría hacerme sobre la postura de Francia, por mucho que en estos momentos coincida con la mía: ¿debo creerme el papel de defensor de la paz de un gobierno que sigue realizando pruebas nucleares y ha sido responsable del apoyo a los dictadores centroafricanos más despiadados? No carece de cinismo que, cuando discutimos sus decisiones, sean sobre la reforma de la enseñanza o sobre los preparativos bélicos, nuestros gobernantes nos acusen de estar mal informados. Tienen razón: rara vez sabemos la verdad. Por eso sólo mediante la desconfianza y la incredulidad podemos influir en las decisiones que nos atañen. Las manifestaciones de hace unas semanas fueron precisamente eso: una demostración masiva de desconfianza.
|
|
|
ATENCIÓN. Está abandonando AHORA Berlín Occidental |
Hidalgo y CocaCola (Monterrey) | |
|
Manifestación de ai en Londres |
||
|
Labor civilizadora en el Congo Belga |
||
|
El Capitolio de La Habana |
||
|
Bismarck en Lübeck |
||
| © Copyright 2002 by José Ovejero. | >> Artículos | |