José Ovejero

Aviones de papel

 

Mercado en Chichicastenango (Guatemala)

El último viaje.

 

"...ya que nacer es aquí/ una fiesta innombrable".

Estos versos de Lezama Lima se encuentran, paradójicamente, en su tumba en el cementerio de Colón. En la de Capablanca no hay cruz, sino una figura de ajedrez. Sobre otra tumba cercana fichas de dominó reproducen la partida durante la que falleció el allí enterrado. Metáfora perfecta de la muerte, que deja inconclusas nuestras partidas pendientes.

Suelo visitar los cementerios de los lugares a los que llego porque creo que las formas de enterramiento revelan más sobre una sociedad que sus museos. Descubrir que en Madagascar los extranjeros tienen cementerios separados ya me dice algo sobre la vida en la isla, aunque aún me pregunto por qué, en el cementerio de extranjeros de Tamatave, los deudos clavan un sombrero de paja en el asta de la cruz.

Los ritos mortuarios son manifestaciones culturales en las que, a pesar de la creciente homogeneización, aún se descubre la diversidad del mundo, incluso entre pueblos que comparten la misma religión. Mis cementerios predilectos son los de La Habana y Santiago de Cuba. El más triste: un cementerio militar en una húmeda y boscosa ladera en las Ardenas; decenas de lápidas diminutas, alineadas como un ejército, con un nombre y dos fechas; la resta de ambas suele dar menos de dieciocho. Los cementerios chinos nunca llegué a entenderlos. No conozco, y no sé si quiero conocer, ese espantoso cementerio del Cairo sobre el que viven miles de personas que no tienen otro sitio adonde ir. Me fascinó el cementerio de Cabuya, en Costa Rica: ocupa un islote frente al poblado; se puede llevar al muerto a pie durante la marea baja, pero si te descuidas, sube la marea y tienes que pasar la noche con los muertos. Del cementerio de Sant'Anna in Camprena, me llevé un escalofrío: junto a un antiguo monasterio -donde se rodó El paciente inglés- se encuentra el cementerio, destartalado y pobre; unas pocas tumbas sin lápidas, tan sólo montículos de tierra, algunos con unas flores agostadas. En una tumba, a la altura de la cabeza del difunto, alguien ha enterrado un espejo: si te asomas a mirarlo, el muerto eres tú.

 

La elección de Mary

 

Tendemos a pensar que el progreso tecnológico ofrece comodidades y una serie de seguridades intelectuales, morales y jurídicas a las que nadie en sus cabales querría renunciar de manera definitiva. Sí, hay viajeros que se adentran en mundos salvajes, pero siempre con la esperanza de imponerles la civilización o de regresar si ello no es posible. Pero no pocos occidentales han elegido la "barbarie" a la civilización. Un ejemplo llamativo es el de Mary Jemison.

Mary nació en 1743 en el barco en el que sus padres emigraban de Irlanda a América. Pasó su niñez en Pennsylvania. A los quince años fue raptada por indios Shawnees, que asesinaron a su familia. Mary, en una entrevista que concedió cuando era ya anciana, recordaba aún el horror de aquellos momentos, en particular la visión de brazos y piernas de blancos en las hogueras de los poblados que atravesaron; aunque quizá se le grabó aún más la imagen de las cabelleras de sus amigos colgando sobre la espalda de uno de sus raptores. Mary fue cedida a dos mujeres Séneca, que habían perdido recientemente a un hermano y decidieron adoptarla. Durante los siguientes años, vivió como una squaw, dedicada a faenas caseras y agrícolas pero practicaba el inglés en secreto, quizá esperando ser liberada un día. Se casó dos veces y tuvo varios hijos. Cuando por fin le ofrecieron la libertad de regresar con los suyos, Mary prefirió quedarse con los indios. Y no sólo por el miedo al regreso, sino también por auténtico aprecio hacia la tribu: "Nadie puede vivir más feliz que los indios en tiempos de paz, antes de que el alcohol se introdujera entre ellos. Sus vidas eran una sucesión de placeres. Sus deseos eran pocos y fácilmente satisfechos..., totalmente honestos, despreciaban la hipocresía..., una violación era considerada un sacrilegio."

Un contemporáneo sospechaba que en algo tenían que ser superiores los indios a los blancos, pues "...miles de europeos se vuelven indios, pero no hay ni un caso de aborigen que se haya vuelto europeo". Mary, al parecer, no creía salir ganando con el regreso a la civilización.

 

¿La pata quebrada y en casa?

 

Igual que cuando se habla de artistas, escritores o científicos, tratándose de grandes viajeros aún hay muchos que automáticamente piensan en hombres. Y ello a pesar de que bastantes mujeres dejaron constancia escrita de sus viajes, con una calidad e interés en nada inferiores a la que han dejado los hombres. Pero éstos viajaban a menudo por encargo, para descubrir continentes y rutas comerciales, someter regiones lejanas, aportar nuevos conocimientos a la ciencia: esos hombres supuestamente poco convencionales solían doblar el lomo ante reyes y empresarios, que les recompensaban con galardones y honores.

Una mujer que se decidía a viajar tenía por fuerza que estar dotada de un carácter rebelde, intrépido, poco convencional. Nadie las enviaba a ningún sitio, y si se marchaban era visto como un capricho cuando no como un escándalo, nada en fin que mereciese la gloria. Para ellas, viajar podía ser una forma de resistencia contra la opresión masculina: Alexandra David-Néel recorrió a pie el Tíbet, entró en Lhasa, ciudad prohibida a los extranjeros, y no dudó en defenderse de los bandidos pistola en mano, pero también escribía panfletos contra la opresión de la mujer; igual que Mary Wollstonecraft, viajera del siglo XVIII y autora de "Una reivindicación de los derechos de la mujer"; o Flora Tristan, quien viajó sola a Perú y luchó durante años para conseguir el divorcio -entonces ilegal en Francia-, aunque su marido intentara evitarlo pegándole un tiro por la espalda. Y hubo otras muchas mujeres viajeras y escritoras que, sin llegar a plantearlo como una exigencia social, experimentaban el ansia de liberarse, de inventar sus propias reglas, incluso de elegir amantes sin acabar siendo unas marginadas.

Lo expresa de manera muy directa Maud Parrish, que recorrió medio mundo tras huir de un matrimonio poco satisfactorio, sin importarle tener que bailar con hombres a tanto la pieza en antros de Alaska: "No había libertad alguna en San Francisco para las mujeres corrientes... Te casabas, te convertías en una solterona o te ibas al infierno". Mejor marcharse de viaje.

 

Caminar o volar

 

Henry David Thoreau fue el padre -mejor, el bisabuelo- del ecologismo, así como de los distintos movimientos de desobediencia civil de las últimas décadas: desde la objeción de conciencia al pacifismo pasando por la rebeldía fiscal. En su obra Desobediencia civil, afirmaba: "La única obligación que tengo derecho a aceptar es hacer en todo momento lo que yo considero correcto". Individualista y amante de la soledad, encontraba en la naturaleza el refugio deseado para meditar, escribir y escapar a las imposiciones sociales. Es lógico que, a la hora de viajar, eligiese la manera más individual de hacerlo: caminar.

En Caminar, uno de sus escritos más conocidos y que se convertiría en la biblia del ecologismo junto con Walden -en éste narra sus experiencias y reflexiones durante los dos años que vivió solo en una cabaña que construyó él mismo en el bosque-, explica cómo se plantea dicha actividad: "Debes caminar como el camello, al parecer el único animal que rumia mientras camina." No se trata de cruzar el Sahara a pie ni de batir récords de resistencia o velocidad, sino de disfrutar los estímulos para los sentidos que nos aporta la naturaleza y de aprovecharlos para meditar. El trekking en grupo que ofrecen las agencias de viajes le habría horrorizado. Y parece que Thoreau hubiere vislumbrado nuestros días y la pose narcisista de los viajeros modernos que se disfrazan de exploradores incluso para bajar al lobby del hotel, cuando advertía: "...cuidado con todas las empresas que requieren nuevas vestimentas y no la renovación de quien las lleva."

De este hombre amante de la soledad y la naturaleza, desconfiado frente a los valores de la sociedad en la que vivía, sería lógico esperar que hubiese sido reacio al progreso. Sí y no: a Thoreau le fascinaba la tecnología e incluso él mismo realizó algunos inventos. Lo que le preocupaba era el uso de aquella, por su potencial para destruir la naturaleza. "Gracias a Dios" -escribió- "los hombres no pueden aún volar y destruir el cielo como destruyen la tierra." Era sólo cuestión de tiempo.

Mujer Yi (Xichang)

Gorée (Senegal)

Ruinas en la Selva Lacandona (México)

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